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El «elegguá» de la música cubana

El destacado pianista cubano Frank Fernández cumplió uno de sus sueños: llegarse hasta la casa de uno de los genios más grandes de todos los tiempos: Wolfgang Amadeus Mozart

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Ocurrió en abril, en Austria, y sin embargo, el maestro Frank Fernández todavía no ha podido reponerse. Desde que le hicieron llegar la invitación para que dejara inaugurado el Country Club de Kitzbürgel —la más importante zona turística de la nación nórdica—, el notable pianista supo que cumpliría uno de sus sueños: llegarse hasta la casa de uno de los genios más grandes de todos los tiempos: Wolfgang Amadeus Mozart.

«No te voy a negar que como estaba enterado de que Kitzbürgel se hallaba muy cerca de la ciudad donde nació Mozart, desde el primer momento me propuse moverme hasta allí. A los tres días de estar en Austria fui a Salzburgo, donde me recibió Johannes Brahms, presidente del Mozarteum de Salzburgo y de la Fundación Mozart, quien mantiene sólidos contactos con Cuba, a través del Lyceum Mozartiano de La Habana, pero que no me conocía personalmente, aunque sí mi obra.

«Para mí fue un privilegio que Brahms me enseñara la casa de Mozart, que conserva exactamente igual los lugares originales, aunque ha sido ampliada, pues allí se guardan los manuscritos de ese músico extraordinario. Después de mostrarme el manuscrito de la obra compuesta por Mozart que yo había llevado en mi programa, y de ver su escritura, la sorpresa mayor me llegó cuando me solicitó que tocara el piano famoso de sus conciertos de Viena, al entrar en el salón donde también se encontraba el último clavicémbalo del gran compositor austriaco.

«Viví uno de los momentos más excitantes y emocionantes de toda mi existencia. Si me preguntas qué sentí, solo te puedo responder que aún estoy mareado de emoción. No se me apareció el espíritu de Mozart, porque hace rato estaba conmigo —de hecho ya yo había trabajado y grabado las Variaciones sobre un tema infantil de Mozart—, pero el hecho de hallarme en aquel lugar sagrado y haber tocado su piano, estoy seguro de que me aportará más a medida que se aleje ese momento de la emoción, para que se traduzca en arte y sonido. Es un proceso que sucede en mí, cuando el momento de la creación es tan fuerte, que no permite la creación».

—¿Podría darnos más detalles de lo que sucedió en Austria?

—Como ya te conté, esta vez me invitaron a la apertura del Country Club de Kitzbürgel, y de su Sala Steinway. Su dueño, Richard Hauser, amante de la cultura cubana, decidió que se inaugurara no solo conmigo, sino también con una exposición de la reconocida artista Alicia Leal, aunque la preinauguración le correspondió al actor hollywoodense Arnold Schwarzenegger.

—Para este programa eligió interpretar a Bach, Beethoven, Chopin, pero también Lecuona, Cervantes... ¿No era demasiado arriesgado tocar temas de Mozart en Austria?

—La aprobación la dieron los mismos austriacos. Richard Hauser vino a La Habana con sus asesores, Nicole Horn y Peter Daniel. Me oyeron, discutimos el programa, y aunque a ellos les interesa muchísimo las expresiones de la cultura cubana más cercana a su génesis, también consideran que es cultura cubana la forma de tocar Mozart y Beethoven de un cubano como Frank Fernández; algo que tal vez a algunos les cueste entender, pero se puede explicar con muchos ejemplos, porque ¿quién puede negar que la Giselle de Alicia Alonso no es una representación total de cubanía? Eso es impregnar de Cuba el arte universal. Y eso no es menos fuerte que La Rebambaramba, de Amadeo Roldán. Y es que, como me explicó Mirta Aguirre, la cubanía es una manera de vivir, soñar, hablar, caminar, bailar, sonar, comer..., que es imposible describirla con palabras.

—Entonces, ¿cómo reaccionó el público ante su actuación?

—Mira, me agasajó casi todo el tiempo con ovaciones y poniéndose de pie. Así ocurrió después de las variaciones de Mozart y de la sonata Claro de luna, por ejemplo. Sin embargo, tras la Malagueña, de Lecuona, empezaron los «¡Bravo!»; y al final, aunque sea inmodesto decirlo, luego de las cinco danzas de mi Suite para dos pianos, aparecieron unos gritos que no se sabía si venían de gente del centro de Europa, rodeada de nieve, o del mismísimo Caribe. Ciertamente, fueron muy exitosos los dos conciertos. La verdad es que, como me aseguraron allí, no es muy habitual que en Austria el público se ponga de pie, y yo tuve ese honor durante dos noches.

—De regreso a casa, igual lo convocaron para que reabriera la sala de conciertos de la Biblioteca Nacional José Martí...

—Entrando a la Biblioteca Nacional José Martí, a la derecha, en un lugar privilegiado, existe una sala de conciertos que está ahí desde la construcción original de dicha institución, y que durante muchos años fue extraordinariamente prestigiosa. Por eso para mí resultó muy estimulante que me convidaran a abrir este espacio, que han decidido llamar La Biblioteca en concierto.

«Ahora tengo una propuesta para el Doctor Eduardo Torres Cuevas, director de dicha institución: nombrar a esa sala Margot Rojas, quien fuera mi maestra, lo cual, incluso, dará la garantía de que allí actúen con frecuencia no solo yo, sino muchos otros pupilos suyos: José María Vitier, María Felicia Pérez con el coro Exaudi, Lucía Huergo, Carmen Collado con su Coro Polifónico, Roberto Urbay, Elvira Santiago...

«Siempre le estaremos eternamente agradecidos, porque más que piano, Margot, quien formó cinco generaciones de pianistas en Cuba, nos enseñó música. Ahí radicaba la inmensidad de esa gran pedagoga, nacida en México y que trasladó a Cuba la tradición pianística más importante del mundo que había en esa época: la del siglo XIX, porque fue discípula de Alexander Lambert, el último alumno de Franz Liszt, es decir, que ella trajo consigo la herencia de quien fuera considerado el más colosal pianista del universo en el siglo XIX, asumido por demás como el Siglo de Oro del piano, gracias también a la grandeza de Tchaikovski, Rachmaninov, Brahms, Beethoven, Schumann, Chopin, Mendelssohn, Schubert...».

—Parece que a lo largo de su carrera le persigue la responsabilidad de inaugurar espacios, instituciones, lugares importantes...

—Hermano, me hacías la pregunta y pensaba que, si no fuera porque mucha gente no va a tomarlo en serio, estoy al darle la razón a aquellos que aseguran que soy hijo de Elegguá, el que abre y cierra los caminos (sonríe). Sin embargo, medio en broma, medio en serio, debo admitir que ha sido de cierto modo así, a pesar de que no siempre ha resultado fácil.

«Te puedo decir que desde que surgió mi aspiración de ser concertista, desde mi comienzo en Mayarí, me impuse enfrentarme a ese dogma de que para conseguirlo había que nacer en La Habana, y ello solo era posible trabajando incesantemente.

«Lo cierto es que estrené la Sala de Cámara del Schauspielhaus, de Berlín; estrené en Cuba el ciclo de los cinco conciertos de Beethoven junto a la Orquesta Sinfónica Nacional; inauguré la Sala de conciertos Dolores, de Santiago de Cuba, considerada la de mejor acústica del país; la de la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís, la del Memorial José Martí...

«Creo que todo es consecuencia, repito, del oficio de trabajar constantemente, sin mirar atrás, sin pensar que ninguna de las aperturas de conciertos era el fin, el destino, la meta, si no sintiéndome todo el tiempo alumno, teniendo la conciencia de que a medida que avanzas en el arte, mayor es su misterio. Si de algo estoy convencido es de que por muchos premios o reconocimientos que acumules, el arte siempre estará delante de ti, con su insondable secreto de no ser poseído totalmente por nadie, por importante, famoso o grande que sea el artista. Creo que eso es una realidad, pero también que el oficio de esforzarse, de entregarse, contribuye a materializar sueños, momentos significativos en el camino.

«El del artista es un trabajo de labrador, de cultivador, de apicultor. A veces la miel sabe más dulce, otras da más energía, otras es curativa, pero si uno continúa con el sacrificio, con el tesón, con la humildad suficientes, puede alcanzar muchos objetivos. Y eso es lo que me ha llevado a estos logros que, más que personales, los recibo con el orgullo de ser cubano, de ser latinoamericano; con el orgullo de que aunque sean pequeños los granos de arena con los que contribuyo, se ratifica que cada vez con mayor frecuencia somos la reserva inagotable de la creación, y me refiero a Latinoamérica, a esa conjunción de culturas imbricadas en nuestros suelos. Nosotros tenemos la gracia divina de ser un volcán en erupción, cuando la mayoría de los países desarrollados del mundo son reservas dinosáuricas de un pasado glorioso».

—Como usted es indetenible, ¿habrá alguna próxima presentación dentro o fuera de Cuba?

—¿No ves lo que te digo? (sonríe). Otra vez me han convidado a abrir una nueva sala en Colombia, con lo cual me convertiría en el primer cubano en tocar allí. Se nombra Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo y, según el afamado Daniel Barenboim —ciudadano norteamericano de origen judío, pero nacido en Argentina—, constituye el sitio con la mejor acústica de América, incluso superior a la del Teatro Colón de Buenos Aires y la de las grandes salas de Norteamérica. En agosto estaré en la avanzada de los cubanos, ofreciendo mi arte, para dejar despejado el camino y que después me sigan muchos otros valiosos compatriotas.

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