Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Más que un triunfo en La Plata

Este combate no solo constituyó la primera victoria del Ejército Rebelde, sino que marcó el principio de una actuación ética, a la que debemos acudir una y otra vez

Autor:

Osviel Castro Medel

Los disparos de aquella madrugada no solo silbaron en la Sierra Maestra. Resonaron en toda Cuba porque el naciente Ejército Rebelde, que muchos creyeron liquidado, daba su primer golpe de autoridad, justamente un mes y 12 días después del revés de Alegría de Pío.

La Plata, el cuartel a medio construir, llamativo por sus láminas de zinc en el techo, fue el objetivo escogido por los 22 insurgentes, con Fidel como líder, para anunciar al mundo que varios sobrevivientes de la expedición del Granma, junto a campesinos incorporados, estaban dispuestos a guerrear hasta convertir una quimera en realidad.

Raúl Castro, al narrar en su diario los sucesos de ese 17 de enero de 1957, escribió que luego de la ráfaga inicial, salida del arma de su hermano, hubo un estruendo infernal, aunque no duró demasiado, pues «teníamos orden de disparar cada uno tres disparos y suspender el fuego, para conminarlos a rendirse».

Pero los soldados, como contó el Che, ofrecieron más resistencia de la esperada, y la tropa rebelde tuvo que acercarse y quemar locales contiguos al cuartel. «Era un momento importante, pues teníamos muy pocas balas; había que tomar el cuartel de todas maneras, el no tomarlo significaba gastar todo el parque, quedar prácticamente indefensos», explicaría el Guerrillero Heroico sobre el ataque a ese enclave, situado en la actual provincia de Santiago de Cuba.

La última arenga de rendición la lanzó Fidel, al tiempo que disparaba «un peine completo a la casa de zinc». Al poco rato los miembros del ejército, que habían tenido dos muertos y cinco heridos —tres muy graves, que fallecieron después—, decidieron rendirse.

Los guerrilleros, lejos de pavonearse por la victoria, se preocuparon por los rivales que sangraban, un hecho asombroso para la soldadesca. También quedó sorprendida al escuchar al líder insurgente: «Los felicito (...) Quedan en libertad. Curen a sus heridos y váyanse cuando quieran».

Con el paso del almanaque se repetiría el gesto. No resultó casual que uno de aquellos uniformados rendidos en La Plata, llamado Víctor Manuel Maché, se incorporara meses después al Ejército Rebelde.

De modo que La Plata no solo constituyó el primer triunfo de quienes se convertirían en los míticos barbudos. Marcó el principio de una actuación ética, a la que debemos acudir una y otra vez, más allá de los hermosos episodios de nuestra historia.

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