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Expiación: un filme que engaña

No es que la propuesta del realizador británico Joe Wright sea una mala película, pero le faltó ambición

Autor:

Randol Peresalas

Hace unos días, en este diario un colega hablaba, a propósito de una película mexicana que compite en el Festival, del riesgo que supone para la congruencia todo exceso de estilo. Si bien lo hacía refiriéndose a un autor con caligrafía propia, reconocible, su agudeza puede servir de punto de partida para tratar al más reciente largometraje del realizador británico Joe Wright (Orgullo y prejuicio), al que buena parte de nuestro público le ha prodigado no pocas congratulaciones.

Cartel de la película de Joe Wright. Expiación es de esas cintas que engañan. Con una historia ubicada en la Inglaterra de los años 30, la película arranca con una excelente pormenorización del puritanismo victoriano en el seno de una familia de clase alta, donde se entrevé continuamente el peligroso forcejeo entre deseo, lujuria y moralidad. Briony Tallis, una adolescente de fértil imaginación y carácter resuelto (exquisitamente interpretada por una Saoirse Ronan que habremos de seguir en lo adelante), pasa su tiempo escribiendo obras de teatro. La presencia de Robbie Turner, el hijo del ama de llaves, asumido con presteza y sensibilidad por James McAvoy (El último Rey de Escocia), ejerce sobre ella una atracción irracional. Los celos que experimenta la muchacha frente a la relación soterrada de este con su hermana Cecilia, desatan una suerte de venganza cuyo blanco será la integridad del joven: aprovechando un acto de violación que se comete en el hogar, Briony lo incrimina.

Hasta ese minuto el filme parecía insuperable. La pulcritud de su puesta en escena, el balance suficiente de las actuaciones, las exquisitas mezclas de una banda sonora inspirada y el acertado ritmo de la narración prometían mucho más. Pero viene la debacle. Cuando el inocente muchacho inicia ese vía crucis anodino, colmado de paisajes bélicos del más dudoso lirismo, el guión confunde la jerarquía de los conflictos. Lo atractivo del argumento de la novela de Ian McEwan (El confort de los extraños), siempre tan preciso a la hora de dibujar subjetividades alienadas que terminan sus días anegadas en culpas de las más disímiles naturalezas, radicaba en la explotación dramática de una personalidad como la de Briony Tallis, completamente torcida por el moralismo de su época. Sin embargo, todo quedó relegado al desabrido romance de la pareja de Robbie y Cecilia, el cual, para que no quepan dudas, es coronado con unas lamentables escenas finales del más cursi idealismo.

La que podía ser una de las escenas más memorables del cine contemporáneo (aquella donde Robbie, huyendo de las bombas y buscando la cabaña donde lo aguarda Cecilia, entra a una proyección de cine y su silueta es recortada sobre el reverso de la pantalla donde dos amantes se besan), no consigue conmover a nadie. Si sugería un homenaje (sin ton ni son, por cierto) al cine negro, este se descubre frío, calculado en extremo.

En resumen: no es que sea una mala película, no señor. Se deja ver y no deja mal sabor. Pero le faltó ambición.

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