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Las cicatrices de Dennis

A un año del paso del huracán Dennis por la provincia de Granma, las imágenes de los destrozos comienzan a convertirse en memoria

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Juventud Rebelde

Poco a poco, entre los propios vecinos y la familia, se le colocan las tablas a una nueva viviendaFotos:  Jorge Luis Guibert, Juan Morales  GRANMA.— Aún no era el momento, pero a las seis de la tarde anocheció de repente. Zenaida Benítez se encontraba en su casa, un bohío de tablas y guano, cuando sintió que las paredes se estremecían. No le dio importancia. «Debe ser por el aire», pensó, y continuó tranquila frente al televisor.

Sin embargo, una hora más tarde notó algo extraño. Maité Jerez, una amiga que la visitaba, murmuró: «Parece que hay un temblor». Los granos de tierra en el piso se corrían en saltos y los horcones se golpeaban entre sí.

Maité la tomó por un brazo: «Hay que salir. Aquí hay algo raro». Cuando lo hicieron, un costado del bohío comenzaba a hundirse en medio de los relámpagos. Apenas se notaba algo y hasta la Luna había desaparecido. Anduvieron a ciegas por un rato, empujadas por las ráfagas de viento, hasta que Maité susurró con miedo: «Mire eso, comadre, mire eso».

Zenaida levantó la vista y entonces lo vio. Por el lado en que debía estar el mar, se veía una inmensa bola de fuego que se les venía encima dando vueltas. «Lanzaba resplandores por todos lados», recordó Zenaida, un año después.

esta era una estampa muy común en Pilón y Niquero hace un año, tra el paso de Dennis Sin decir nada, tomadas de la mano y tambaleándose, se cobijaron bajo unos salientes de roca. Allí toparon con varios vecinos acurrucados. Era el 7 de julio de 2005. Al día siguiente, cuando salieron del refugio y miraron alrededor, el barrio de El Mamey, donde vivían, en el municipio de Pilón, estaba derrumbado por completo.

LO NUEVO, HACERLO MEJOR

A un año del paso del huracán Dennis por Granma, los habitantes de los municipios de Pilón y Niquero, los más afectados, insisten en que nunca han conocido un evento tan destructivo. Solo los más ancianos, como Pastor Plana, de 83 años de edad, lo recuerdan como algo comparable con el ciclón de 1932.

Aun así, el mismo Pastor, residente en el municipio de Pilón, duda al decidir cuál fue el más fuerte. «El “bicho” que pasó por aquí hace poco se las trajo», afirma con voz pausada. «La ventolera me agarró afuera y me zarandeó todo lo que le dio la gana cuando regresaba para la casa».

No obstante, más que la fuerza de los vientos, lo que se recordará por mucho tiempo es la destrucción que dejó. En pocas horas, Dennis dañó 43 000 viviendas, mientras 14 100 fueron destrozadas por completo, lo que equivale a toda una ciudad devastada. Por ello no es gratuita la frase de que, en 2005 «Granma sufrió un bombardeo atómico».

¿Cuándo desaparecerán las heridas dejadas por Dennis? Lázaro Expósito Canto, primer secretario del Comité Provincial del Partido, estima: «No menos de cinco años. Y es un tiempo en el que no podemos quedarnos contentos, por mucho que hagamos.

«Pero si uno compara lo que vio con la situación actual, es para sentirse optimista. Eran pueblos completos destruidos y ahora usted aprecia hogares levantados, otros con techos nuevos. Es cierto que todavía quedan casas por levantar, pero ya se nota otro aspecto. Y hay que mencionar que enseguida comenzó a llegar la ayuda.

«Mantuvimos varios principios: lo que se hiciera, tenía que quedar mejor, y al que tuviera condiciones para mover los materiales, le dábamos las facilidades. Los organismos se unieron con sus camiones en la transportación del cemento y la arena… Pero les repito: nos queda mucho por hacer, hay gente todavía con su hogar dañado; y lo que hagamos tiene que ser mejor».

EL GRANMA ESTÁ EN SU LUGAR

«Venga el cemento», gritan desde la plazoleta donde los pobladores de Las Coloradas levantan su bodega Dennis se despidió de la provincia por el municipio de Niquero, pero antes de partir dañó en esta histórica ciudad 11 109 viviendas, lo que equivale al 97 por ciento de las existentes en el lugar. «Eso significó la afectación a más de 30 000 personas», precisa Sonia Pérez Mojena, primera secretaria del Comité Municipal del Partido.

Camino a Las Coloradas, las heridas del ciclón comienzan a desaparecer. A cada rato el paisaje se salpica de cocoteros. Las matas de mango, que parecen interminables, están llenas de frutos. «En esta temporada saben más dulces. Antes que pasara Dennis no sabían así», confiesan varios lugareños.

Pero aún las marcas del meteoro se encuentran a la vista. Pinos casi centenarios levantados o partidos de cuajo. Casas sin techo, donde hombres encaramados sobre los alquitrabes ajustan las vigas sobre las que fijarán planchas de zinc. Algunos tienen en sus manos instrumentos para dar puntos de soldadura.

«El destrozo mayor fue en el fondo habitacional», ratifica la primera secretaria. «De las 12 368 casas que hoy existen en Niquero, solo 1 800 eran de placa. El resto estaba catalogado de regular para malo cuando llegó el huracán».

Sobre una plataforma de cemento, hombres y mujeres en ropa de trabajo preparan unos encofrados. «Aquí estaba la bodega y el ciclón se la llevó», nos dice una mujer gruesa, vestida con camisa de mangas largas y un sombrero ancho. Varias personas señalan hacia una casa de mampostería: «Allí se puso el punto de venta de los mandados».

Sin detener el acarreo de cemento nos aportan los datos. Esa bodega, que atiende a 1 014 consumidores, está contabilizada dentro de las 56 que dañó el ciclón. Indagamos sobre los moldes de encofrado y explican: «Esta de aquí la vamos a levantar con el sistema Sandino. Fundimos la base, traemos las estructuras y en 15 días tenemos bodega nueva».

No obstante, también saltan a la vista las dificultades. Unos kilómetros más adelante, Juan Alcalá nos dice que aún no tiene vivienda. «El mar penetró gordo y se la tragó; la mía y la de mi hijo, aunque él ya hizo la suya. Vamos a ver si entre los dos echamos una mano y levantamos la que falta, y también el techo de mi hermana Francisca. El mar y el viento se lo arrancaron junto con un pedazo de pared».

Julio César Herrera, director de la sala de televisión, reconoce que por esa parte de Las Coloradas la costa desapareció por algunas horas. «Yo fui de los que se quedaron después de la evacuación, resguardando las viviendas. Cuando empezó la ventolera, estaba en la calle. Tuve que arrastrarme para llegar a la casa».

Al otro día, el consultorio del médico de la familia estaba sin techo. Fue de los 31 afectados en el municipio, pero hoy se encuentra como nuevo, al lado de la sala que dirige Julio y que debe funcionar como área de refugio ante ciclones. De estas, hoy existen 43, a las que se les sumarán siete en las próximas semanas.

La carretera se acaba. La vegetación de mangles a ratos parece infranqueable. «Aquí parecía que el ciclón había quemado los árboles», cuenta Sonia. «La gente se movilizó para este lado de la costa. Fue una de las primeras cosas que se hizo: recuperar el lugar». Preguntamos: «¿Y por qué?». Entonces ella levanta el brazo en silencio y señala. En un hangar y montado en un gran trailer sobre ruedas está el Granma, en su réplica a tamaño real, tranquilo, como si durmiera, y reluciente con su color blanco.

EL ANILLO PERFECTO

En Pilón parece que el mediodía es eterno. A veces algunos crespones de nubes ocultan el Sol. Aun así, el resplandor se mantiene, y por la carretera a Niquero se ven las casas nuevas, con los techos de zinc. También se observan familias cerniendo arena o paleando las mezclas. Por aquí fue la mayor desgracia.

Dennis penetró por Boca de Toro con todas sus energías y durante horas batió, encerrado entre las lomas de la Sierra Maestra, con vientos de hasta 300 kilómetros por hora. Cuando amaneció el viernes 8 de julio, más de 25 000 personas tenían sus casas dañadas, al reportarse 8 976 viviendas afectadas y 4 687 totalmente derrumbadas.

En el asentamiento conocido por El Panda, dentro del barrio de El Mamey, Zenaida Vinajeras y los demás vecinos levantaron sus bohíos y esperan por los materiales: «Parece que tendremos que mudarnos de esta lomita donde vivimos», comenta Avelino Reyes Amaya (Cuarentiña), «el viento batió muy fuerte por acá y no dejó horcón en pie. Hay otros de por aquí que ya han levantado sus casas. Nosotros, todavía no».

A unos metros de allí, Justina Fonseca Castillo muestra su hogar bastante adelantado. Las tablas de palma para la pared se ven alisadas. Le faltan algunos tramos, pero ya tiene forma. Encima está el techo de zinc.

«Me lo puso un vecino, Juan Sotomayor», dice Justina. «Cuando regresé de la evacuación en el pre de Sevilla con mis dos niños, encontré el barrio completo hecho un montón de palos. Lo perdí todo. Tuve que meterme aquí, al lado, en este cuartico, con el televisor y las cosas que me dieron como afectada… Ahora ya estoy terminando esta casa, y espero mudarme pronto».

Las 36 comunidades que existen en el Plan Turquino-Manatí fueron otro quebradero de cabeza para las autoridades del municipio. Como en la parte llana, allí también barrios enteros fueron pulverizados.

«El ciclón tumbó muchos árboles en las lomas», explica Alfredo Mendoza Morales, primer secretario del Comité Municipal del Partido. «Por eso se dio la posibilidad de que se aprovechara esa madera, además de entregar el techo, las puntillas y el cemento. Pero el principio fundamental que hemos seguido es que la misma familia construya su vivienda. La gente no se ha quedado con los brazos cruzados ante el destrozo. Se ha trabajado fuerte, pero aún nos queda mucho por hacer».

De las 2 558 casas que perdieron sus cubiertas, al momento de escribir estas líneas solo quedaban 476 sin techo. Aunque los familiares han hecho un esfuerzo grande, también han contado con el apadrinamiento de los organismos en los nueve Consejos Populares de Pilón, con técnicos y mano de obra especializada.

La réplica del yate Granma reposa firme en su lugar «Desde aquí arriba se ve cómo va la cosa», dice Denis Naranjo Oliva, jefe de la Estación Meteorológica en la loma de El Vigía. Él, junto con los operadores de radar Deysi Vázquez y Vladimir Sotomayor, y la cocinera Micaela Pérez, vivieron la entrada del ciclón y el derrumbe de la torre de RadioCuba, con sus 40 metros de alto. Se pasaron una noche completa encerrados en un baño, porque era el único lugar de la estación que no tenía cristales, y estos habían empezado a explotar por la presión de los vientos.

«La última vez que lo vimos por el radar había acabado de cerrar el ojo», cuenta Denis. «Era un anillo perfecto, nunca había visto algo así en 12 años vigilando ciclones. Al otro día, cuando salimos del baño, vimos las casas allá abajo, bien aplastaditas, hechas un reguero… Aunque eso ha cambiado, ¡Miren allá!».

Desde los 500 metros de altura se observa el mar, la costa con sus farallones grisáceos y una llanura con casas de techos de zinc. Se nota tranquilidad, y de las cubiertas se desprenden unos resplandores plateados. Como si el campo tuviera estrellas sembradas en la tierra.

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