Lecturas
Se cumplen hoy 103 años de la histórica Protesta de los 13, gesto protagonizado por 15 jóvenes cubanos y que fue, dijo Juan Marinello, «la primera expresión política de nuestros intelectuales, como grupo definido». Los 15, que quedaron en 13, salían a la palestra pública para denunciar el turbio negocio de la compra del convento de Santa Clara por la administración del presidente Alfredo Zayas y Alfonso.
Las monjas clarisas, decididas a abandonar el viejo caserón emplazado entre las calles Cuba, Habana, Sol y Luz, que ocupaban desde el siglo XVII, a fin de trasladarse a un nuevo edificio en la barriada de Lawton, habían puesto en venta su propiedad desde 1911. La adquirió en 1921 una compañía urbanizadora que quería demoler el convento y construir locales para viviendas y establecimientos comerciales en ese espacio. Las clarisas recibieron como pago un certificado de depósito que expidió el banquero Narciso Gelats por la cantidad de 400 000 pesos y una primera hipoteca de 600 000 con intereses al cinco por ciento. El 28 de marzo de 1922, cuando solo 31 monjas conformaban la comunidad, se trasladaron las clarisas para su nuevo edificio.
La situación económica del país impidió llevar a vías de hecho el proyecto de los compradores, y en una sucia operación, el 10 de marzo de 1923, el presidente Zayas autorizó adquirir de la compañía urbanizadora el viejo convento. Se pagaron 2 350 000 pesos, siendo el Gobierno el encargado de liquidar la hipoteca que mantenían las clarisas.
Contra ese gesto, que reportaba una tajada de más de un millón y cuarto de pesos a repartir entre el Gobierno y los urbanizadores, se rebeló el poeta Rubén Martínez Villena. Lo secundaron el ya aludido Marinello, Jorge Mañach, José Zacarías Tallet, José Antonio Fernández de Castro, Francisco Ichaso y Luis Gómez-Wangüemert, entre otros. En su gesto, expresó el historiador Ramiro Guerra, cuajó el más alto ideal de la revolución de 1895: libertad para pensar, para ser, para afirmar la personalidad.
¿Qué pasó aquella tarde del domingo 18 de marzo de 1923? Veámoslo en la versión que acerca del suceso legó el poeta Tallet en el artículo Antecedentes de un almuerzo-homenaje, publicado en Bohemia, el 30 de mayo de 1979.
Pocos días antes, el 8 de mayo, la compañía mexicana de Lupe Rivas Cacho estrenaba en el teatro Payret la revista titulada Las naciones del Golfo, original de los jóvenes escritores cubanos Andrés Núñez Olano y Guillermo
Martínez Márquez, con música del compositor mexicano Ignacio Torres. La obra, que se mantendría en escena durante dos meses, gozó desde su primera puesta del favor del público y de la crítica, y la juventud intelectual de entonces quiso rendir un sencillo homenaje a sus exitosos autores.
Nada pareció mejor que un almuerzo. Tendría lugar aquel domingo 18 en el restaurante Chinchurreta, en Compostela entre Sol y Luz, frente por frente al callejón de Porvenir, en los bajos del hotel Campoamor. Fue un encuentro placido y distendido. Se hizo el elogio de los homenajeados y hubo una larga sobremesa. Una fotografía de grupo, ya histórica, remató el convite.
Después de la foto —eran ya casi las cuatro de la tarde— se dispersó la mayor parte de los comensales, unos 40. Quince de ellos quedaron frente al restaurante, sin saber qué hacer ni adónde ir. De pronto alguien recordó que cerca de allí, en la sede de la Academia de Ciencias, el Club Femenino de Cuba homenajearía a la escritora y pedagoga uruguaya Paulina Luisi, de paso por La Habana, y que el panegírico de la invitada estaría a cargo del doctor Erasmo Regüeiferos, secretario (ministro) de Justicia en el gabinete del presidente Zayas. La misma persona propuso que el grupo se trasladara a la Academia y repudiara la actitud de Regüeiferos, quien había firmado, junto a Zayas, el decreto sobre la compra del convento por parte del Estado cubano.
Se impone decir que el sujeto no era una mala persona ni un ladrón; no se metería en el bolsillo un solo centavo producto del turbio negocio. El propio Villena lo exculpa cuando al llamarle «el seráfico Erasmo», lo califica en su famoso poema Mensaje lírico-civil, que compuso poco después de la protesta, «de señor incapaz del pecado y del vicio». Como senador de la República, ese
abogado oriental —gran maestro masón, ex autonomista y mediocre dramaturgo— dio casi siempre su apoyo a las causas más justas, si bien muchos de sus proyectos no progresaron, ninguneados en el Congreso o vetados por el Presidente. Su único triunfo en el Senado resultó ser la ley del divorcio, de la que fue ponente. No tenía por qué haber firmado el decreto que lo pondría en la picota.
Como secretario de Justicia no le correspondía. Pero cuando Manuel Despaigne, secretario de Hacienda, se negó a hacerlo, él asumió la responsabilidad por solidaridad con Zayas, de quien era íntimo.
Todavía frente al restaurante, los jóvenes trazan su estrategia. Entrarían en pequeños grupos al paraninfo de la Academia y se dispersaría por el salón, y solo Villena hablaría.
El poeta de La pupila insomne ocupó una butaca en la segunda fila del lunetario, hacia el centro. Ocuparon sus puestos en el estrado Hortensia Lamar —presidenta del Club Femenino—, la educadora objeto del homenaje, el cuestionado ministro, el embajador uruguayo y su esposa. Ya con el salón lleno, Lamar abrió el acto y dio la palabra de Regüeiferos.
Cuando este se hallaba a mitad de camino hacia la tribuna, Rubén se puso de pie; gesto que imitaron sus compañeros. «Señorita presidenta, pido la palabra…». Aplaudieron los «protestantes». El ministro, parado en seco en medio de la tarima, sonrió. Pensó quizás que aquellos jóvenes estaban allí para aclamarlo.
En sus palabras, dejó Rubén constancia de que protestaban por la presencia de Regüeiferos «que, olvidando su pasado y su actuación, sin advertir el grave daño que causaría su gesto, ha firmado un decreto ilícito que encubre un negocio repelente y torpe… y que ha preferido rendir una alta prueba de adhesión al amigo que defender los intereses nacionales… Por eso nos vemos obligados a protestar y a retirarnos…».
Salieron del salón Villena y sus compañeros y el acto continuó. Ya fuera del paraninfo, el ministro hizo declaraciones exclusivas al diario Heraldo de Cuba: «Yo no les hago caso. Hasta he aplaudido. Son unos inconscientes… Hemos comprado las reliquias históricas que allí existen, la verdadera Habana antigua con sus calles, con sus casas, casi como en su fundación. Tesoros de tradición, de historia, de leyenda, salvados para la posteridad…».
Desde ese punto de vista, Regüeiferos tenía razón. Un negocio inmoral salvaba para la posteridad una reliquia histórica que la empresa urbanizadora hubiera demolido.
En un cafetín cercano al Heraldo de Cuba, Villena redactó a vuela pluma el manifiesto que explicaba las razones de la protesta y que apareció publicado en dicho diario. Lo firmaron 13 de los 15 participantes. Obedeciendo a su caballerosidad innata y a sus firmes convicciones, en una carta abierta a la señorita Lamar, ofrecía disculpas el poeta por la abrupta interrupción del acto y explicaba los motivos.
«… Para mí, señorita, mis deberes de cubano están sobre todo. Creo que el hombre se debe primordialmente a la patria y a la madre. Los que como yo tienen la desgracia de deberse nada más que a la patria, a ella se deben doblemente». Al final, el poeta del Sainete póstumo expresaba su identificación y la de sus compañeros con los ideales renovadores de la mujer cubana.
De inicio, el Gobierno no tomó medica alguna contra el grupo de jóvenes. Pero la insistencia del Heraldo de Cuba en no dejar morir la protesta a fin de aprovecharla en su campaña contra Zayas, hizo que Regüeiferos se querellara contra Villena. Lo detuvieron en la noche del 21 y como el juez de guardia no apareció por ninguna parte —recuérdese que Regüeiferos era el ministro de Justicia— tuvo que dormir en el vivac. Fue la primera vez, dice Raúl Roa, que Rubén pasó la noche la cárcel, hecho que se repetiría luego. A la mañana siguiente pagó la fianza y volvió a la calle.
El fiscal de la Audiencia acusó a los «protestantes» por el delito de rebelión. Pero el juez de instrucción, García Sola, modificó la imputación y dictó auto de procesamiento por el delito de injurias. En ese sentido procedió a incoar la causa 33 de 1923. Se les impuso una fianza de mil pesos a cada uno y la obligación de acudir los lunes a firmar al juzgado.
El juicio nunca se celebró.