Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Rebeldes con causa

Siempre hemos sido un pueblo de rebeldes con causa. Es el ADN constante que refleja la historia de este país, sin más sustento que la verdad y la razón 

Autor:

Raciel Guanche Ledesma

Siempre hemos sido un pueblo de rebeldes con causa. Así ha trascendido desde la estirpe de quienes se resistieron a la llegada del dominio español, de los que pusieron a arder su ciudad con tal de no verla sometida, o de los que iniciaron el largo y difícil trayecto de la independencia en las huestes de un ingenio oriental hasta consumarla —casi un siglo después— con un pueblo alzado en armas.  

Es el ADN constante que refleja la historia de este país, sin más sustento que la verdad y la razón. Por eso, hay acumulado en vena principios, hechos y nombres que forman —como un todo— el carácter resistente de pedigrí. 

Peldaño tras peldaño, y no exentos de traspiés, se ha escalado empinados macizos a pura rebeldía y coraje. Lo de irreverentes por naturaleza le viene al cubano en la sangre, sin edulcoramientos ni amuletos, pero también sin temores infecundos.

Nace porque nuestra piel mestiza como «ajiaco» no entiende de dominios. Se subleva contra el odio con la misma fuerza con que resiste la envestida del tiempo; acaso por la indefectible necesidad de conservar lo más preciado entre lo preciado: su soberanía.

Me atrevo a decir que nunca la Patria y sus hijos han vivido completamente tranquilos. ¿Los motivos? Están palpables en los anaqueles de la historia. Siempre ha existido un imperio al acecho, una guerra directa o silenciosa y planes de cuarta generación para inocular la guinda del pastel que tanto pregonan desde confortables ranchos y butacas a 90 millas de la Isla: nuestra fractura definitiva.

Defender la razón a existir que nos asiste por antonomasia jamás había costado tan caro para otro país; en primer lugar, porque ninguna nación «irreverente» a los designios yankis le ha tocado enfrentarlo a estrecho margen de distancia.

Cuba siguió germinando después de Girón, de la Crisis de Octubre, de la Operación Mangosta, de sucesivos atentados con el sello cínico de la CIA; se mantuvo firme luego del derrumbe del campo socialista, del bloqueo blindado a mediados de la década del 90 por la administración Clinton y de las amenazas más insospechadas que conocemos.

Por eso, la solución estadounidense para una Isla que le estorba cual piedra en el zapato, según han reconocido ellos mismos, pasa por reconfigurar los métodos de subversión. Persiguen, a fin de cuentas, una guerra más depurada e insidiosa en el orden de los sentidos y la percepción de nuestra gente.

Los métodos varían con el paso de los años, se perfeccionan en modernos laboratorios de precisión, allí donde las revoluciones de colores se convirtieron desde hace décadas en la mayor y más grande apuesta para alcanzar —en nombre de la democracia— los cambios de régimen.

En esa estratagema de inoculación y asedio han apostado en los últimos tiempos por mutar nuestra rebeldía, la que nos viene innata. Sí, mutarla para cambiar la dirección simbólica del carácter, haciendo creer que el agredido es en realidad el máximo culpable de las desgracias que suceden.

Fue la táctica que utilizaron y acariciaron con sueños húmedos antes y después del 11 de julio de 2021. Mientras nos negaban hasta el oxígeno para salvar vidas en el momento más agudo de la pandemia de COVID-19, la apuesta del Gobierno estadounidense fue, como ahora, extremadamente sucia: reforzaron el aislamiento, asesinaron reputación y abrieron un maremágnum de desinformación a la que se sumaron todo tipo de influencers —algunos, incluso, ni sabían ubicar en el mapamundi a esta Isla—.  

Así funcionan los «ejércitos» digitales made in USA, a los que le inyectan tantos millones como a la propia industria militar estadounidense. Y es que ambos se interrelacionan de forma muy estrecha, porque el primero le facilita el trabajo sucio al otro.

El bombardeo digital allana el camino del fuego a quemarropa, de los misiles directos y de marines en tierra. No lo digo yo; está descrito al detalle en sus manuales de guerra no convencional.

Con Cuba poco importa quién esté sentado en la butaca presidencial en Washington; al final siguen esa línea: mienten, tergiversan y azuzan al ritmo del cinismo, utilizando por medio los canales de una jugosa mafia al sur de la Florida que tiene su razón de ser en el negocio anticubano, al que sabemos que le sobran tajadas lucrativas.

Cada año ponen millones como esperanza en el plan de deconstruir el carácter simbólico de la Revolución, llegando al extremo más inmoral este 2026, mientras aplican un cerco petrolero y dos órdenes ejecutivas sin precedentes.   

***

No perdamos de vista que los grandes sacrificios siempre han estado matizados por colosales ideas. El paradigma de Cuba sobrepasa los límites de una nación. No se trata de petróleo, uranio ni oro; nada material nos define ante los ojos del mundo. Eso nos queda claro. De lo que hablamos es de valores arraigados en nuestra gente, de resistencia contra la sumisión. Se trata, a fin de cuentas, del ejemplo que da este pueblo a la humanidad. 

Incluso, cuando sabemos que la Revolución no es un lienzo pintado al detalle y perfecto en medio del Caribe, que tiene manchas como mismo el Sol, existe un legado que respetan y reconocen hasta sus detractores.

Siempre será legítimo disentir; y necesario, por qué no; pero también es genuino subsistir y no quebrarse cuando los principios y la historia están de tu lado.

Quien se deja someter nadie lo recordará mañana, a no ser por sus dotes de reverencias y entreguismos. Lo dijo el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz: «Sobreviven los valientes, sobreviven los que resisten, sobreviven los que luchan».

Es lo que no nos perdonan a la luz de 67 años, y por lo que han buscado acelerar el proceso de «crucifixión» de nuestra soberanía. Hace un lustro vieron la oportunidad perfecta para darle el tiro de gracia a la Revolución, o al menos eso pensaron, pero terminaron sin calcular a fondo las reservas morales de este pueblo.

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Hoy las condiciones que nos impone una administración estadounidense con firmes raíces anticubanas son, pasados cinco años, más duras que el 11 de julio de 2021. Se trata de un momento particularmente crucial para Cuba, donde está en juego el proyecto social, martiano y fidelista que tardó casi un siglo en edificarse. 

Lo afirman de forma descarada: apuestan en estas horas al estallido social; ese que, en su concepción de guerra de cuarta generación, le abriría las puertas de una intervención, ya sea la mal llamada «humanitaria» o la que han ensayado en tantas otras naciones a base de bombazos.

Pero aun en sus fríos y cínicos cálculos, la impotencia los corroe. No han logrado lo que tanto añoran, pese a que el magnate de turno en la Casa Blanca nos daba unos días para que nos «desmerengáramos» luego de los sucesos del 3 de enero; donde, por cierto, conoció de cerca la valía de los hijos de esta Isla, más allá de la voz de cierto asesor que le tergiversa a diario al oído sobre Cuba. 

Duros han sido estos meses… En menos de cinco días hemos tenido dos caídas del Sistema Electroenergético Nacional (SEN), provocado directamente por el bloqueo petrolero yanki. Por cada noche de sudor y dificultad, los cubanos —que no merecemos la asfixia, como tampoco ningún otro pueblo— hacemos malabares para sobrevivir, para continuar, para salir adelante.

No entenderán por qué, mientras magnifican el caos en los mundos digitales, nunca para ayudar o pedir un alivio a los verdaderos responsables de un genocidio que consuman en tiempo real, en esta orilla se afinca esa cualidad que viene de la cuna: el antimperialismo.

Cuando se le apunta al corazón de la nación de forma déspota, le nace a esta Isla su estirpe innata. Somos un pueblo rebelde, y lo saben; pero de causas justas y encumbradas: con la Patria, ante todo.

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