«Mi hijo es un milagro», asegura la holguinera Ariannis Maylin Barrera González, quien se muestra agradecida con la ayuda brindada con la entrega del panel solar y su estación de energía. Autor: Jorge Fernández Pérez Publicado: 28/02/2026 | 09:52 pm
Cuando a Richard David García Barrera lo ingresaron con apenas tres meses de nacido, su madre, Ariannis Maylin Barrera González, vivió los días más largos de su vida: «No aumentaba de peso, no crecía… fueron semanas y semanas sin ver su mejoría».
Solo después de cumplir los dos años se confirmó el diagnóstico: el pequeño padecía el síndrome de Costello, una rara enfermedad genética que compromete varias funciones del organismo y requiere cuidados especiales las 24 horas del día.
«Fue muy duro —confiesa la madre—. Ingresado desde los tres meses, pasó por terapia intermedia e intensiva. Cuando perdió la succión, hubo que hacer una gastrostomía para alimentarlo. Por nueve meses viví en el hospital con él, sin separarme, aprendiendo de los médicos, llorando y rezando para que resistiera».
A esa altura, el miedo no era su única compañía. La rodeaba la solidaridad de los médicos, enfermeras, técnicos, e incluso de otras madres, a quienes también tocaron largas jornadas en las salas infantiles del hospital Clínico Quirúrgico provincial en Holguín.
«Allí le celebraron el primer cumpleaños, y fue un momento muy especial: los médicos le cantaron, los sicólogos me abrazaron… yo lloraba y solo pedía que saliera adelante».
Finalmente, su bebé recibió el alta, pero necesitaría de por vida supervisión constante. Antes de regresar a casa, especialistas del Programa de Atención Materno Infantil (PAMI) inspeccionaron el cuarto donde viviría, las condiciones de ventilación, el acceso al agua y la posibilidad de mantener un entorno estable y limpio. «Tuve que mudarme a un lugar más adecuado. Ellos mismos verificaron los detalles para que el niño estuviera protegido», agradece.
Al embarazarse trabajaba en la Empresa de Correos, pero la enfermedad del niño cambió por completo su vida: «Soy madre cuidadora todo el tiempo… enfermera, cocinera, acompañante. No tengo horario. Él depende de mí para todo: su comida, sus medicamentos, sus baños de esponja cuando suda demasiado, porque sufre mucho con el calor».
Los apagones se convirtieron en un problema angustiante: «Él tiene horarios estrictos y no puede esperar a que venga la corriente. Sin electricidad, simplemente no hay manera de atenderlo».
Esa incertidumbre acabó con una noticia que le devolvió la paz. A través del PAMI y el Ministerio de Salud Pública, varias familias holguineras con niños de alta complejidad médica recibieron estaciones portátiles de energía EcoFlow.
El objetivo de este programa social es garantizar que estos menores, tan dependientes de equipos médicos y de refrigeración o cocción en horarios inflexibles no sufran interrupciones en su cuidado esencial.
«Cuando me avisaron de la asignación fue como si me quitaran una montaña de encima», confiesa esta holguinera con una sonrisa franca. «Ya puedo cocinar, prender el ventilador y usar la batidora cuando él necesita su comida triturada. Es una seguridad tremenda, sobre todo en las noches de calor».
En su casa del reparto Hilda Torres, Richard David disfruta de esta nueva rutina, en que tecnología y amor maternal se complementan.
No todo ha sido fácil. Cuidar a Richard implica compromiso diario y renuncias personales. «No puedo trabajar fuera del hogar porque él necesita atención a toda hora. A veces me canso, claro, pero sigo. Cada mamá tiene su fuerza y esta es la mía».
Cuando se le pregunta qué ha significado para ella recibir la estación de energía, responde sin dudar: «Tranquilidad. En una casa con un niño así la corriente no puede faltar. Ese equipo me permite mantener su alimentación, descanso y comodidad. Es algo que va más allá de la electricidad: es seguridad para su vida».
La luz que alumbra el alma
Según cuenta Yenny Cabrera Cosio, ella no olvida ni el día ni la hora en que llegaron a su casa los representantes de la Empresa Eléctrica en la provincia de Camagüey: «Ese momento lo tengo grabado en el corazón, porque con ellos también retornó la paz que tanto necesita mi familia toda», aseguró.
«Cuando los vi empecé a llorar. Ellos trataban de explicarme, pero yo no necesitaba ninguna aclaración: los paneles solares y sus baterías visibles en el vehículo dejaban claro el objetivo de esa visita inesperada».
Su hijo, Daiquel Alejandro Rodríguez, de 13 años de edad, nació con el síndrome de Lennox-Gastaut, una variante de epilepsia infantil de difícil manejo que se caracteriza por convulsiones frecuentes, discapacidad intelectual y problemas conductuales.
La emoción de esta madre agramontina ante Juventud Rebelde, revela el agradecimiento infinito a un país.
«Desde que instalaron los paneles la cotidianidad de nuestra familia se ha transformado para bien, porque sin corriente mi niño no puede estar: él la necesita para vivir», detalló.
«Ya no tendremos que trasladarnos otra vez a la Colonia (como se conoce acá al Hospital Pediátrico Eduardo Agramonte Piña), donde estuvimos internados por más de cinco meses para sobrevivir».
Para esta familia, 2025 fue un año muy duro: «Pude retornar a mi casa gracias a la solidaridad de mis vecinos, a quienes abrazo infinitamente, porque me permitieron conectar mis equipos a su batería durante muchos apagones».
Esa sensibilidad comunitaria, y el verse beneficiada con el nuevo programa de independencia energética para familias con la suya, le reafirma que no está sola: «Casos como el de mi hijo no son ni excluidos ni apartados en momentos así. Le estoy muy agradecida al Gobierno por tenernos en cuenta, y esto lo digo con el corazón en la mano».
El síndrome de la lealtad
El reportero de Juventud Rebelde andaba un poco perdido cuando topó con un grupo de vecinos de esos que comúnmente cuentan sus historias en las esquinas. Bastó preguntar por la pequeña Kemely Pérez González y no tardaron en indicarle donde vivía.
Poco más de dos meses han pasado desde la entrega de los equipos, y el agradecimiento es aún palpable en cada una de las familias guantanameras beneficiadas con la instalación gratuita de paneles solares.
Muchos de esos niños ya pasaron por una cirugía temprana y se aferran a vivir, aunque con un diagnóstico impactante. Uno de los más peculiares es el síndrome de Freeman-Sheldon, que presenta Kemely: una patología craneofacial miopática congénita rara, de carácter hereditario.
Contar con energía renovable en la vivienda es un alivio para cada una de estas familias, asegura Yordania González, madre de Kemely: «Los alimentos de mi hija deben ser licuados porque no puede asimilarlos de otra forma».
Yalieska Pacheco Savón, madre de Elieska, agradece la mejora en las condiciones de vida de su pequeña, quien alivia su malestar con el disfrute de la televisión. Su mayor placer es ver los animados, y eso deja a los adultos más soltura para asumir el resto de las tareas.
La entrega de estos módulos de paneles fotovoltaicos no solo beneficia a casos de la ciudad cabecera, sino también a otros de los municipios de Imías, San Antonio del Sur, El Salvador, Baracoa y Caimanera, en un programa que ratifica el interés del país de velar por sus infantes en situación delicada de salud.
Así avanza en la más oriental provincia un programa que toma el sol como fuente de esperanza y se erige en respuesta eficiente a la compleja situación electroenergética que atraviesa el país, debido al estado de deterioro técnico de las instalaciones del Sistema Eléctrico Nacional y al déficit de combustible fósil, cuya importación fue limitada de manera brutal con las crecientes medidas de asedio diseñadas por el Gobierno estadounidense para doblegar, según sus planes, a esta Isla tan indomable como humanista.
