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Cuando la televisión también es memoria

Leyber Gómez Caballero, el presentador del programa de televisión Lo bueno no pasa, habla de su camino desde Las Caobas hasta la pantalla nacional, de la importancia de rescatar el patrimonio musical cubano y de lo que significa abrirse paso como joven en los medios

Autor:

Diego E. García García

Hay una imagen que Leyber Gómez Caballero no suelta: la radio encendida en una casa rural de Las Caobas, en Gibara, Holguín, donde no hubo electricidad hasta que él tuvo nueve años. La voz que salía de aquel aparato era su compañía más cercana. Escuchaba música, historia, arte, deporte. Se imaginaba, sin atreverse a decirlo en voz alta, que algún día sería él quien estuviera al otro lado.

Hoy, a sus 38 años, ese niño que soñaba con conocer una cabina de radio conduce Lo bueno no pasa, el programa de Cubavisión que rescata del archivo audiovisual lo mejor de la música y la televisión cubanas. Pero su historia no empieza en La Habana. Comienza en un telecentro municipal, con un curso de locución en Radio Angulo, con un currículum impreso y muchas puertas tocadas.

Mi compañía más cercana siempre fue la radio

Leyber nació en una comunidad intrincada de la geografía holguinera. Creció rodeado de libros y de voces que llegaban a través del dial. «Siempre soñaba con poder comunicar, con llevar un mensaje a esas personas que, como yo, vivían en zonas distantes y gracias a esos medios podían escuchar un tema musical, conocer un poco más de historia y cultivarse».

Ese sueño tenía una escala modesta: primero conocer una cabina, después tener al menos un segmento en algún espacio. La vida, dice, lo sorprendió. Comenzó en Radio Gibara y luego en Gibaravisión, el telecentro municipal. Más tarde llegaron Radio Cadena Habana y Radio Rebelde, ya en la capital.

Pero el camino no fue recto. Antes de la locución, intentó estudiar Periodismo. No lo logró. Se matriculó en Ingeniería Industrial, impulsado por ese «capricho adolescente» de seguir a sus amigos de escuela. «Me di cuenta muy rápido, para suerte mía, de que los números, la matemática y la física no tenían mucho que ver conmigo».

Entonces tomó una decisión que lo cambiaría todo: matricular en un curso de locución en Radio Angulo, la emisora provincial de Holguín. «Ahí comenzó todo». Después vendría la Licenciatura en Estudios Socioculturales y, ya en La Habana, un diplomado en Periodismo en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí.

Tocó empezar de cero 

Llegar a la capital no fue sencillo. Dejó atrás su ciudad, su trabajo en la radio y la televisión de Gibara, y —lo que más le costó— a su familia. «Soy una persona muy familiar, y apartarme de ellos para venir a luchar por mis sueños es algo que siempre me ha impactado».

En Gibara ya tenía espacios habituales, el cariño y el respeto del público. En La Habana, en cambio, tocó empezar de cero. «Me tocó llegar hasta las emisoras y presentar mi currículum, decir “Mira, soy locutor”, o ir hasta los canales de televisión y presentarme buscando oportunidades. Fue un proceso bien complejo y largo».

Hoy, cuando mira atrás, reconoce que esa etapa lo formó. Y si le preguntan por la condición de ser joven en la Televisión Cubana, responde sin titubear: «Puede ser una ventaja y un reto, las dos cosas».

Ventaja, dice, porque se lleva consigo «ese espíritu creativo, el ímpetu, la fortaleza, las ganas, el deseo de comerte el mundo». Reto, porque «muchas veces se te cierran puertas por ser precisamente joven. Es muy fácil confiar en alguien que ya tiene un recorrido, una trayectoria consolidada, y bien difícil darle la oportunidad a esa persona que llega con veintitantos años buscando un espacio que le haga visible».

«Pero siempre se puede, sentencia. Y creo que de alguna manera soy ejemplo de eso».

El locutor y presentador durante la conducción de un espectáculo en vivo. Además de su labor en televisión y radio, mantiene una activa labor como animador y comunicador. Fotos: Cortesía del entrevistado

Preservar la historia como misión

Lo bueno no pasa no es un programa cualquiera. Nació en los años 90 y ha tenido varias etapas. En su versión actual, bajo la dirección de Mireya Llorca, se ha convertido en un espacio de culto para los amantes de la música cubana y, sobre todo, en una trinchera contra el olvido.

Leyber lo define con precisión: «El necesario rescate de lo patrimonial y perdurable».

Y es que, según datos que él mismo aporta, «un gran número de los programas están encargados de visualizar el talento actual de la música y de la cultura de manera general. Sin embargo, muy pocos —y entre los que afortunadamente se encuentra Lo bueno no pasa— están dados a rescatar el patrimonio y esas joyas valiosas de la cultura, sobre todo la música, que no pueden quedar en el olvido».

Para él, la importancia del programa radica en que las nuevas generaciones puedan conocer a esos artistas que aportaron muchísimo a la cultura cubana. «Es necesario que la televisión continúe rescatando espacios como este, que nos traigan de vuelta a esos grandes que no se pueden borrar».

El propio Leyber ha sido el primer sorprendido. «He escuchado y conocido obras de artistas icónicos como Benny Moré, como Rita Montaner, como la misma Celina González, que no había escuchado antes y que gracias al espacio he podido disfrutar por primera vez».

Conectar con los jóvenes: el reto de la televisión

En tiempos de redes sociales y consumo audiovisual fragmentado, conectar con las nuevas generaciones se ha vuelto un desafío mayúsculo para los medios tradicionales. Leiber lo sabe. «Las nuevas tecnologías, el internet, las redes sociales han cambiado las reglas de la comunicación. Por eso el reto que tienen hoy la radio y la televisión para llegar a ese público joven es más grande de lo habitual».

Pero no es imposible. «Hay espacios puntuales que han logrado conectar». 

Desde Lo bueno no pasa, el desafío es doble: proponen artistas y música que no son tendencia. «Se logra también a través de la visualidad, del discurso, de la manera en que contamos la historia, de cómo regalamos ese audiovisual que queremos que llegue al joven».

La recompensa llega en la calle. «Son muchos los jóvenes que me escriben, que me abordan para decirme que han visto esta o aquella emisión, incluso para agradecerme porque no conocían a cierto artista y gracias al espacio han podido hacerlo».

Leyber Gómez en el estudio de Lo bueno no pasa, el programa de Cubavisión que rescata del archivo audiovisual lo mejor de la música y la televisión cubanas. 

Lo que falta por hacer

Leyber no se detiene. Ha conducido espacios de participación como Sorpresa XL, musicales como Lo bueno no pasa, variados y utilitarios como De tarde en Casa e informativos como Conexión Cuba. «En ese aspecto creo que he sido afortunado», asegura.

Pero le queda un sueño: «Me encantaría hacer un musical, tal vez parecido a Lo bueno no pasa, pero en vivo, con orquesta en vivo en un set de televisión. Sería maravilloso poder entrevistar a los músicos en vivo también. Algún espacio musical de sábado creo que sería una oportunidad que va faltando en mi carrera».

A los jóvenes que sueñan con hacer carrera en los medios y vienen desde fuera de La Habana, Leiber les tiene un mensaje claro: «Que nunca dejen de luchar por sus sueños, pase lo que pase. Siempre hay una oportunidad ahí esperando por uno. Lo fundamental es prepararse, porque las oportunidades pueden llegar, pero si no tienes la preparación, el conocimiento, el talento necesario, no van a representar mucho».

«Que estudien, que se preparen y, sobre todas las cosas, que sigan persistiendo por alcanzar aquello con lo que sueñan».

Hay algo que Leyber no dice con palabras, pero que atraviesa toda su historia: la memoria se defiende desde la pantalla o desde una voz que llega a la casa más intrincada. Él sabe lo que es crecer sin electricidad y con una radio como única ventana al mundo; lo que es tocar puertas; lo que es ser joven en un medio, donde algunas veces, hasta desconfiaron de él.

Aun así, desde ese lugar que tanto le costó, apuesta cada semana por traer de vuelta los buenos momentos de la cultura nacional, por demostrarle a una generación que no los conoció que la buena música no pasa de moda y que la buena televisión tampoco.

Lo bueno no pasa no es solo un programa. Es una manera de decirle a un país que la cultura cubana tiene raíces profundas. Y Leyber Gómez Caballero, a sus 38 años, ha decidido ser uno de los puentes.

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