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Raúl: Guerrillero incansable

Para el mundo, es el General de Ejército: uniforme militar, discurso preciso, rigor y firmeza, que impresionan. Para su pueblo es, sencillamente Raúl, el cubano, el patriota que, con vehemencia y convicción, nos inculcó que la Patria se defiende como una familia

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

«Me enseñó que se puede amar a la Revolución sin abandonar a la familia, y amar a la familia sin abandonar a la Revolución», contó desde su escaño de diputada, su hija Mariela Castro Espín, en una ocasión. Y aquella premisa, máxima del hogar que construyó, junto a la Heroína de la Sierra y el Llano, Vilma Espín, delata al hombre que desborda humanismo y profunda sensibilidad ante los problemas de los demás.

Ese es Raúl Modesto Castro Ruz, el cuarto de los siete hijos de Ángel y Lina, el más pequeño de los varones, nacido el 3 de junio de 1931. Los que le conocen lo definen como un hombre que combate, exige, cumple promesas, pero también amigo de sus amigos y de afectos eternos.

Y en esa ternura para mirar la vida, van también las lecciones aprendidas al abrigo del amor de sus padres, sus hermanos, entre travesuras y correrías en Birán.

En tiempos en que la saña imperial, transformada en burdas campañas de manipulación mediática, intenta manchar su huella, las redes se inundan de mensajes que le retratan como el ser humano tierno que no impone con gritos ni gestos altisonantes, que lleva sobre sus hombros el peso de cada tarea incumplida como si fuera una deuda personal y exige, sí, pero lo hace desde el cariño y la coherencia.

Cuando alguien llegaba tarde a una reunión, han contado quienes tuvieron el privilegio de acompañarle en tareas y responsabilidades, miraba el reloj desde la certeza de que la puntualidad es respeto y aunque su voz se endureciera al recordar el horario, al segundo siguiente, preguntaba si el otro había comido, si dormía bien, si necesitaba alguna ayuda.

Se habla del jefe de detalles, atento a cada fecha significativa, a los cumpleaños de sus subordinados. Recto, pero protector, capaz de detener una reunión al notar que su secretaria estaba enferma y luego llevarla personalmente al médico. El dirigente que ordenaba su escritorio tres veces al día, pero permitía que su hija dibujara con tiza en el patio y guardaba cartas de amor atadas con cinta; el que ha sabido llorar ante la caída o el fallecimiento de un compañero.

El dirigente que, ante un fallo colectivo, en lugar de reprochar o condenar, asumía su responsabilidad, sugería a los implicados: revisemos juntos qué pasó y advertía paternal a los jóvenes: Lo humano no es acertar siempre, sino levantarse a reparar.

Hermano leal

Para los cubanos, Raúl es por siempre el hermano leal de Fidel, al que consideraba su héroe y el que siguió a todas partes desde la niñez, haciendo realidad la profecía de su madre: «Ese sí que nunca traicionará a su hermano». La gran identificación de pensamiento entre ellos marcaría la vida de ambos.

Tal vez, al verlo llegar a la Granjita Siboney, de cara a la hora de la verdad, en aquella madrugada de definiciones y preparativos del 26 de julio de 1953, Fidel Castro Ruz sumó otra preocupación. ¿Cómo explicarles a sus padres si algo le sucedía por su culpa? Era su hermano menor, de solo 22 años, el mismo que le hacía maldades en Birán y se portaba mal en el colegio de Belén.

Había arribado a Santiago unas horas antes, en tren y en compañía de su amigo José Luis Tassende, «con el estómago paralizado por la emoción, y viviendo los minutos más largos de su vida…», al conocer los detalles de la acción, como él mismo contaría años después.

De aquel encuentro entre los dos hermanos no se sabe mucho; sí, que solo con la mediación de Tassende, el joven Raúl Castro consiguió que Fidel le permitiera ir al Moncada, y que fue enviado al grupo dirigido por Lester Rodríguez, quien, desde la azotea del Palacio de Justicia, debía apoyar el asalto al Moncada.

Recoge la historia que fue el primero en bajar del carro entre los seis soldados de la pequeña escuadra. En la misma entrada del Palacio le quitó la pistola a un cabo, derribó de una patada una puerta, desarmó y encerró a otros soldados sorprendidos por su acción.

Ya en la azotea, abrió a tiros la puerta de acceso y, por iniciativa propia, decidió cubrir la retirada del grupo. Baja solo en el ascensor, y al llegar al primer piso encuentra que guardias armados tienen encañonados a sus compañeros; sin pensarlo dos veces, le arrebata el arma al jefe militar, y entre todos neutralizan a los soldados. Así, a golpe de coraje el imberbe soldado mostró su verdadero potencial.

En el juicio de la Causa 37 por los hechos, ante la pregunta de un fiscal sobre si su hermano lo había embullado a participar en la acción, respondió con la misma vehemencia de aquel amanecer en el Palacio de Justicia: «Si hubiera sido porque mi hermano Fidel me embullara, no hubiera venido, porque nunca lo hizo. Yo vine a Santiago por resolución propia…».

Aquella convicción sería certeza y compromiso, siempre junto al hermano, durante los años de reclusión en el Presidio Modelo; en México y el desembarco del Granma, en las horas aciagas de Alegría de Pio, en jornadas de optimismo y esperanza como la de Cinco Palmas; en los días de coraje y guerrilla en la Sierra; tras las nuevas responsabilidades en la fundación del II Frente Oriental Frank País, la proclamación del triunfo del Primero de Enero, las más de seis décadas de luchas en y por la Revolución, siempre juntos.

El propio Fidel caracterizaría su relación. «Raúl es mi hermano doblemente: hermano en toda esa lucha y hermano en las ideas. (…) no ocupa un cargo en esta Revolución porque sea mi hermano de sangre, sino porque es mi hermano de ideas y se ha ganado ese lugar con su sacrificio, con su valentía, con su capacidad».

Vivir para la Revolución

A punto de cumplir 95 años, Raúl Castro Ruz sigue siendo ese muchacho impetuoso, que aún se mantiene en pie de lucha por su Patria, fiel al legado de su hermano de la vida y el combate, al que protegió con el pecho y con las ideas, hasta el último de sus días.

Más allá del Líder, el organizador, el estadista, el militar, el político, está la huella de coraje y modestia del patriota que ha vivido para la Revolución, cuya bondad y optimismo son hoy la mayor inspiración de los nuevos.

Hasta el presente nos llegan también las lecciones del revolucionario verdadero, del hombre bromista e incansable que nos enseñó en el momento más difícil que «sí se puede» y siempre se podrá, cuyo ejemplo es sostén de nuestro coraje y resistencia, también por sus lecciones de humanismo y sensibilidad.

El propio Fidel lo definió. «Raúl es (...) un individuo muy diferente de ese que ha querido pintar la propaganda enemiga. Todo el que llega a conocerlo se da cuenta de su humanismo, de su gran calidad y de sus sentimientos; se sorprenden de un Raúl que le han pintado belicoso, agresivo, duro, cuando ven los sentimientos de amistad, de cariño y afecto que es capaz de tener por la gente».

Tales trazos vistieron la huella del joven que, con apenas 28 años de edad, ya ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, defendía la utilidad de la superación y el conocimiento ante sus tropas. «Y un rebelde (...) que no sepa leer, que no se preocupe por aprender —que cada vez quiera aprender más, incluso, hasta estudiar una carrera profesional— es como un rifle sin parque (…)», diría en diciembre de 1959 en la entrega de diplomas a integrantes del Ejército Rebelde alfabetizados.

Ese es el hombre que nunca abandonó la promesa que le hizo a José Luis Tassende, su amigo del Moncada, de cuidar a su hija; el mismo al que los niños integrantes de La Colmenita describen como el abuelo tierno, que sonríe, pregunta y aconseja desde una caricia, el que ha pedido a su pueblo defender la unidad como la niña de nuestros ojos, porque es nuestra garantía de resistir y vencer.

El mismo General de Ejército que conoce y honra el valor de los sentimientos en cada obra humana, pues como diría, «(...) sin amor por la tarea que se cumple, por la responsabi­lidad que se ejerce, no hay resultados».

Esas lecciones de amor y fe, en la Patria, en la Revolución, en los humildes, son parte del legado que hasta hoy nos preserva para el futuro el General de Ejército Raúl Castro Ruz, un cubano que ha luchado durante toda su vida y continúa con el pie en el estribo, con la autoridad moral del líder que combate y del padre tierno que crea y guía con éxito.

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