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Clara y Mario, el dúo romántico de Cuba

Muchos cubanos creyeron que era una pareja también unida por el amor, un noble ardid que atrajo más al público. Lo recuerda ahora, a los 75 años, la voz masculina de aquel inolvidable dueto musical

Autor:

Luis Hernández Serrano

«En una de las consultas de mi policlínico, la enfermera, al verme, le dijo a la especialista: “Doctora, ¿usted no conoce a este paciente?”; a lo que ella contestó, de manera curiosa, cantando la antológica canción de Carlos Puebla que Clara y yo cantábamos y que termina diciendo: “Cuando sientas la angustia final, y no tengas ni por quién llorar, cuenta conmigo”».

Apenas es necesario decir el nombre de nuestro entrevistado: Cuba entera conoce la historia del dúo de Clara y Mario. Es precisamente Mario quien nos habla.

Lo entrevistamos en su casa, en Regla, Ciudad de La Habana, un poco más entrado en años y algo más delgado, pero «vivito y coleando», rodeado de fotografías artísticas colgadas en la sala, que resumen su vida como integrante del llamado, con justeza y justicia, el dúo romántico de Cuba.

Mario Rodríguez Marrero no oculta que añora su época de oro durante las décadas de los 50, 60 y 70 del pasado siglo, y habla de cómo está todavía en contacto con sus grandes colegas de los escenarios cubanos: Rosita Fornés, Luis Carbonell, Lourdes Torres, Cary de Castro, Mundito González y muchos otros amigos de la canción popular del patio y del mundo.

«Conocí a Clara Morales Vicente —como se llamaba mi compañera del dúo— siendo niños los dos, en la casa de una amiguita de ella, Mercedes, en Perdomo y Recreo, en mi barrio natal, en Regla, vivienda donde me crié. Precisamente allí Clara y yo cantamos por primera vez a dúo y lo hicimos después muchas veces en muchos cumpleaños y fiestas de la localidad».

Así, con el tiempo, ella al piano, se conformó el que sería uno de los más grandes y gustados dúos de la música popular romántica de la Isla.

«Perfectamente acompañado por ella como pianista, con un repertorio enorme y sólidamente montado, llegó un día la hora de darnos a conocer nacionalmente; como se dice, salir de las tinieblas, sin pretenderlo entonces.

«Fuimos a La Habana los tres —Mercedes, Clara y yo— con la idea de ir a pasear un poco por la ciudad y de entrar al cine Wagner, conocido después por Radiocentro, sede de la inolvidable CMQ, y hoy por Yara. Al salir del cine, temprano, al mediodía, vimos una cola, y era que Gaspar Pumarejo estaba probando en el edificio de la Ambar Motors, en la calle 23, en la Rampa, a personas para presentarse y actuar en la televisión.

«No queríamos salir entonces en la recién inaugurada pequeña pantalla, pero sí deseábamos cantar, que nos oyeran e irnos después para la casa. Entramos. Nos sobraba tiempo. Dijimos que queríamos cantar a dúo. El pianista acompañante era David Rendón, famoso, de La Corte Suprema del Arte, pero Clara fue la que se sentó al piano.

«Cantamos algo de moda en ese momento, No me quieras tanto, de Avilés, uno de los cantantes del trío mexicano Los Panchos. No estábamos asustados, porque no pretendíamos ser seleccionados para la televisión. Pero el jurado se quedó ¡pasmado! “¿De dónde salieron ustedes?”, nos preguntaron con asombro».

Gaspar Pumarejo en persona les dijo que esa misma noche cantarían en la televisión. Los llevó en su carro a Regla y luego les probaron ropa, smoking él, y un traje largo ella. Y cantaron en el Canal 4, en el programa Escuela de Televisión, en Mazón y San Miguel, en la misma casa del conocido empresario.

«El gran premio de aquel programa era un contrato fijo para cantar en el concurrido y popular Club 21, frente al Hotel Capri, en el Vedado. Nuestro dúo ganó, pero no podíamos actuar en ese club de madrugada. Eso fue el 22 de mayo de 1950; yo tenía 16 años y Clara menos edad aún. Recuerdo que para ser artistas profesionales tuvimos que presentarnos ante un jurado presidido por el actor Leopoldo Fernández, el “Pototo” de la pareja cómica Pototo y Filomeno. Así obtuvimos el carné de la Asociación Cubana de Artistas».

Comenta Mario que el caso de Clara fue excepcional. Hacía una voz segunda extraordinaria, maravillosa. «No lo digo yo, lo dicen los especialistas. Y no era tanto el genio sino que los dos estudiamos música y piano, ella en el Conservatorio Borges y yo en el Bosch, ambas instituciones privadas de Regla».

Argumenta que en realidad, como sabían música, montaban el repertorio bien, discutían con los arreglistas y directores de orquesta y a primera vista cantaban cualquier número, acoplados como estaban.

«Cuando íbamos a grabar, sabíamos bien lo que hacíamos. Y adquirimos una experiencia grande en clubes nocturnos, cabarés, teatros y otros escenarios y éramos muy conocidos y aplaudidos, Clara al piano la mayoría de las veces.

«Una anécdota. En el programa radial Fiesta a las nueve, dirigido por Oscar Luis López —espacio al que acudían famosos cantantes como Jorge Negrete, Pedro Vargas, Libertad Lamarque— nos contratan. Me preguntan si teníamos 21 números con arreglos u orquestados y yo digo que sí, pero no teníamos ninguno. Clara se quería morir».

Ella le preguntó a Mario qué iban a hacer entonces y él le dijo que hablarían con cinco o seis arreglistas amigos, le explicarían lo que deseaban cantar, que eran tres números diarios durante una semana y que luego harían simplemente lo que estaba en los papeles.

«Hicimos lo mismo de siempre, con perfecto acople, ciñéndonos a buenos arreglos, con una interpretación buena y nunca nadie se enteró de que eran canciones por nuestra parte acabadas de estrenar. Así cantamos toda la vida, hasta que ella murió».

Evoca que Clara fue, además, la reina de la seriedad y de la disciplina. Muy trabajadora, nunca dejó una actividad «embarcada». Ella tenía su esposo, Victoriano Fernández, gastronómico que aún vive. Tuvieron dos hijos.

«El esposo nunca molestó. Nunca puso objeción a ningún trabajo. Nunca nos hizo sombra. Yo les expliqué siempre que tenían 23 horas para ellos y una para mí. Y que en la mía no podían interferir. Y así fue.

«Nunca los dos juntos salimos de Cuba, pero nuestra música, grabada, ha recorrido el mundo. Yo sí, solo, he ido varias veces a Colombia, a México y a Estados Unidos».

Clara y Mario adoraban las canciones y números viejos de la trova tradicional y otras de compositores extranjeros conocidos. Cantaron obras de Sindo Garay y Manuel Corona. También de Gonzalo Roig, Rodrigo Prats y después de Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, Frank Domínguez y más tarde las de Carlos Puebla, Leopoldo Ulloa y Juan Arrondo, quienes componían especialmente para ellos muchos de sus números.

«Recuerdo con cariño que le puse música a Canción a Regla, con letra de mi profesora de Literatura Teté Cardona: “Regla, tierra querida, mecida por la espuma, / un aliento de mi alma te quiero dedicar; / yo engarzaré mis versos en un rayo de luna, / como si fueran perlas, te formaré un collar”».

Recuerda también Mario que un día Luis Carbonell les montó el Duettino de la zarzuela Cecilia Valdés, que cantaron, Clara haciendo el papel de Isabel, la novia de Leonardo, con un pelucón rubio, un contraste con la mulata Cecilia. «No era lo que hacíamos normalmente, sino canción lírica, pero quedó precioso».

Igualmente rememora que en México, en el carnaval de Veracruz, del 5 al 13 de febrero de 2002, él cantó Tabaco verde, de Eliseo Grenet, y Veracruz, de Agustín Lara, con muchos aplausos.

Reflexiona que él y Clara amaban inolvidables canciones, por ejemplo, Como mi vida gris, de Graciela Parra; En mi viejo San Juan, de Noel Estrada, y Amorosa guajira, de González Allué. Y, por supuesto, Quién se lo iba a imaginar, de Carlos Puebla; En el balcón aquel, de Leopoldo Ulloa, y Si en un final, de Juan Arrondo.

«Yo siempre cuento algo simpático. Ideamos aparentar artísticamente ser una pareja amorosa y esto funcionó. Para muchos éramos un matrimonio. En realidad nos unía en la vida una gran hermandad solamente, pero eso no lo sabía casi nadie. Nos creían esposos.

«Por eso en el Festival de Varadero, en 1970, nos dieron una suite preciosa para los dos. Yo dije que no íbamos a dormir juntos y los organizadores se lamentaron de que nos hubiéramos separado. “¿Por qué se han peleado? Eso no puede ser, tan bien que se han llevado siempre en la escena, duerman otra vez juntos”, nos decían, y tuve que confesarles que no éramos marido y mujer, que no éramos nada».

Sin embargo, en verdad lo eran todo. Y José Antonio Morales Oropesa, de Najasa, Camagüey, resume muy bien lo que significaron, en el título de su libro en fase de terminación: Clara y Mario, el dúo romántico de Cuba.

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