A sus 26 años, Nathaly de la Caridad León Acosta es jueza profesional de la Sala Primera de lo Penal en el Tribunal Provincial de Pinar del Río. Autor: Del Autor Publicado: 08/03/2026 | 09:59 am
PINAR DEL RIO.— Uno de sus temores es no haber sido lo suficientemente justa alguna vez, pero ese es un riesgo que corre cualquier persona que tenga la responsabilidad de impartir justicia en un estrado.
Por eso, para tratar siempre de no fallar, de no cometer errores, pasa horas estudiando los casos, revisando los expedientes, leyendo qué pasó en la fase intermedia, solicitando una investigación más exhaustiva si considera que es necesario, colegiando con otros jueces, o pidiendo la existencia de una mayor cantidad de elementos probatorios antes de emitir una sanción.
A sus 26 años, Nathaly de la Caridad León Acosta es jueza profesional de la Sala Primera de lo Penal en el Tribunal Provincial de Pinar del Río, y asume ese compromiso con la misma seriedad que la distnguió en los años de estudiante de Derecho, en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.
En esa época, recuerda, no solo estudiaba mucho, sino que dedicaba tiempo a las tareas de la FEU, a la actividad extensionista, a la investigación, a trabajar incluso siendo estudiante vinculada como Secretaria en el Tribunal municipal, y pasó semanas y semanas entrando a Zona roja, en el aislamiento que se creara en la Casa de Altos Estudios vueltabajera cuando el pico de la COVID-19.
Fue esa misma integralidad la que le permitió, al graduarse, ir junto a otra compañera hasta el Tribunal Provincial, y todavía recuerda su primer juicio.
Iba nerviosa y el acusado salió absuelto, «pero uno va cogiendo experiencia. Al poco tiempo lo tuve nuevamente en un delito similar de hurto y sacrificio de ganado», comenta la joven.
Esta es una profesión que demanda de mucho tiempo: «Al principio fue difícil. Hemos logrado tener un control de causa y el apoyo de otras Salas, eso nos ayudó a que otros jueces y secretarios estuvieran junto a nosotros para sacar adelante todo lo que teníamos por trabajar», explica la jueza, quien demuestra un dominio certero de la Sala Primera de lo Penal.
«La misma presidenta nos ha enseñado a organizarnos para poder disfrutar de la juventud, dedicarle tiempo a la familia, a los amigos, a la pareja, que es lo que hago cuando no estoy trabajando. Esta institución demanda horas de entrega. No pocas veces he salido del Tribunal de noche, tarde, pero no me da miedo. Yo no debo nada a nadie», refiere.
MUJER Y JUEZA
«No ha sido fácil ser jueza. Las personas no siempre confían en la juventud, mucho menos en una mujer, y al final creo que somos nosotras mayoría en el sistema jurídico.
«No te ven igual; te creen distante, por allá arriba, pero somos personas iguales a otras. Y no pocas veces dudan de nuestra capacidad para asumir un juicio por ambas condiciones, por ser mujer y por ser joven.
«Celebramos uno de carácter ejemplarizante en la Universidad de Pinar del Río y fui la ponente. Luego se hizo una publicación en Facebook, los familiares de los acusados dijeron que no se podía depositar confianza en los jóvenes para un juicio.
«Pero la vida ha demostrado que son los jóvenes la cantera de esta Revolución, somos nosotros, y muchas mujeres las que estamos asumiendo un estrado, en su mayoría jóvenes que no le tienen miedo al trabajo», comenta Nathaly con entera seguridad.
Ella, que sueña con formar su propia familia tiene muy claro que si mañana debe que ser ama de casa lo será, porque también es importante esa retaguardia que se queda en el hogar, pero siente que estudió para trabajar y para hacerlo en uno de los perfiles de su profesión, la cual le permite, además, ser notaria, registradora, asesora, abogada, fiscal...
Nathaly de la Caridad trabaja precisamente en la sala que acoge los delitos de mayor gravedad, con un marco sancionador de ocho años en adelante. Son los delitos de mayor política penal en el país, explica. Incluye los asesinatos, las agresiones sexuales, los robos con fuerza en viviendas habitadas, las malversaciones.
Le preocupa profundamente la cantidad de jóvenes que llegan a juicio, muchos de ellos reincidentes.
Aunque no existe una especialización, dice, asiente que no le gusta trabajar los delitos sexuales, sobre todo, si implican a niños. «Uno trata de no parcializarse, pero se distingue cuando está diciendo mentira y cuándo no, si ves que es reproductivo, con respuestas aprendidas... y luego está este otro niño que baja la cabeza, que se echa a llorar. Me gusta sancionar a esas personas, porque sabes que son culpables.
«El sinsabor queda, por ejemplo, cuando uno quiere que se hubiese investigado más, por eso se le da tanta importancia al expediente cuando entra. Aquí está la fase intermedia y la fase de juicio oral. El que entra el expediente de Fiscalía tiene que revisarlo muy bien para que no le falte nada», comenta la jueza sobre el proceso.
Según su criterio los ciudadanos no tienen que estudiar Derecho Penal, pero tienen que respetarlo, y no pocas veces, señala, las redes sociales se han prestado para prostituir la labor de los jueces, de policías, de militares.
«Nos han cuestionado como si no fuera nuestro trabajo. Y yo les preguntaría ¿a usted le gustaría que mañana entraran a robar a su casa y quedaran impunes?, y también hay que ponerse en el otro rol».
SIEMPRE CON UNA SONRISA
A Nathaly, que tiene una mezcla asombrosa de jovialidad y seriedad, le brota la empatía. «Sobre todas las cosas uno tiene que ser empático, dice. Quienes cometen un delito son personas que se equivocaron, que tienen que pagar por ello y para eso están las sanciones penales; la gente lo tiene que entender. Y eso no quiere decir que uno los pueda tratar mal. Pero también les asiste el derecho a recapacitar, a reincorporarse a la sociedad.
«Hay que tratar bien hasta el que viene con mala cara; quizá usted es la persona que apareció en su camino para arreglar su problema o por lo menos para darle una respuesta agradable.
«Uno tiene que tener empatía, pero no puede dejar de ser justo, ni dejar de responder a la política penal del país, porque esa es nuestra función y estamos respondiendo en nombre del pueblo de Cuba».
Su carácter ha sido determinante todos estos años en el Tribunal. «La mujer, dice, cambia el ambiente en los lugares. Se trata de cosas tan sencillas y a la vez importantes como un detalle en la oficina o una tacita de café para los compañeros.
LO QUE LLEVA EN LAS VENAS
En su sangre tiene la estirpe de la mujer cubana. Esa cuyo ejemplo llegó hasta ella a través de su madre, el mejor ejemplo, que asegura, pudo tener.
«Estoy muy orgullosa de lo que soy. Y si soy fuerte es porque aprendí a ser así con mi madre. Si a alguien no puedo defraudar en la vida es a ella, a quien crecí viendo donar sangre primero como un acto voluntario, y después porque de alguna manera garantizaba así un plato fuerte para la casa con la dieta que recibía. Eran tiempos difíciles. Eso no se me va a olvidar jamás.
«Por eso en cada donación de sangre que hay me ves, para ayudar a los otros. Soy fruto de un hogar trabajador y “la abogada de la familia”, como me dicen ahora, agradezco a mis padres la educación que recibí».
Sobre la mujer en Cuba reconoce su valía, ese espacio indiscutible que se ha ganado al imponerse ante las dificultades, sobre todo, en temas de igualdad de género y derechos.
«Uno tiene que acompañarse y llenarse de ese tipo de mujeres valiosas, trabajadoras, con criterio, no de quien no tiene nada qué ofrecer», afirma con total seguridad.
Ahora que ha aprendido a organizar mejor sus tiempos en el Tribunal, prioriza sus pocas horas libres para sus amistades, su pareja y su familia. Sabe que la dureza de los tiempos y el rigor de su profesión solo pueden hacerla más tierna, más sincera, más justa.
