Con un efecto silencioso la migración interna impacta en la fuerza laboral y en el mapa demográfico de nuestro Archipiélago. Autor: Adán Iglesias Publicado: 23/05/2026 | 11:39 pm
A sus 18 años, Ernesto de Jesús Riera Gé sostenía a su bebé de tres meses contra el pecho, mientras se despedía de su esposa y sus padres en la estación de trenes de Santiago de Cuba. Horas más tarde, conocería la Universidad de Ciencias Informáticas, en La Habana, su residencia durante los próximos cinco años.
«Recuerdo la conversación con mi padre cuando valoramos la decisión. Estudiar en la capital me podría abrir puertas a mejores oportunidades profesionales, entre otras, empresas con superiores salarios. Los dos coincidimos en que era una buena opción», dijo a este diario.
Mientras, en otro rincón de la misma ciudad oriental, Ángeles del Rosario Moracén llenaba a escondidas la boleta de solicitud para aspirar a la carrera de Diseño Gráfico. Su madre no supo hasta que se reveló el destino: «La Habana». Con la temeridad de la adolescencia, respondió: «va a ser fácil».
En cambio, Yefri Esquivel decidió, a sus 31 años, que trabajar la tierra no estaba ya en su proyecto de vida. Toda su niñez y adolescencia vio a su abuelo y a su padre hacerlo con dedicación, pero él quería emprender otras oportunidades en la ciudad. Así, se mudó primero del municipio de Minas de Matahambre a la ciudad de Pinar del Río; y, un tiempo después, llegó a la capital.
Sin duda, cada uno de estos movimientos redefinen la migración interna, esa que se expresa con múltiples factores y formas. Con su efecto silencioso impacta en la fuerza laboral y en el mapa demográfico de nuestro Archipiélago.
Aunque gravitan las miradas y preocupaciones sobre la migración hacia otros países, a lo interno, el fenómeno también se reconfigura con una dirección cada vez más definida: del oriente al occidente, del campo a la ciudad, de la periferia a La Habana, teniendo como un factor de peso determina los efectos directos de una política de asfixia económica como el bloqueo estadounidense, que atenta contra nuestro desarrollo.
Así lo confirma el artículo Migración interna en Cuba en el período 2019-2024. Continuidad y cambios, publicado en la revista Novedades en Población, de la autoría de Arelis Rosalen Mora Pérez y Antonio Aja Díaz, investigadora y director del Centro de Estudios Demográficos (Cedem) de la Universidad de La Habana, respectivamente, al efectuar una breve comparación con el trienio 2015-2017.
Detalla que durante el período 2019-2024, este fenómeno mostró fluctuaciones relacionadas con otros factores externos, como la pandemia de COVID-19. «Se observó un cambio en la composición por sexo, con predominio masculino en 2019 y liderazgo de mujeres en los movimientos desde 2020».
El fenómeno en cifras
De acuerdo con los datos del Anuario Demográfico de la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI), en 2024, La Habana se consolidó como el principal destino migratorio interno del país, al recibir el 39,3 por ciento de los inmigrantes nacionales, una tendencia que se ha mantenido y es histórica.
En cifras absolutas, 20 657 personas se trasladaron hacia la capital desde otras provincias, mientras que 3 459 capitalinos decidieron mudarse hacia otros territorios. El resultado es un saldo migratorio interno de 17 198 personas, equivalente a una tasa de 9,7 por cada mil habitantes en zonas urbanas.
Diego Enrique González Galbán, director del Centro de Estudios de Población y Desarrollo de la ONEI, explica que, a pesar de que este crecimiento contribuye a contrarrestar la dinámica poblacional de la capital, los territorios orientales experimentan, sin embargo, pérdidas sostenidas que se incrementan.
Granma, Santiago de Cuba y Holguín son los casos más preocupantes, solo superados por Guantánamo, que registró una tasa negativa de 8,5 personas menos por cada mil habitantes.
Desde allí, viajó Yusleisys Estévez, quien decidió dejar atrás su natal ciudad para asentarse en el municipio de Alquízar, en Artemisa. Su familia se fue de manera escalonada: primero se trasladó su hermana; luego, su madre; y ella quedó sola, a sus 26 años, sintiéndose distante, en todos los sentidos, de sus seres queridos.
Para ella, la migración fue un acto de pertenencia y arraigo emocional. «Nosotras siempre fuimos muy unidas. Cuando se fueron, la distancia me pesaba. Ahora juntas, tengo la compañía de mi familia, el apoyo que necesito para seguir avanzando».
Ciertamente, después de La Habana, las provincias de Matanzas, Mayabeque y la propia Artemisa destacan por el número de inmigrantes, en especial
para áreas rurales de los dos últimos territorios. Este proceder específico se vincula con la movilidad de la fuerza de trabajo agrícola, refiere González Galbán, además de su cercanía a la capital.
En estos comportamientos existe una evidente correlación, afirma. Para que se tenga una idea, en 2024, se asentaron en zonas urbanas, por ejemplo, 45 313 inmigrantes, mientras que 4 286 lo hicieron hacia zonas rurales.
¿Qué los motiva?
Según el artículo Migración interna en Cuba en el período 2019-2024. Continuidad y cambios, cerca de una tercera parte de los movimientos migratorios del país —el 28,9 por ciento— corresponde a personas de entre 15 y 34 años. En Cienfuegos, Las Tunas, Granma, Santiago de Cuba y Guantánamo son mayores los porcentajes de emigrantes jóvenes. Las cifras revelan no solo la pérdida de habitantes, sino que quienes migran son, mayoritariamente, personas en plenitud de su vida laboral y reproductiva.
El peso de las nuevas generaciones en estos procesos «se explica de manera intuitiva por los eventos claves que ocurren en esa etapa, como formar pareja, una familia, ingresar a la universidad o al mercado laboral», refieren los especialistas del Cedem.
Indican, además, que el fenómeno es reflejo de los diferentes contextos socioeconómicos del país: desde la pérdida de atractivo de unos espacios hasta el ligero florecimiento de otros. Las principales causas identificadas en el estudio son «la desigual ubicación geográfica que muestran la actividad productiva, la disponibilidad de los servicios de todo tipo y las condiciones de trabajo y vida de la población».
Por estas razones, Zoila Rosa Cala Sotolongo partió de Pinar del Río todavía muy joven y con dos hijos pequeños. Había trabajado, durante años, en un puerto pesquero de la localidad pinareña de Dimas, pero una repentina reducción de plantilla la obligó a buscar otras opciones, y terminó mudándose a la capital.
Mientras que la estomatóloga artemiseña Aylin Pagés Rodríguez decidió irse a La Habana, en busca de superación profesional. «Fue el lugar donde pude hacer una especialidad porque todos los cursos de ese tipo se realizan allí», explica.
¿Quedarse o volver?
La pregunta gravita en las conversaciones de los pasillos universitarios, en un WhatsApp, en las llamadas telefónicas a la familia, en la sala de una casa. La disyuntiva se convierte en un ejercicio frecuente de equilibrismo, entre aspiraciones profesionales, de negocios, o, sencillamente, de arraigo afectivo.
A punto de graduarse, Ángeles del Rosario ha logrado organizar su vida en La Habana, «desde cero». Decidió establecerse aquí, a pesar de que la gran urbe le cambió la geografía conocida y le impuso un ritmo más dinámico al que no estaba acostumbrada. Sin embargo, cuando se le pregunta dónde estaría su casa, si tuviera que dibujarla, responde sin vacilaciones: «En Santiago».
Ernesto de Jesús, en cambio, impone el realismo al deseo. «Me veo envejeciendo en la capital». Tras seis años de espera, de gestiones y de una paciencia forjada, a fuerza de videollamadas y ausencias, este joven logró traer a su esposa y a sus dos hijas pequeñas a la capital, y ahora tejen juntos nuevas historias.
Los investigadores del Cedem advierten sobre el impacto acumulativo de la migración interna. «La partida de la fuerza laboral más dinámica profundiza el envejecimiento, reduce la capacidad productiva y desdibuja los proyectos de vida en comunidades que llevan décadas viendo partir a sus hijos».
El reto, insisten, no es restringir la movilidad, sino construir condiciones que arraiguen. «La problemática continúa radicando en cómo garantizar el derecho de las personas a cambiar de domicilio en armonía con el desarrollo integral de los territorios, lograr el bienestar individual y colectivo, la satisfacción del interés social y el favorecimiento de los derechos de todos, sobre la base de la potenciación del desarrollo económico y social y un marco jurídico apropiado y acorde a la Constitución de la República».
