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El hombre que habla con Martí

El historiador, periodista y escritor Pedro Pablo Rodríguez, a cargo de la Edición Crítica de las Obras Completas de José Martí hace más de dos décadas, dialoga con el Apóstol mientras descifra sus manuscritos y devela el contexto en que le tocó vivir

Autor:

Ayose S. García Naranjo

Pedro Pablo Rodríguez demora en colar el café. Se le olvidó rellenar la fosforera y no sabe cómo prender el fogón. Se excusa. Me cuenta una anécdota.

—Tengo unos amigos en Francia que el último viaje, antes de venir, me preguntaron qué necesitaba. ¡Fósforos!, les dije. Se quedaron incrédulos, quizá creyeron que bromeaba. Me volvieron a preguntar, respetuosos, y yo les volví a contestar, convencido, lo mismo. No saben que en Cuba ya las cajas de fósforo no existen.

Sin dejar de buscar, el Doctor en Ciencias Históricas, profesor, investigador titular y académico de mérito de la Academia de Ciencias de Cuba comenta que está seguro de haber visto la última caja en la mañana, pero no recuerda dónde. A veces quiere protegerla tanto que olvida su escondite. Después de hurgar en los sitios más impensados, aparece dentro de una gaveta de la propia cocina. Sonreímos. Cantamos victoria. Enciende la hornilla.

Aprovecho el tiempo para recorrer la casa, último piso de un discreto edificio de Centro Habana, cuya cercanía al malecón le ha sacado sus intestinos herrumbrosos. «El salitre acaba con todo» —me señala la cornisa del comedor, de paredes descorchadas y cabillas expuestas— al menos el techo no se filtra aún.

A pesar de todo, disfruta el lugar. Ese quinto piso es fabuloso, dice, aunque a veces le preguntan por qué no se marcha a un sitio más acorde a sus 79 años.

«Porque no, les respondo sencillamente; porque todavía puedo subir bien las escaleras. En otro sitio no tendré la vista de acá, por ejemplo. Cuando estoy aburrido me entretengo con los barcos que entran y salen de la bahía. No quiero renunciar a eso».

Además, la terraza que tiene a la entrada se ha transformado en punto de confluencia de muchos amigos, que llegan «a sus alturas» para conversar, picar algo, chismear, tomar café… «¡El café!».

Chequea en la cocina. La cafetera demora, suena, se bota antes de colar completamente. Le humedece el fondo y la coloca en la hornilla.

De vuelta en la terraza, me muestra varias de las macetas que no deja de regar a diario. En una de ellas solo se observa un cepillo, casi sin celdas, pero rígido como un mástil en el centro de la tierra. «Es un recuerdo de mi madre, que era fanática a las plantas. Allí había una enredadera que se me secó, pero igual no la he botado, no me atrevo».

La «vieja» también le dejó una sábila que ha sido bendita. Cada mañana le corta un trozo pequeño y se lo traga para mantener su salud y prevenir los problemas gástricos.

La cafetera coló. Volvemos a cantar victoria. Sirve el café en tazas plásticas encontradas durante su último vuelo a España, «de cuando uno se podía llevar algo de los aviones».

Se cerciora de cerrar el gas antes de sentarse en su sillón. Como apenas se balancea, su cuerpo queda justo bajo la mirada de José Martí, ese cuadro enorme y preponderante en el centro de la sala en el que el Apóstol mantiene actitud concentrada, pero el rostro distendido, y en lo adelante parecerá atender cada palabra de Pedro Pablo, contemplarlo, custodiarlo.

De los múltiples retratos de Martí que cuelgan de sus paredes prefiere ese, regalo de un amigo, Fariñas, que durante un tiempo lo puso en venta, carísimo, casi veinte mil pesos, hasta que un buen día se le apareció en la casa y se lo entregó.

«Aunque me dio pena por su economía, me alegró mucho que no lo haya podido vender», comenta, y poco después me enseña otras representaciones más discretas a lo largo de una casa desprovista de lujos, pero abundante, sobre todo, en libros.

Los libros parecen desbordar los anaqueles y ocupar los dos cuartos, trepar por las sillas y dormir en el sofá, exhibirse en las repisas y hasta presidir la mesa del comedor. En su mayoría de lomos manoseados, ocres, añosos, se diseminan también por el pasillo en un orden invisible para la mayoría, pero nítido para él, que en el reguero encuentra cualquier ejemplar en solo segundos con destreza de bibliotecario.

«Aquí Martí está regado en toda la casa», me dice ahora mientras selecciona, al azar, uno de las docenas de textos que abordan la vida del Maestro. El Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas (2009), Premio Nacional de Historia (2010) y Premio Nacional de Edición (2025) dirige, desde hace décadas, la edición crítica de las Obras Completas de José Martí.

Por ello utiliza aún aquella primera edición que le regalara su padre en 1959, tras la fundación de la Imprenta Nacional. Me los señala, al fondo de un anaquel, más protegidos que el resto, los 27 tomos que el desgaste le ha obligado a remendar en varias ocasiones.

Extrae uno y me muestra sus notas y apuntes en los márgenes, los recientes y los que solo conservan el rastro de tinta disecada. Vuelve a hojearlo con idéntico interés, confiesa, que cuando los recibió en su adolescencia.

«Se trata de un problema sentimental. A través de ellos siento a mi padre más cerca, un poco más presente, así que, con estos libros que ves, pienso terminar las ediciones críticas».

***

Junto con esos tomos conserva, como legado paterno, el sentido de la justicia y su defensa hasta las últimas consecuencias. Se le fijó, dice, no por aleccionadores consejos sentado en su regazo, sino por los gritos de la madre cuando Ricardo salía al portal de la calle y le gritaba a la policía batistiana: «Hijos de puta, asesinos», mientras reprimían alguna marcha estudiantil. Ella protegía al niño, y ni siquiera cuando lo mandaba para el cuarto lograba calmar su inquieto acecho del padre.

«Perteneció al Partido ABC desde los años 30 y nunca tuvo miedo de darle el pecho a la policía, pero la vieja se ponía muy nerviosa, tenía miedo de que me quedara huérfano».

Sin desprenderse de su militancia, el hombre compartía su tiempo como colaborador de una agencia de publicidad y reportero en la revista Bohemia. En las tardes, cuando llegaba a la casa, en vez de dulces solía entregarle libros al pequeño Pedro Pablo.

«Desde los seis o siete años comencé a leer mucho. Sobre todo las aventuras de Salgari, Julio Verne, Dumas: El corsario negro, Los tres mosqueteros…». Pronto encontró en la lectura la emoción que no le proporcionaban los juegos más tradicionales y callejeros, y ni siquiera la filatelia, hobby que practicó más por embullo de los «socios» que por su interés en el coleccionismo de sellos.

Todo a su alrededor cambiaba, sus amigos, sus casas —se mudaron varias veces para acercarse a los trabajos del padre—, menos su pasión por los libros. Una vez, víspera del Día de Reyes, le pidió a Ricardo que le regalara 25 libros: «La cifra era aleatoria. Yo solo quería desafiarlo, y como de seguro no tenía dinero para pagarlos, demostrarle que los Reyes no existen; pero me los compró, algo costoso para la época si se tiene en cuenta que los libreros debían importar casi toda su mercancía ante la impresión casi nula de ese tipo de ejemplares en Cuba».

Su padre lo acostumbró también a leer periódicos. Dice que se sentaba en su sillón con cuatro o cinco ediciones de los más disímiles perfiles, y mientras leía uno, Pedro Pablo revisaba el resto con esmero, intentando fijar la mayor cantidad de detalles para que, al final, la memoria saliera en su auxilio cuando el padre comenzara a tantear su comprensión sobre las noticias, cuál le había interesado más, qué foto le pareció más impactante…

En el bachillerato incorporó a sus lecturas los textos de historia universal, especialmente los que le facilitaba un hermano mayor —por parte de Ricardo—, que se había licenciado en Derecho. «Me prestaba muchos de la Segunda Guerra Mundial y me los terminé leyendo todos. Eran como 15. Luego le contaba a mis compañeros de aula sobre generales de nombres impronunciables y combates donde la sangre formaba ríos».

Los muchachos —no es difícil imaginar— lo daban por incorregible, pero los profesores lo premiaban nombrándolo monitor. «En el aula yo era un tipo exitoso. Me preguntaban casi más dudas a mí que a los maestros, y el profesor de Historia se quedaba con la boca abierta cada vez que comentaba sobre la duración de la batalla de Stalingrado o cosas así».

Con similar persistencia comenzó desde bien temprano a acercarse a la obra del Apóstol, también gracias a su padre, «de alma martiana», que entre los cuentos de aventura o reseñas de historia le intercalaba Los versos sencillos o algunos discursos y crónicas publicadas en Patria, textos complejos para un niño que no sobrepasaba aún los diez años.

Durante su etapa estudiantil, Pedro Pablo asumió invariablemente la conducción de los matutinos celebrados en la Fragua Martiana para conmemorar los aniversarios de natalicio y caída en combate del Héroe Nacional. «Así, su figura se me inoculó a través de las obras y de mis padres, que no se perdían ninguno de mis actos. Ellos se emocionaban al verme frente al público y desde ese entonces me propuse no defraudarlos jamás».

***

A la hora de escoger la carrera universitaria sintió el impulso de marcar Derecho como primera opción. A la admiración por su hermano se sumaban las fabulaciones de verse a sí mismo en el centro de un estrado, en pleno despliegue de una retórica dramática capaz de envolver a todo un tribunal y arrancarle el veredicto de inocencia para su defendido.

Sin embargo, antes de recibir la boleta ya se había convencido de que esa épica de toga y argumentos solo sucedía en las películas de Hollywood. Al consultar los planes de estudio de las otras especialidades de las Ciencias Sociales se decantó, sin pensarlo mucho, por Historia. 

La carrera compartía sede con Letras en la entonces Facultad de Humanidades, en Zapata y G. Allí intercambió con muchos jóvenes que no tardaron en convertirse en intelectuales de referencia del país, como Luis Rogelio Nogueras, «un jodedor del carajo», pero también Fernando Pérez y la «estelarísima» Francisca López Civeira «Paquita», su compañera de estudio y pareja de baile en todas las fiestas.

«Hace casi dos años, durante la ceremonia de premiaciones de la Feria Internacional del Libro de La Habana, la orquesta Aragón comenzó a tocar. Paquita y yo nos habíamos quedado al fondo, chismeando y burlándonos de algunos. Pero de pronto ella me soltó: «¿Y nos vamos a quedar aquí, entre esta partía de viejos que ni se pueden mover?». Y yo le dije: ¡Claro que no!

«Nos levantamos, nos acercamos a la tarima, y en cuestión de segundos la gente empezó a sumarse. Solo era timidez, nada más. Allí nos quedamos Paquita y yo bailando hasta el final. La gente suele pensar que entre nosotros hubo algo más. Pero no. Fuimos y seguimos siendo grandes amigos. De esos que todavía intercambian libros y chismes».

Durante sus tres primeros años como licenciado en Historia impartió clases en un curso para trabajadores que tenía lugar en las tarde-noches de una secundaria básica de Guanabacoa. Allí puso a prueba su vocación pedagógica y, sobre todo, las herramientas que se había resistido a incorporar en otros talleres. Enseñar, descubrió, no era transmitir lo que ya sabía, sino encontrar la manera de que ellos también quisieran saberlo.

«En esas aulas encontré a mi primera esposa, la madre de mi hija, que ahora vive en España», me señala el único cuadro familiar de la sala de su casa, el retrato de una niña trigueña, sonriente. «Por cierto, debe llamarme hoy. A veces soy yo el que la llama para que no gaste tanto».

Poco después colaboró con el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, hasta que pasó a formar parte del claustro de la Escuela de Periodismo, tras la invitación de una exprofesora a quien acababan de nombrar directora de la institución.

Allí se sintió feliz, dice, por propiciarle la cercanía a un oficio que no le resultaba ajeno desde sus lecturas infantiles de periódicos. Además, en su etapa universitaria escribió varios textos para la revista Alma Mater y uno de ellos, titulado Solo con 11 mujeres, le agenció una popularidad inesperada entre los estudiantes por el desenfado con que narró su experiencia como único hombre en un trabajo voluntario en la agricultura.

Durante uno de esos cursos conoció a Ángel Guerra Cabrera, en ese momento el director de Bohemia, quien le convocó a coordinar la sección de Historia de la revista.

«Claro que acepté. Imagina el orgullo de pertenecer a la misma publicación de mi padre, que aún mantenía un gran prestigio y circulaba fuera de Cuba. Allí conocí a periodistas de la vieja guardia que me enseñaron mucho del oficio. Incluso el que coordinaba la imprenta era un intelectual, que antes de tirar las páginas las revisaba y te sugería cambios, de contenido y redacción, que muchas veces salvaban el trabajo».

Disfrutaba mucho la investigación, sorprender al lector con hallazgos sencillos, pero ilustrativos sobre los hechos históricos más manidos. No obstante, le sedujeron las dinámicas reporteriles y realizó un número considerable de coberturas en la etapa y entrevistas a personalidades de la cultura cubana, como Roberto Fernández Retamar, a quien, por cierto, le debe el mayor punto de giro de su historia laboral.

***

«¿Te vienes o qué? —le preguntó el autor de Todo Calibán sin mucho protocolo, poco tiempo después de fundarse el Centro de Estudios Martianos, en 1977, tras la firma de un decreto por Fidel Castro Ruz y Armando Hart Dávalos, entonces ministro de Cultura. A Pedro Pablo, como es fácil imaginar, le sedujo el proyecto.

Su entrada coincidió con el momento en que Cintio Vitier y Fina García, quienes ya pertenecían al centro, introdujeron el concepto de «edición crítica», ya de moda en el mundo editorial de la época, lo cual implicaba una minuciosa labor de cotejos y búsquedas informativas para conformar un cuerpo de notas, junto a explicaciones indispensables para la comprensión integral de los textos originales, usos lingüísticos particulares, vocabulario regional e informaciones de época.

A Hart le agradó la idea, y de inmediato les propuso a ambos escritores que la implementaran con las obras completas de José Martí. De esta manera surgía, aún sin involucrarlo, el proyecto más importante en la vida de Pedro Pablo, una obsesión ininterrumpida desde hace varias décadas.

«El delicado estado de salud de Cintio y Fina no les permitió terminar más allá de los dos primeros tomos. Enseguida hablaron con Ramón de Armas —quien había sido mi colega en el Departamento de Filosofía— y conmigo para continuar con el propósito. Previamente nosotros habíamos publicado algunos artículos sobre el Apóstol en la revista de la Biblioteca Nacional y ambos intelectuales habían quedado satisfechos y nos habían echado el ojo… Pero, a poco más de un año de comenzar nosotros el trabajo fallece, repentinamente, Ramón».

Inseguro por la magnitud de la responsabilidad que en lo adelante asumiría solo, dice que consultaba con mucha insistencia a Cintio sobre sus decisiones respecto a los volúmenes, desde las más determinantes hasta las de la naturaleza intrascendente, hasta que un día el autor de Ese sol del mundo moral lo sentó en la sala de su casa y le pidió, de favor, que dejara de llamarlo: «Tú sabes bien lo que tienes que hacer, es tu responsabilidad, no nuestra. Ahora te toca a ti, y lo único que te pido es que no detengas el proyecto».

Por tanto, dice, hasta hoy no ha hecho más que ser consecuente con su promesa a Cintio. En estos momentos trabaja, de manera simultánea, en los tomos 32, 33 y 34 de la Edición Crítica.

«Excederá los 40 tomos», advierte, porque no se ha limitado a reproducir textos, sino que incorporó índices que trascienden la numeración de las páginas —temáticos, onomásticos, geográficos—, y ha añadido notas que complementa el universo martiano. «No solo datos biográficos de quienes rodearon al Apóstol, sino todo aquello que permita al lector tener una idea más integral de las personas que compartieron su vida con él».

Luego hace una pausa, como midiendo la magnitud que le queda por delante, y suelta: «Espero que la vida me alcance para verlos terminados».

***

El trabajo en el Centro le ha concedido sus dos grandes placeres como historiador: por un lado, palpar archivos de alto valor patrimonial y descubrir en ellos información inédita; y por otro, acaso el más grande, trabajar con los originales de José Martí. Décadas de interacción le han valido la categoría de «intérprete del Apóstol», inaccesible para otros debido a sus trazos muchas veces apresurados e ilegibles.

No obstante, para él basta el más fugaz asidero, los residuos de la caligrafía a lo largo de la cuartilla para que anticipe el sentido de una frase, incluso antes de atisbar siquiera cuáles serán las palabras que contenga. Ha descifrado, a fuerza de paciencia, lo que la tipografía niega a simple vista.

«El único que en este momento la entiende bien soy yo. Él tenía una letra cabrona, y es lógico porque generalmente escribía apresurado y ni siquiera sobre bases firmes. A veces le salían todas las palabras sin espacio, en una línea extensa, se inventaba abreviaturas que yo he podido descifrar por asociación y contexto. Hacía tachaduras y sobrescribía en ellas, sacaba flechas para agregar notas… Leer los originales de Martí se vuelve, por momentos, una locura».

Dicen los que han trabajado con Pedro Pablo que mientras los examina se entrega de un modo tenaz, prolijo, inconmovible, sin levantar por largo rato la vista de los documentos. A cada rato suelta exclamaciones, y sus ayudantes, sin escucharlo bien, le preguntan: «¿Estás hablando solo?», pero él les contesta «No, con José Martí», mientras les comparte la frase que en ese momento le arrancó de su absorta admiración.

También confiesa que le pregunta: «¿Y ahora quién es este tipo? ¿Cómo sabías que iba a zarpar a Cuba y te podía ayudar?», por ejemplo, como dice que interrogó al hallar en su epistolario la alusión a un comerciante guantanamero a quien, antes de salir de la Florida, intenta convencer de incluir armas en sus barcos de mercancía.

«Yo tengo a todos mis colegas de Guantánamo movilizados en la búsqueda de información sobre ese tipo y no lo encuentran. Porque eso es algo que tenemos a favor: entre los historiadores nos ayudamos mucho. Claro que siempre aparecen algunos con el ego exacerbado por el ambiente intelectual que se creen dueños de un periodo, o de una figura, y creen que no se puede abordar si no se cuenta con ellos, pero realmente es una minoría».

A nivel internacional, su red se expande por Europa, América Latina y Estados Unidos; en este último tiene tres colaboradores que le facilitan el acceso incluso a los archivos del Congreso.

Se considera exhaustivo, meticuloso en sus investigaciones, porque «historiador que especula no se respeta. La regla de oro de la profesión es que tiene que sostener con pruebas lo que dice, de lo contrario, lo que dice es mierda».

Así de enfático y descarnado alude también a los asuntos de la historia nacional. Evita, a toda costa, esa solemnidad impostada que convierte a tantos historiadores en guardianes de pedestales imaginarios. No momifica las figuras del pasado ni las encasilla en el tedio de un relato despersonalizado. Al contrario, las despoja de toda sensiblería, del velo esotérico que las vuelve leyendas intocables, seres de cartón, tan irreales como maniquíes.

Cuando habla de ellos —y lo hace con una memoria infalible, con un ánimo cargado de análisis más emocionales que académicos, más lógicos que épicos—, lo que emerge es un ser de carne y hueso. Alguien con cualidades y defectos, con sus enjuiciamientos certeros o errados, y esos prejuicios que, como a todos, lleva sin saber que los lleva.

Por eso le molesta tanto escuchar versiones trilladas como las que asocian la muerte de Martí a un impulso o exceso de confianza innecesario. «Yo le digo a la persona que no lo repita, pues realmente ignora la multitud de factores en juego. Imagina que apenas llega a Cuba, Martí se encuentra con las tropas de Bartolomé Masó, que, hablando en plata, estaba compuesta, como la mayoría de las tropas, por guajiros santiagueros, bayameses, guantanameros, gente temeraria que se tiraban con los machetes arriba de los españoles.

«Entonces, nuestro Apóstol termina un discurso y todos le aplauden, le siguen, y de pronto suenan los disparos de un cuerpo español y Gómez ordena hacer frente. No es muy difícil ponerse en su lugar y preguntarse “¿cómo coño me voy a quedar aquí atrás cuando los que me aplauden o me llaman Presidente salen a darle el pecho a la situación?”.

«Si no lo hacía, lo primero que iban a decir es “este tipo se apendejó”, porque esa sería la conclusión de unos mambises que no pensaban dos veces lanzarse ante un cuerpo de infantería de un ejército español del 95 al que le zumbaba la berenjena y cuyos militares se armaban con fusiles máuser de 70 disparos por minuto.

«Bueno, lamentablemente murió, pero yo siempre le pregunto a la gente: En su lugar, ¿qué hubieras hecho tú?».

Del mismo modo, a Pedro Pablo le recondena —no pondremos la frase literal que utilizó— cuando muchos dirigentes o figuras públicas no utilizan el legado martiano desde el convencimiento, sino desde el convencionalismo, en defensa expresa de intereses ilegítimos o como sostén de las posturas más denigrantes.

«Hay que ser muy cautelosos en este sentido —alerta— porque el uso indiscriminado de su ideario lo deforma justo cuando más vigencia debe tener frente a la crisis de estos tiempos. Martí sigue siendo una fuerza moral para los cubanos y como tal debemos defenderlo, ciudadanos y dirigentes, desde uno municipal hasta un ministro, porque además de un cargo político tienen una responsabilidad ética con nuestro Héroe Nacional».

El hombre que andaba con ropa raída y zapatos deslustrados, describe; el mismo que no cogió un centavo ni permitió que lo cogieran otros de los fondos del Partido Revolucionario para fines personales, mucho menos para él. El mismo al que, durante una de sus visitas a Cayo Hueso, unos amigos aprovecharon cuando dormía para enviar un sastre que le tomara las medidas, y al día siguiente le entregaron un traje nuevo… pero ese mismo día José Martí vendió el obsequio, ingresó el dinero en las arcas del Partido y siguió con la misma ropa, ya raída, quién sabe por cuánto tiempo más.

***

Hace tiempo que Pedro Pablo no trabaja tanto como quiere, ni desde su casa, donde las horas de electricidad apenas le permiten avanzar, ni desde el Centro, a donde no se ha podido trasladar desde la agudización de la política de asfixia petrolera desatada por el Gobierno de Estados Unidos. Se lamenta, pues los tres tomos que edita se encuentran en fase final de revisión para luego mandarlos a imprenta.

No obstante, aprovecha la luz del día para leer y llenar fichas técnicas que luego pasará a la computadora. Insiste en estudiar incluso como modo de esparcimiento, porque lo que es la televisión, aun cuando no sufre apagones, prefiere apagarla.

En la actualidad también se enfoca en mantener sus secciones en emisoras como CMBF y Radio Reloj, donde sistemáticamente comparte información histórica sobre Martí. Siempre disfruta cuando las personas le detienen en la calle para comentarle algo sobre su alocución, acuciarlo con preguntas, contradecirlo un poco. Por más prisa que tenga, evita desplantes y saca el tiempo que no tiene para dedicar a ese diálogo ocasional, matizado por inevitables y abundantes anécdotas.

«Varios profesores me han dicho que graban mis intervenciones y las utilizan en clases, cosa que me hace feliz, no por una cuestión de vanidad, sino de utilidad, de sentir que ayudo a las personas con lo que hago, con lo que digo, y para qué decirte cómo me pongo cuando me aborda en la acera esa madre para preguntarme dudas de su hijo sobre Martí o para que le comente algunas de sus enseñanzas. Eso te da la medida de cómo se manifiesta hoy el Maestro y lo que representa para los cubanos, aunque muchos no sean conscientes».

Ha conocido casos como el de Kamil, artista de La Habana Vieja que siente la necesidad de pintar al Maestro todos los días, en un lienzo o en un pequeño trozo de papel. «La esposa es médico y ambos son católicos. Ella misma me contó que una vez tuvieron que operarla de urgencia, y antes de entrar al salón de cirugía rezaba bien bajito: “Por favor, Martí, ayúdame”.

«Aunque te parezca sorprendente, en Cuba hay más ejemplos de los que te imaginas», me dice y se levanta del sillón para mostrarme el cuadro de Kamil que colgó en una de las paredes de la sala, todavía inmunes al salitre.

En los próximos meses pretende reparar un poco la casa antes de que el deterioro creciente e inevitable por su cercanía al mar, se vuelva irreversible. Aunque si bien ya han pasado cuatro brigadas de construcción para diagnosticar el problema, ninguna ha intervenido hasta el momento.

«La última fue por mi causa. Entregaron un informe en el que solicitaban un millón de pesos para las reparaciones. Enseguida llamé al ministro de Cultura y le dije que lo descartara. ¿Cómo van a gastar esa cifra en mi casa cuando dos de los mejores teatros de La Habana, el García Lorca y el de Calzada, se están pudriendo por falta de recursos? Al menos a mí se me caería la cara de vergüenza».

La austeridad de Pedro Pablo sobrecoge y le reviste de suma dignidad. Sin saberlo quizá forma parte de la «reserva de la Patria, de esos hombres que no mueren nunca», como diría el Apóstol; esos que libran una lucha tácita para que su ideario tenga definitiva concreción en la vida cotidiana de Cuba.

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