Vestido de guerrillero y con la mirada al Sur quedó inmortalizado el Comandante Ernesto Che Guevara en el complejo escultórico en Santa Clara. Autor: Ismael Francisco Publicado: 07/10/2026 | 08:27 pm
Santa Clara, Villa Clara —. Al Che no lo mataron, lo hicieron inmortal; le alzaron la voz cuando pretendían callarlo; enterraron el cuerpo de un hombre, mientras convertían al guerrero en mito, leyenda y motivo de adoración. Lo consagraron como héroe, no de la estirpe homérica, sino latinoamericano, mestizo, descolonizador, revolucionario, antimperialista, universal…
«No porque hayas caído tu luz es menos alta (…) No por callado eres silencio», leyó Nicolás Guillén, nuestro Poeta Nacional, frente a la multitud que asistió a la velada solemne en su honor, el 18 de octubre de 1967, en la Plaza de la Revolución.
Y el periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano, quien lo descubrió guerrillero, estadista brillante, economista, sombrío profeta, intelectual refinado, ciudadano de América, dueño de «esta peligrosa costumbre de seguir naciendo», afirmó que «el Che, vencido, derrota al olvido cada día».
Tal como dijo Galeano, uno de los rasgos que lo hicieron extraordinario fue su valentía para decir lo que pensaba y hacer lo que decía; hablando y actuando con autenticidad, «sin patria, pero sin amo», como escribió José Martí.
Entonces, renace cada año, en el mar de pañoletas y saludos pioneriles; impulsando a la vanguardia juvenil; compartiendo jornadas de trabajo junto a obreros, técnicos y profesionales; convocando a la innovación y la ciencia; preservando la independencia y consolidando la soberanía en todos los frentes; haciendo Revolución.
Y esa universalidad, guerrillera y heroica, irradia de manera especial a una ciudad en el centro de Cuba.
Che libertador
«Cuando la situación era más tensa, cuando ya solamente el imperio del insulto, de ruegos, de exabruptos de todo tipo, podía hacer caminar a la gente exhausta, una sola visión en lontananza animó sus rostros e infundió nuevo espíritu en la guerrilla. Esa visión fue una mancha azul hacia el Occidente, la mancha azul del macizo montañoso de Las Villas, visto por primera vez por nuestros hombres».
Así describió el Comandante Ernesto Guevara la llegada al Escambray de la columna invasora No. 8 Ciro Redondo, que había partido el último día de agosto de 1958 desde la Sierra Maestra y sostenido una marcha azarosa de 45 días hasta el centro del país.
Desde mediados de octubre hasta diciembre, el líder rebelde trabajó intensamente en favor de la unidad revolucionaria, estableció un frente común con las fuerzas que ya combatían en esta región, liberó poblados, ocupó armas al enemigo y continuó el corte de las comunicaciones para dificultar la reacción del aparato militar de la tiranía. La toma de la ciudad de Santa Clara se presentaba como una batalla decisiva, y lo que planeó cuidadosamente para un mes lo consiguió en apenas cinco días.
La Universidad Central de Las Villas (donde estableció la primera comandancia), el Escuadrón 31 de la Guardia Rural, el Cuartel de los Caballitos, la Estación de Policía, la Audiencia y la Cárcel Provincial, la Loma de Capiro, el tren blindado, el edificio de Obras Públicas (segunda comandancia), el Gobierno Provincial, el Gran Hotel y el Regimiento Leoncio Vidal, fueron escenarios de la hazaña militar comandada por «un maestro de la guerra», «un artista de la lucha guerrillera» —como lo calificó Fidel—, en la que unos 360 guerrilleros se impusieron ante un ejército de más de 3 000 efectivos bien posicionados y entrenados, superiores en armas y pertrechos, y con apoyo de la aviación.
Los pobladores lo vieron todo el tiempo en la calle como un vecino más en una urbe que se sabía de memoria aunque jamás la había visitado, pactando la rendición del adversario como un caballero, dolido ante la pérdida de vidas valiosas como la del Vaquerito y optimista ante el triunfo, abrazando una causa mayor.
En la sociedad prometida
Exactamente un año después, el 28 de diciembre de 1959, la Universidad Central volvió a recibirlo para otorgarle el grado de Doctor Honoris Causa en Pedagogía, y el auditorio fue testigo directo de su modestia cuando solo aceptó el título como homenaje al ejército del pueblo, nunca como reconocimiento individual, y en lugar de vestir la toga continuó con su uniforme verde olivo.
Bien conocida es la petición que realizó a la casa de altos estudios: «que se pinte de negro, que se pinte de mulato, no solo entre los alumnos, sino también entre los profesores; que se pinte de obrero y de campesino, que se pinte de pueblo, porque la Universidad no es el patrimonio de nadie y pertenece al pueblo de Cuba».
En años posteriores también dejó aquí su huella, inaugurando fábricas como la Industria Nacional Productora de Utensilios Domésticos (Inpud) Primero de Mayo, o la Empresa Fabric Aguilar Noriega (Planta Mecánica), y perpetuó su ejemplo entre los trabajadores que lo conocieron.
Sitio para homenajes y compromisos
Uno de los lugares que más ha dotado de relevancia nacional e internacional a la capital villaclareña es el complejo escultórico Ernesto Guevara, inaugurado el 28 de diciembre de 1988. En su diseño original estaba compuesto por una plaza de más de 17 550 metros cuadrados para actos políticos y culturales, una tribuna con capacidad para 900 personas, un mural a relieve que recrea distintas etapas de la lucha guerrillera y, sobre un pedestal de 16 metros, la escultura del Che con uniforme verde olivo, boina y fusil, el brazo en cabestrillo y la mirada orientada al Sur, realizada por el artista de la plástica José Ramón de Lázaro Bencomo (Delarra).
Quienes vivieron las jornadas del 14 al 17 de octubre de 1997 recuerdan la ciudad cubierta de luto y silencio durante la entrada de la caravana que trajo los restos mortales del Guerrillero Heroico y su Destacamento de Refuerzo, y el posterior tributo que les rindieron los santaclareños.
Para el descanso de los combatientes se erigió en el complejo un memorial, cuyos nichos están ubicados en un entorno que semeja la selva boliviana en la que libraron sus últimas batallas, e iluminados por la llama eterna que encendió el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.
«¿Cómo podría caber bajo una lápida? ¿Cómo podría caber en esta plaza? ¿Cómo podría caber únicamente en nuestra querida, pero pequeña Isla? Solo en el mundo con el cual soñó, para el cual vivió y por el cual luchó hay espacio suficiente para él(…). Che está librando y ganando más batallas que nunca», dijo Fidel durante la ceremonia de inhumación de los restos, 30 años después del asesinato en La Higuera.
En el propio sitio, un museo cuenta, mediante fotos, documentos y objetos personales, desde los primeros años del pequeño Ernesto hasta la consagración del luchador internacionalista de inspiración quijotesca. Y el 8 de octubre de 2009 quedó inaugurado el Mausoleo Frente Las Villas, lugar de reposo definitivo para los combatientes que lucharon bajo su mando y contribuyeron a la liberación de la región central de Cuba durante la última etapa de la lucha revolucionaria.
Especial significación encerró la noche del 30 de noviembre de 2016, cuando pernoctó en Santa Clara la caravana que trasladaba las cenizas del líder histórico de la Revolución hacia el cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, y se produjo un reencuentro simbólico entre los dos comandantes.
Y fue Enrique Núñez Rodríguez quien reprodujo en versos el espíritu incansable del Guerrillero de América, que no querría permanecer en un terreno apacible, sino en «un lugar para el combate / por la causa del pueblo, / una trinchera, más bien un campamento, / un sitio de batalla / donde no habrá reposo / ni en paz descanse / para el Guerrillero»; un sitio al que llevar «resultados / surcos de fuego, / cañas cortadas, / fábricas que se abren, / aulas colmadas, / trabajos voluntarios, / semillas que germinan / sonrisas y alboradas, / poemas y canciones / y patrias liberadas».
