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«Torbellino»: un hombre en dos tiempos

Autor:

Juventud Rebelde

La vida de José Enrique Reyes Expósito, con disímiles oficios en su juventud para poder sostener a su familia, fue una antes y otra después del triunfo de la Revolución Cubana

GUARDALAVACA, Banes, Holguín.— José Enrique Reyes Expósito es uno de esos seres que parecen haber reservado sus señas personales para uso exclusivo del carné de identidad. A sus casi 77 años de edad, para poder seguirle la pista hasta los bajos del edificio donde vive lo más conveniente es averiguar por «Torbellino».

No le conocía personalmente, pero ese mote «meteorológico», junto a su estampa de viejo lobo de mar, habían permanecido en mi memoria desde que en una Tribuna Abierta efectuada en el municipio de Banes, por el regreso de Elián González, expresó con dramáticos trozos de su savia el porqué era en su tierra donde debía estar el niño secuestrado.

«Puede encontrarse en varios lugares», me dijo uno de sus hijos, y nos fuimos bajo la lluvia a las oficinas de SEPSA, al mercado, y cuando poníamos rumbo a su «conuco», me sugirieron que podría estar en la playa, revisando su bote. Decidimos esperar.

Horas más tarde estoy sentado frente a este hombre con una estampa tal vez ideal para una serie de aventuras de mar, curtida la piel, cuidado el bigote. Su voz grave y jovial invita de inmediato a la conversación.

Apenas unos minutos e intuyo que el mote que antaño alguien le endilgó continúa siendo la quintaesencia misma de esa persona, demasiado viva e inquieta, más parecida en su actuar a un remolino de viento, que a alguien cuya vida se ha tomado muy en serio.

En una de las paredes de la sala, advierto una especie de sitial en la que figuran reconocimientos, condecoraciones y algunas fotografías: la medalla Mártires de Barbados, por el 40 aniversario de las FAR, 30 años de la Seguridad del Estado, por su aporte al desarrollo del movimiento deportivo cubano, por ser uno de los Cien Mejores Atletas del Siglo XX...

Es la vida de este sencillo hombre, cuyo mayor orgullo son precisamente los recuerdos de su entrega laboral, al servicio de la defensa del país y al lado de la Revolución durante los últimos 50 años.

«Nací un 28 de enero, el mismo día que Martí, pero del año 1932», expresa y se lleva un cigarro a los labios. Advierto entonces la ausencia de la última falange del dedo índice de su mano izquierda. «¿De pesquería?», le pregunto. «Nada de eso. Me lo llevó la necesidad».

Para explicarlo mejor, José Reyes se sumerge en los recuerdos de su niñez. Transcurrió en el barrio de Los Ángeles, en las cercanías de la ciudad de Banes. Era el centro desde donde se extendían los tentáculos expoliadores de la United Fruit Company hacia buena parte de la zona oriental del país.

«A los diez años tuve que dejar de jugar y estudiar para ponerme a trabajar. Estaba prohibido, pero cuando la guardia rural se alejaba de los cañaverales, me «prendía» a ayudar a mi padre. Otros muchachos hacían lo mismo, para ver si ganaban unos quilos de más.

«A los 18 me incorporé a la bolsa de la compañía. Éramos tantos trabajadores disponibles que había semanas de zafra en las que conseguías apenas un peso y pico. Porque de aquel “salario” te descontaban el sindicato, la bolsa de trabajo, el seguro de los accidentes...

«A los 19 me había “llevado” a mi esposa. Estaba a punto de nacer mi primer hijo. Faltaban cinco días para que se acabara la zafra y yo no tenía ni para comprar la caja del ombligo.

«Era una cajita que valía como cinco centavos. Traía una tijera para cortar el cordón del ombligo, gasas... ¡Pero que carísimo nos parecía aquello! Tampoco tenía para pagar la estancia de mi mujer en un hospital.

«Una comadrona cobraba 3.50 por hacer el parto en la casa. Fue entonces cuando se me metió en la cabeza», sigue diciendo el viejo Torbellino, mientras coloca su dedo índice en el pasamano del sillón.

«¡Suábana!, me di el primer guamparazo. Pensé: me lo empatan, y entonces le di el otro. Me entregaron ochenta pesos por el seguro. Con eso conseguí la comadrona y compré los roponcitos para el niño. Tenía que hacerlo, porque detrás venían nueve meses de “tiempo muerto” en los cuales no había ni donde caerse muerto.

«Pero no fue esa la única vez —replica, y me muestra otras cicatrices en el brazo izquierdo y las dos piernas—. Todo eso a fines de zafra. ¿Por qué?: por la miseria. Por eso digo que fui además “cirujano”, pues llegué a mutilar mi propio cuerpo para poder subsistir.

«De no haber sido por la Revolución, hubieran sido muchísimos los “sin dedos”».

—¿Qué hacía en «tiempo muerto»?

—Lo que aparecía. Los muchachos de ahora no saben qué es eso. Eran los meses fuera de zafra. Teníamos que desandar adonde fuera. En mi barrio éramos muchos en la misma situación, que no ganábamos un centavo, y nos íbamos a San Germán, a Mangos de Baraguá, donde un colono te daba algún trabajo ocasional por un pago miserable.

«A veces los barracones estaban abarrotados y te ibas en blanco. Los afortunados podían comprar comida en una tienda, pero con vales. Luego de una semana te pagaban, pero descontaban todos los gastos y quedaba muy poco».

—¿Lo de «Torbellino» de donde le viene?

—De cuando me metí a boxeador profesional. Fue también por necesidad. Eché 32 peleas, en Banes, en Nicaro... Era rápido. En Cueto combatí contra Figueroa, y en Nicaro contra Armando López.

«La primera pelea fue por 1.50. La gané y lo aposté a mí mismo. Le pedí a mi tío, Eloy Martínez, que lo hiciera. Alguien gritó: ¡Torbellino, síguelo!, y se me quedó el apodo. Perdí tres peleas solamente.

«Un día me partieron la nariz, y en otra ocasión recibí un golpe en el hígado que tuvieron que hospitalizarme. La cama costaba 3.50 el día. Me pasé una semana en cama. Mi padre me dijo: ¡Hasta aquí, que te van a matar!

«Fue cuando me interesé por la pesca submarina. Me iba a pescar con un amigo que tenía un bote y luego salíamos a vender pescado, a la mitad. Nos pagaban a tres centavos la libra.

«Era algo no menos peligroso, pues había que hacerlo a pulmón. Solamente con careta, patas de rana y escopeta. Tampoco tenía dinero para el equipo. En Río Seco había un hombre que tenía uno, pero no lo usaba. Era capataz de línea. Yo le traía pescado y se interesó.

«Iba a venderlos a Banes, en los bares, al hospital, al hotel, pero en ocasiones se echaban a perder porque no los compraban y no había cómo conservarlos.

«En Banes “vivían” los que tenían un puesto fijo, y eran los menos. Los que trabajábamos en la agricultura éramos muy pobres. Incluso hasta las casas eran por categoría, y se diferenciaban hasta por el color».

—¿Qué otra decisión tomó?

—Me incorporé al Movimiento 26 de Julio. En la clandestinidad, formé parte de un grupo de acción y sabotaje. Quemé caña. Tras la huelga del 9 de Abril caí preso junto a otros compañeros.

«Nos acusaron de darle candela a una bomba de gasolina en Banes, lo cual yo mismo provoqué. Junto a un tío, estuvimos como 15 días detenidos. Le debo la libertad a un abogado de la compañía del cual mi tío era amigo, quien nos defendió en el juicio y salimos absueltos. Si no, nos hacen polvo. Las cosas andaban muy mal.

«Un guardia rural te podía dar un tiro o un planazo de machete por solo mirarlo. Algunos eran unos verdaderos asesinos. Nos escondíamos, aunque no hubiera motivo. Era una tiranía. Eso no se puede olvidar. Hay que recordárselo a los jóvenes».

—¿Qué hizo al triunfo de la Revolución?

—Ingresé a la Marina de Guerra Revolucionaria (MGR). Me enviaron a un curso a la Academia Naval de Mariel, en la capital, y me pidieron continuar estudios. Pero guajiro al fin, no soporté la distancia y pedí una «permuta» de puesto para estar cerca de la familia.

«El 21 de noviembre del 60 cargué con la mujer y mis cuatro muchachos para una casita comunal en Guardalavaca, donde estaba un destacamento de Guardafronteras. Aquí pasé el ciclón Flora. En el 65 me dieron una casa. Serví en el MININT hasta mi jubilación».

—Usted llegó a ser campeón mundial en pesca submarina...

—Como deporte, había sido algo para gente adinerada. Para los pobres era una necesidad. En 1962 se organizó el primer campeonato nacional, en Santa Cruz del Sur, Camagüey, y formé parte del equipo vencedor. Volví a ganar en las competencias de 1963, en Niquero; en 1965, aquí en Guardalavaca; y en 1967, en Cayo Francés, Caibarién, en la modalidad individual.

«Eso me permitió competir, ese último año, en el Campeonato Internacional de Caza Submarina, en Cayo Ávalos, Cienfuegos. Se presentaron deportistas de 30 países.

«Nuestro equipo logró la mayor cantidad de piezas. Me seleccionaron como el deportista más destacado de ese año. Integré la selección cubana de pesca submarina hasta 1972. Fui en representación del Ministerio del Interior».

—¿Cumplió misión internacionalista?

—Sí, estuve durante un año en Angola, donde participé en acciones combativas en Luanda, en Cabinda y otros lugares.

—¿Cómo combatiente, cuáles momentos recuerda más?

—Serían varios. Pero uno de los que más me impactó fue el ataque pirata al poblado de Boca de Samá, en la madrugada del 12 de octubre de 1971. Allí estaba un puesto fronterizo. En Guardalavaca se escucharon los disparos del buque madre de la Marina de Guerra de Estados Unidos contra las casas de la gente, después que fueron detectados.

«Salí junto a otros con el armamento que pude. Nuestros guardafronteras les dieron una buena respuesta a los terroristas, y tuvieron que salir echando. Pero nos dejaron dos muertos: Lidio Rivaflecha Galano y Ramón Sian Portelles.

«Aquello fue un crimen tremendo. Hubo cuatro heridos más. Me impresionó mucho, porque entre esos estaban las niñas Aracelis y Nancy Pavón Pavón, que tenían 13 y 15 años, y hubo que trasladarlas urgentemente».

—¿Algún mensaje para los jóvenes?

—Que sientan orgullo de tener una Revolución como esta. Que no olviden que antes nunca nadie hizo tanto por el pueblo. Que se dediquen a cosas provechosas, que estudien y estén al tanto de las noticias del mundo, donde muere todavía mucha gente de hambre y de enfermedades. Así estaríamos si no hubiera triunfado la Revolución.

«Con 27 años cumplidos, yo tenía un segundo grado en 1959. No sabía nada. Con mucho esfuerzo logré el 12mo. grado. Hoy, jubilado, sigo dándolo todo».

—¿Su mayor orgullo?

—Mi familia. Tengo cinco hijos, 14 nietos y tres bisnietos. Los mayores, todos estudiaron. Unos trabajan en el turismo, en la pesca, navegando. Me siguieron los pasos. Los más chiquitos seguro que también van a estudiar y no tengo la menor preocupación por su futuro. Mientras tanto, echo una «pescadita», tengo mi «tierrita» y no aguanto la casa. ¡Ah!, y todo eso sin tener que picarme un dedo».

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