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El bálsamo para la Atenas

Médicos y enfermeros, recién egresados de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana aceptaron la riesgosa misión de apoyar a sus colegas en Matanzas ante el incremento de casos de COVID-19 reportados desde julio 

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Matanzas, la Atenas de Cuba, necesitó ayuda. La provincia se convirtió en el epicentro de la pandemia cuando en julio último el número de casos positivos a la COVID-19 y de fallecidos por ella se incrementaba a diario, y las instituciones hospitalarias colapsaban. Fue menester sumar más fuerzas para apoyar al personal de Salud y a cuantos batallaban contra las consecuencias de las indisciplinas y la poderosa variante Delta del nuevo coronavirus.

Médicos y enfermeros, recién egresados de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana aceptaron esa riesgosa misión por la salud y la vida de nuestra gente. Hoy, más allá de los reconocimientos y las experiencias, exhiben en sus batas las insignias del Comandante en Jefe, y son parte de la Brigada Henry Reeve que, con la solidaridad y el humanismo como baluartes, prestarán ayuda donde quiera que se les necesite.

Esta reportera pudo conversar con tres de los jóvenes que, orgullosos de su deber cumplido, confiesan que lo harían una y otra vez si fuera preciso.

Matanzas fue una escuela

«Recuerdo que la Rectora de la Universidad me llamó para preguntarme si tenía disposición para ir a Matanzas. Le dije: Dígame lugar y hora, que ahí estaré. Me pidió que hiciera una convocatoria a los estudiantes que cumplían labores en la capital. Eso fue un viernes y los que aceptaron tendrían a la mañana siguiente su examen estatal, o sea, se les adelantaba su prueba.

«Fue valiente de parte de todos porque llevábamos meses sin clases presenciales, y estábamos apoyando en la pesquisa, en los trabajos en el consultorio del médico de la familia… Había poco tiempo para estudiar. Sin embargo, todos los que voluntariamente quisieron ir a Matanzas y se presentaron al examen, aprobaron con un índice elevado. Veinte y cuatro horas después ya salíamos para la Atenas de Cuba.

«Las familias, angustiadas porque viajábamos al epicentro de la enfermedad, y nosotros mismos, nerviosos y preocupados, pero conscientes de que es lo que debíamos hacer. Al llegar, el 11 de julio, en medio de los sucesos provocados a partir de ese día, sufrimos el corte de la corriente eléctrica en algunos sitios, enfrentamos los ataques que les hicieron a algunos miembros del personal de la salud, pero, afortunadamente, no sucedió nada grave.

«El trabajo fue muy fuerte. Atendíamos de 200 a 500 pacientes  diariamente, tanto en el hospital provincial, como en el Pediátrico y el Materno, así como en los centros de aislamiento. Era nuestra primera experiencia como médicos, ya no éramos estudiantes, la vida de esos pacientes estaba en nuestras manos y la Covid-19 no es cosa de juegos.

«Matanzas fue una escuela, más que una misión. Crecimos como profesionales, como personas...La situación era compleja, se acondicionaron espacios para la atención médica que no tenían esa función, como algunas tiendas, que se convirtieron en salas de terapia intensiva, donde muchas vidas salvamos. Escaseaban algunos recursos pero esa no podía ser la excusa para dejarnos vencer. El pueblo nos necesitaba». (Fabián Pérez Alonso, secretario general de la UJC de la Universidad de Ciencias Médicas de la capital y Jefe de la Brigada La Habana por la vida)

 

Nuestra profesión es de entereza

«Hice mi prueba estatal el 9 de julio y ese día reunieron a mi brigada y nos informaron de la necesidad de viajar hasta Matanzas a apoyar en el enfrentamiento a la pandemia. Di el paso. Como parte de la brigada La Habana por la vida, salimos el 11 de julio para allá.

«Al llegar las guaguas a la provincia, las personas en la calle que nos esperaban se ponían las manos en el corazón, y sus miradas, esperanzadas, nos hacían sentir más comprometidos. Estuvimos en un centro de aislamiento de Cárdenas y allí los pacientes nos recibieron con los brazos abiertos. Lloré muchas veces porque aunque no era imposible, la situación era muy compleja de superar.

«Nosotros ahí, dando lo mejor para reducir las estadísticas, para apoyar en la atención a los pacientes, y ya usted sabe, otros queriendo desestabilizar al país en esos días y sabotear nuestro trabajo.

«Así fue que un día tumbaron tres postes de corriente, y desde las nueve de la noche de ese día y hasta las tres de la tarde del otro debimos prestar atención médica sin corriente eléctrica, lo cual ponía en riesgo la vida de los pacientes críticos que teníamos ingresados. Nadie falleció, pero fueron horas de mucha tensión. Sentíamos miedo por los pacientes, a quienes debíamos preservarles la vida.

«También fue muy duro para nosotros que, recién graduados, asumiéramos el cuidado de 200 o de 300 pacientes en una sala, muy difícil. Pero nuestra profesión demanda entereza. Fuimos seleccionados cuatro enfermeros y hoy integramos la Brigada Henry Reeve, para lo que haga falta. Ahora estamos en Artemisa, trabajando, apoyando. Mañana estaremos donde sea necesario.

«En esta y otras misiones siempre honraremos los consejos de Esculapio, el dios griego de la Medicina: “Piénsalo bien si estás a tiempo (...) si ansías conocer al hombre, penetrar todo lo trágico de su destino, hazte médico, hijo mío…”» (Lisandra Moreira Sánchez, licenciada en Enfermería)

Sí, yo quiero colaborar

«Terminé el examen estatal el 10 de julio y tuve sentimientos encontrados. La misión encomendaba implicaba poner en ejercicio la profesión y los valores en los que nos formamos, pero eso implicaba arriesgarnos a enfermarnos y alejarnos del hogar. Íbamos a ser el bálsamo de Matanzas. Fuimos recibidos con calidez, nos aplaudieron, nos acogieron con esperanzas porque en medio del dolor, estábamos ahí para ofrecer calma, alivio…

«Trabajar en una sala de terapia intensiva pediátrica y luego en un centro de aislamiento donde se recibían a menores de edad fue duro para mí, tocó la fibra más sensible de mí ser porque pensé en mi hija pequeña y en el peligro al que ella podía exponerse.

«Trabajamos en turnos de 24 por 48 horas, teníamos la misión de clasificar los casos. Fue duro tomar decisiones a veces porque llegamos en un momento en el que los hospitales estaban colapsados. El centro quedaba un poco distante del hospital pediátrico, y allá se ingresaban niños positivos, pero que no tuvieran condicionantes de salud que pudieran empeorar en corto plazo.

«Fue impactante el número de niños en la sala, sentir la angustia de las madres… Calmar su pena fue difícil, darles ánimos, confianza, seguridad, cargar en el pecho sus tristezas. Yo pensaba que podía ser yo esa madre que lloraba por ver a su hijo enfermo.

«Un día una madre llegó con dos hijos, uno cuyo PCR dio negativo, y el otro, con resultado positivo. Le pregunté por qué no había dejado en casa al niño que no estaba enfermo, y me dijo que el padre de los dos se debatía entre la vida y la muerte en un hospital. Esa noche hablé poco, me conmovió  mucho. Debíamos enfrentar el malestar de un niño y a una madre que sufría.

«Fue duro, como podrá serlo cualquier otra misión que deba asumir, pero lo haré porque estudié lo que me apasiona, porque estoy agradecida a mi país, le debo lo que soy, y puedo decir que formo parte de la Brigada La Habana por la vida, la Brigada Henry Reeve y especialmente, de una Cuba que piensa en todos». (Nancy Fernández Macías, médico y residente de la especialidad Medico Intensiva y Emergencia del Adulto)

 

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