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¿Qué hago, Venecia, sin ti?

El Festival de Venecia muestra el mayor gesto de complacencia con la cinematografía estadounidense, pues concede lauros a la mejor película, director y actor

Autor:

Rufo Caballero

 Acompañado por su amada Angelina Jolie llegó Brad Pitt hasta Valencia seguramente sin imaginar (al igual que los críticos) que sería galardonado como mejor Actor. Quizá el taiwanés Ang Lee vuelva a sorprendernos con su Lujuria, Precaucíon como lo hizo con su magnífica Brokeback Mountain tambíen ganadora en Venecia Hace dos años.  Brian De Palma, seguido por muchos cinéfilo por películas como el fantasma del paraíso, muestra  el León de Plata alcanzado como mejor Director por Redacted.

A los 81 años de nuestroJulio García Espinosa

Ya hoy el proyecto de la mundialización se puede tocar, ciertamente; ya no está solo en la mente de unos ejecutivos hegemónicos que juegan a democratizar su poder. Pero la mundialización es también un vapor, un vapor que lo recorre y lo atraviesa todo. Unas horas atrás, Bush masticaba una agradecida hamburguesa, mientras paseaba en góndola.

El palmarés de la Muestra de Venecia ha consumado uno de los gestos de complacencia para con el cine gringo más sonados de los últimos tiempos. Cuesta creer que hasta los grandes festivales otrora dedicados al cine de autor y al apoyo de las cinematografías nacionales se enorgullezcan de sus frecuentes guiños a la escena gringa. Siempre fue de buen tono, incluso en esos predios, conceder un premio al cine de Hollywood, o alrededores, tal vez por aquello de no responder a la exclusión con la misma moneda. Digamos, entre un director finlandés, una película australiana, un fotógrafo inglés y una actriz francesa, entregar el premio al mejor actor a un intérprete estadounidense no precisamente agraciado por la Academia (tipo Sean Penn) era un detalle de buen tono, de buen gusto incluso, que conciliaba a tirios y troyanos.

Pero lo que viene sucediendo en los últimos años pasa de castaño claro. En la edición de Venecia que acaba de concluir, la mejor película es de producción gringa, el mejor director es un célebre autor entre la constelación gringa, el mejor actor es una incierta estrella gringa, la mejor actriz y el director de la mejor película son australiana y taiwanés, pero figuras asentadas hace varios años en el firmamento hollywoodense. Aunque no faltaron preseas a la participación latina, se entregó un León especial a la obra del singular Nikita Mijalkov, y se otorgó un curioso León gay, ¿de qué otro color es el caballo blanco de Venecia?

Si bien Ang Lee ha rubricado impersonales películas como Sense and Sensibility, tiene en su haber esa maravilla de cine, de ética y de humanidad que es Brokeback Mountain. La audacia de Lee para tratar el universo emocional y sexual, así como su creciente destreza con el lenguaje cinematográfico, quedan fuera de la menor duda. Resulta fácil suponer, entonces, que su Se, Jie (Lujuria, precaución), la ganadora en Venecia, no debe ser precisamente una mala película. En cuanto a Brian de Palma, uno de los adelantados del pastiche y el discurso intertextual intencionado en el cine estadounidense, ojalá haya resuelto en la oportuna Redacted el ovillo narrativo y la torpeza dramática de su anterior La dalia negra, donde parecía más un principiante que un maestro, todo sea dicho.

En estas mismas páginas hemos halagado a Cate Blanchett, una actriz fuera de liga, por la profundidad, la sensualidad, la reciedumbre dramática y la ductilidad de la australiana. I’m not there no debe ser una excepción. Claro, Brad Pitt es otra cosa. En Babel, demostró que podía actuar más allá del histrionismo desbordado y falso de aquellos Twelve Monkeys fáciles de olvidar. Sobre todo en la escena ante el teléfono, cuando llama a su hijo, la consistencia emocional de Pitt hace olvidar decenas de frivolidades, caritas de rubio lindo y externidades que enternecen no solo a las quinceañeras. Todo parece indicar que cuando Brad quiere, Brad puede. El caso es que, parece, suele querer muy de vez en vez. Los minutos de Babel son nada al lado de una carrera caracterizada mayormente por el empeño comercial. El premio de Venecia a Pitt por The assassination of Jessy James by the coward Robert Ford, de Andrew Dominik, llega además a escasos meses de otro lauro controversial regalado nada menos que a Ben Affleck, quien estaba bastante anodino e inexpresivo en Hollywoodland, mientras San Sebastián, a celebrarse en solo días, reserva uno de sus premios Donostia nada menos que a Richard Gere.

No debe defraudar la camaleónica Cate Blanchett , quien siempre nos deja con la boca abierta por su probado histronismo. En I’ m not there interpreta al notable BOb Dylan. Analizados por separado, cada uno de estos personajes cuenta con suficientes o algunos méritos, pero todos, juntos, tocan, sospechosamente, a rebato. La prensa internacional se ha disparado en especulaciones sobre la «mera coincidencia» de que Alejandro González Iñárritu, en el jurado, haya premiado a sus dos estrellas mimadas en Babel, Pitt y Blanchett, o que haya votado por el exigente fotógrafo mexicano Rodrigo Prieto, asiduo de sus propios filmes, mientras el presidente del jurado, Zhang Yimou, consentía la película favorecida, cuya temática central se aproximaba de nuevo a la más dramática historia china.

Ahora, más allá de las razones que pudo tener esta o aquella figura para potenciar este o aquel filme (a fin de cuentas, campo infértil el de la especulación, donde nada es verificable), lo que sí llama poderosamente la atención se relaciona con las concesiones que muestran en los años más recientes los festivales y eventos internacionales comprometidos con el cine aventurado, de sólidos perfiles culturales. Salvo quizá Cannes, el certamen que conserva mayor rigor y declara a pleno pulmón su interés por la autoría y la defensa de cinematografías nacionales segregadas por la corriente principal, año tras año hemos venido presenciando la apertura de estos concursos hacia expresiones más comerciales o espectaculares, o hacia productos y estrellas muy valiosos pero que ya cuentan con suficiente promoción y culto en la alfombra roja de la pasarela hollywoodense.

Y conste que no clamo por la pose de la alternatividad sostenida a cualquier precio, ni por esas complicadas reparticiones de premios políticos donde a cada región o exponente le toca lo suyo por decreto. Pero no ceso de preguntarme qué sentido tiene enfatizar aquello que ya dispone del oropel, infundado o no: ¿demostrar que las estrellas son también actores?, ¿que en el cine norteamericano no se ha perdido la autoría? El plan-redención-de-grandes-estrellas hace un tema que le fascina a Hollywood. En los últimos años hemos vivido flamantes redenciones públicas de las carreras de Mel Gibson, Kevin Costner, Julia Roberts, Kim Basinger, et. al. Los europeos han intentado emancipar, a su cualificado modo, a Affleck y a Pitt. ¿A quién le corresponde el año próximo? ¿A Matt Damon? Nada tengo contra las estrellas, pero, entretanto, hay mucho talento desconocido, o mucho intérprete en la sombra, que aguarda por la oportunidad de un certamen como estos para colocar su trabajo.

¿Qué sucederá si los espacios usualmente dedicados a la exaltación de la diferencia se hacen sin más al río de lo presumible? ¿Qué puede ocurrir si el cine gringo, a más de dominar el ochenta por ciento de las pantallas del mundo, ocupa también los sitios de reconocimiento profesional que antes le presentaban opciones y estéticas de disenso?

Un mundo sin diversidad es un mundo sin oxígeno. Mundialización y uniformidad son riesgos demasiado altos para el mundo, en un momento en que se acrecienta la distancia económica entre los pueblos, y el afán beligerante de la hegemonía se escuda en la defensa de la libertad para garantizar la proporción del dólar. Ojalá la mundialización pretendiera una equiparación mínima de esas distancias o del acceso de la gente al capital cultural. Pero la práctica nos va diciendo que la mundialización equivale a la extensión del poderoso y al empobrecimiento galopante del periférico.

En los cines habaneros acaba de estrenarse un filme de Bahman Ghobadi, Las tortugas también vuelan (Concha de Oro en San Sebastián, por cierto), la historia desesperada de un grupo de niños kurdos, en la frontera entre Irán y Turquía, que buscan una antena parabólica para orientarse con las noticias, y saber del inminente ataque de Estados Unidos a Iraq. La guerra los sorprende en la faena, por supuesto. Cuando, en la película, una de esos niños ahoga a su propio hijo, otro niño, que había nacido a consecuencia de una violación, el espectador se pregunta perplejo: ¿Qué mundo es este? ¿Qué clase de mundo es este, donde una niña, apenas una adolescente, ahoga a su hijo porque lo odia, porque no puede contener la rabia de la vejación, porque la culpa y la sed de venganza no la dejan vivir? ¿Qué clase de mundo?

Sé que no hay que ser excluyente. Sé que en ese mismo mundo espeluznante ha de vivir, y de ser incluso importante, el glamour, como otra experiencia humana posible y hasta necesaria. Lo sé. Pero me van a perdonar si a veces yo paso de él, y si echo de menos esos tiempos en que los Kaurismaki, los Theo Angelopoulos, los Kiarostami, señoreaban en los grandes festivales y nos recordaban que, además de redondo, el mundo es profundo, es intenso, es plural, y fulgura más que sus llameantes estrellas.

Quizá el taiwanés Ang Lee vuelva a sorprendernos con su Lujuria, precaución, como lo hizo con su magnífica Brokeback Mountain también ganadora en Venecia hace dos años.

Acompañado por su amada Angelina Jolie llegó Brad Pitt hasta Venecia seguramente sin imaginar (al igual que los críticos) que sería galardonado como Mejor Actor.

Brian De Palma, seguido por muchos cinéfilos por películas como El fantasma del paraíso, Scarface y Los intocables, muestra el León de Plata alcanzado como Mejor Director por Redacted.

No debe defraudar la camaleónica Cate Blanchett, quien siempre nos deja con la boca abierta por su probado histrionismo. En I’m not there interpreta al notable Bob Dylan.

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