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Ernesto Limia: «Fidel te atrapaba el corazón antes de llegar a la mente»

El ensayista e investigador opina que el liderazgo del Comandante en Jefe tenía una fuerte base en el compromiso personal que establecía con el pueblo y las personas que intercambiaban con él

Autores:

Luis Raúl Vázquez Muñoz
Yuniel Labacena Romero

 

Fornido, de estatura mediana, más bien bajo, Ernesto Limia Díaz (Bayamo, 1968) tiene la capacidad de hipnotizar. Quien converse con él, aunque sea por unos minutos, al momento se encuentra ante un diálogo donde aparecen los datos más variados.

¿De dónde los habrá obtenido? Esa es una pregunta que aparece mientras lo escuchan. Licenciado en Derecho, formado como analista de información en el Ministerio del Interior (Minint), con diplomados en economía y migraciones internacionales, este hombre, que ahora se acomoda en el salón de reuniones de JR, enrumbó su vida después del licenciamiento hacia algo que no oculta: la pasión por la historia.

Hasta el momento, junto con numerosos artículos en diversas publicaciones, tiene cinco libros publicados. De ellos resaltan Cuba entre tres imperios. Perla, llave y antemural y Cuba libre: la utopía secuestrada; dos volúmenes que forman parte de una intención mayor: recorrer el pasado del país hasta los momentos más recientes.

Desde la salida de ambos en 2013 y 2014, la crítica ya puso la mirada en su figura. ¿Los motivos? Entre otros, porque Limia desmonta hasta la saciedad el peso de la diplomacia secreta y el espionaje sobre los acontecimientos públicos, algo que se extiende a Marcas, el espacio que escribe, conduce y dirige en el Canal Caribe de la televisión cubana. El resultado es el asombro de los lectores y televidentes, quienes asisten a la revelación de la política real, la que no se ve.

Bajo esa premisa, Limia comienza a hablar de los rasgos que hicieron posible el liderazgo en la figura de Fidel Castro Ruz. Sus primeros análisis apuntan al ambiente familiar. Ahí, según él, se encuentra la génesis.   

 «Hay un primer valor, muy determinante en su vida —apunta— y es el de la sensibilidad. Fidel fue un hombre con una extraordinaria sensibilidad, muy asociada a las personas humildes. Desde niño, ese era un rasgo de su personalidad. Él era hijo de un campesino con poder económico; pero lo llamativo es que, a pesar de esa condición, con quien Fidel compartía era con los humildes y, dentro de ellos, con los más pobres: los haitianos.

«Por supuesto, uno se pregunta: ¿cómo pudo ser? Hay un primer elemento. Su mamá era de origen muy pobre y eso imprimió en él una disposición hacia la gente más necesitada. No tuvo prejuicios; porque él fue el hijo de un rico con una mujer pobre, que al inicio era la sirvienta de la casa. Y esa condición pesa por el cariño tan grande que sintió por su mamá».

Compromiso personal

«Esas cuestiones marcan. De ahí la actitud que lo condujo a defender a los habitantes del barrio de La Timba, cuando quisieron desalojarlos para construir la Plaza Cívica, lo que es hoy la Plaza de la Revolución. O a no irse a un bufete importante, que era el deseo del padre. No lo hizo, además, porque en Fidel existía otro sentimiento muy grande: el sentido de la justicia.

«El Che cuenta que, cuando están presos en México, hay un momento en que pide: “Fidel, vete. Sal. Tú eres el hombre. Déjame mí. Lo único que yo quiero es que hables para que no me extraditen a Argentina”. Y Fidel se queda mirándolo: “¿Qué cosa? ¿De qué tú hablas?”. O sea, verso: o nos condenan juntos o nos salvamos los dos. Lo dijo Martí, ¿no? Fidel responde: o nos vamos juntos o juntos nos quedamos aquí. ¿A qué conclusión llega el Che? Que con un hombre así, había que morirse; porque Fidel te ganaba el corazón antes de atraparte con las ideas».

El fidelismo

«Cuando uno habla con las personas que lo tuvieron cerca, enseguida percibes un sentimiento muy fuerte de compromiso personal. No es político. Es otra dimensión. Lo político llegaba después; tranquilamente o no; en cambio, lo que se mantenía, era el compromiso personal.

«Siembre hubo personas que no comulgaban con las ideas de Fidel, pero sí respondían a su figura. De lo contrario, ¿cómo puedes explicar que tuviera amigos entrañables, dispuestos a morirse por él y sin embargo tenían una ideología distinta? De hecho, Ted Turner, el director de la CNN, y el emir de Qatar veían por los ojos de Fidel. ¿Cómo pudo ser?

«Es el motivo de la aparición del fidelismo. Cuando yo era niño, había mucha gente que hablaba en esos términos. «Yo no soy comunista, ni revolucionario. Lo que soy es fidelista —decían—. Yo hago lo que diga Fidel». Otros afirmaban: «Yo no creo en eso del Partido, a mí no me metan en eso. Yo hago lo que diga Fidel». Así, en términos ciegos. ¿Por qué? Porque existía un gran compromiso personal, y quien primero lo practicaba era Fidel con sus compañeros».

La huella de los fundadores

Limia considera que la sensibilidad hacia los pobres, el sentido con la justicia y el compromiso con sus compañeros eran características, reforzadas por otra particularidad en su persona: el sentido ético.

A su criterio, en la formación del Comandante en Jefe pesa la huella de la tradición ética fundada por Félix Varela y José de la Luz y Caballero; elevada con José Martí y que, a partir de la obra del Apóstol, llega a la generación de los intelectuales y revolucionarios cubanos de la década de 1930.

«Esas personalidades —expresa— se convirtieron en el puente entre Martí y la Generación del Centenario, dirigida por Fidel. ¿Por qué? Pues porque en aquella generación, formada con Mella, se encontraban intelectuales de la talla de Julio Le Riverand, José Antonio Portuondo, Jorge Mañach, Hortensia Pichardo o Fernando Portuondo. En la década de 1940, ellos percibieron el deterioro moral de la sociedad y se dieron cuenta de que el camino más rápido para sanar el alma cubana se encontraba en las Escuelas Normales de Maestros.

«¿Qué hicieron? Empezaron a impartir conferencias y los maestros, formados en esos cursos, son los que impartieron docencia a los niños y adolescentes, que después integraron la Generación del Centenario. Por esa razón, el Fidel que llega a la universidad, lleva esos rasgos: una gran sensibilidad hacia los humildes; pero también valores éticos, dirigidos a hacer el bien por los demás, con la justicia como sol del mundo moral».

El aporte de Martí y Fidel

De acuerdo con Limia, en la personalidad de Fidel se registraban otras particularidades. Además del valor personal y el sentido del ejemplo, era un hombre de convicciones fuertes, capaz de lograr empatía.

«Él te hacía sentir grande en vez de disminuirte —asegura—. Tenía el don de hacer sentir especial a las personas; porque sabía escuchar. Empezaba a preguntar, a aprender de ti y lo hacía con un tacto muy grande».

A esas características, dice, se añadían otras. No faltar a la palabra empeñada; no mentir, aun cuando, en determinados momentos, no dijera toda la verdad para resguardar las posiciones en un enfrentamiento político o militar y, por último, el respeto al adversario.

«Son rasgos muy fuertes -asegura-. Ese empeño en cumplir lo prometido era una respuesta a la situación de la época antes de 1959. El país estaba cansado de la politiquería, de que le prometieran cosas. Era lo típico. Entonces, el cambio que se necesitaba era moral. De lo contrario, no habría liderazgo posible y Fidel lo sabía; aunque el trato al adversario si es algo inusitado.

«No tenían prácticamente comida en la Sierra Maestra; sin embargo, con la poca que había, priorizaban a los prisioneros. A los oficiales detenidos, se les mantenía el arma de reglamento. Eso no tiene parangón. ¿Dejarle la pistola a un oficial? Es un riesgo tremendo; pero te hace adquirir una estatura de gigante ante el adversario y el mundo. Ganas la guerra psicológica antes de vencer en el terreno militar, y así terminas convertido en líder.

«De ahí mi opinión de que el aporte cubano a la teoría revolucionaria es la ética. Porque hasta Martí y Fidel, el fin justificaba los medios. Hubo maltratos y mentiras en las revoluciones anteriores. En la mexicana se maltrataron a los detenidos y en la rusa Stalin fusiló a todos los compañeros de Lenin en el Buró Político del Partido. Por eso Martí y Fidel tienen el aporte de la ética, y así marcaron la diferencia en un mundo sin escrúpulos».

Un documento y un líder

«Otra particularidad suya era la vasta cultura que poseía. Acostumbraba a intercambiar con la vanguardia del pensamiento mundial en un diálogo de iguales. Eso lo dotaba de una preparación muy grande para analizar los escenarios que tenía delante. Él se convierte en un líder nacional, no por el asalto al cuartel Moncada. Ahí no fue original. Otros habían intentado algo similar en otros momentos. De hecho, los moncadistas perdieron la batalla militar. Lo que los hizo trascender fue La historia me absolverá. Con ese documento, Fidel logró crear el consenso en torno a su proyecto de país. Demostró que no eran unos tiratiros, sino jóvenes en busca de un horizonte nacional. Y lo otro que lo va a convertir en un líder es su espíritu de victoria, el no darse nunca por derrotado. Ganaba. Y triunfaba, porque aplicaba el pensamiento estratégico».

No era una bola de cristal

Para Limia el pensamiento estratégico en Fidel era la capacidad del Comandante en Jefe de ver, trazar un objetivo y no perderse en cuestiones de urgencia. «En el liderazgo eso es vital —afirma— y él nunca se equivocó en cuestiones estratégicas». Acto seguido enumera una serie de eventos, donde el nivel de análisis era una de las piezas dominantes.

En la Sierra Maestra, explica, previó la ofensiva del ejército contra las posiciones rebeldes después del fracaso de la Huelga General del 9 de abril de 1958. Cuando Playa Girón avizoró las posibilidades del lugar para una invasión; pero también se dio cuenta que hacia 1963 gravitaban otras consideraciones.

 «¿Tenía una bola de cristal? —pregunta Limia—. No, percibió que las condiciones habían cambiado. La administración Eisenhower, la que preparó el ataque, estaba plagada de matones que apoyaron a las dictaduras militares más sangrientas en América Latina. John F. Kennedy venía de otra tradición política. Por tanto, Fidel accedió a explorar una opción de diálogo, interrumpida por el asesinato de Kennedy en Dallas».  

Con la crisis de la década de 1990, concibió y le dio máxima prioridad a un grupo de direcciones de trabajo que garantizaron la salvación del país. El polo científico fue una de ellas.

«Lo hizo en medio de las más adversas condiciones, en extrema pobreza después de la caída del 35 por ciento del Producto Interno Bruto —precisa Limia—. ¿Qué hubiera sido lo normal? No hay dinero, se acabó el polo. Él dijo: “No, eso tiene que seguir”. Buscó opciones y el resultado está ahí. Ese polo, con sus vacunas, nos salvó de la COVID-19.

«La mayoría de los políticos (nos está pasando mucho hoy), se dejan arrastrar por las urgencias, y eso es una diferencia con el liderazgo de Fidel y su pensamiento estratégico: el hecho de no perder la visión y dejarse arrastrar por lo inmediato; porque, de lo contrario, no sales de la urgencia. Él lo tenía claro. Se metía en los problemas para solucionarlos; pero lo estratégico nunca lo afectó. Y, por supuesto, las personalidades con ese tipo de pensamiento salen adelante y ganan liderazgo».

No caer en la trampa del bloqueo

«Ahora, el pensamiento estratégico y su personalidad lo proyectaron como líder mundial porque se dio cuenta de que Cuba es un polo de ideas revolucionarias; pero si ellas no salían al mundo, no íbamos a derrotar al bloqueo político. No hay manera de construir el socialismo y sostener la Revolución si actuamos como fortaleza sitiada y dejamos que nos cerquen las ideas. Sencillamente, caemos en la trampa del adversario, que apunta a aislarnos.

«Por eso, cuando fue a Río de Janeiro y pronunció el discurso del cambio climático, las concepciones universales sobre el medio ambiente cambiaron. ¿Qué quiero decir? Que las ideas nuestras, se escuchan. Ya en los 2000, en una reunión con artistas y escritores latinoamericanos, le preguntaron: “Fidel, ¿qué hacemos para afrontar los desafíos colosales que impone del orden neoliberal?”. ¿Cuál fue su respuesta?: “Sembrar ideas, sembrar conciencia”. O sea, tuvo la audacia revolucionaria y el liderazgo moral, resultante de su propia personalidad, de su autoridad política y la consecuencia de principios para convocar a dignatarios, intelectuales, científicos, militares, políticos y al sistema multilateral de las Naciones Unidas a construir el mundo nuevo que soñamos».

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