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El pescador de vientos (+Fotos)

Después de 14 años fuera de las velas, Nélido Manso, campeón mundial en 1999, volvió acompañado de una tripulante especial. Vía WhatsApp nos contó su historia

Autor:

Norland Rosendo

Hijo y hermano de pescador, Nélido Manso ha pasado su vida entera sobre embarcaciones y no se cree un hombre suertudo tirando anzuelos al mar. Sus mejores capturas son de olas hacia arriba, cuando menos quietas están las aguas y el viento sopla como salido de un pulmón oceánico.

Antes salía con el grumete Octavio Lorenzo a surcar mares endemoniados por medio mundo. Ganaron tres Juegos Panamericanos seguidos en la clase de snipe y perdieron el cuarto oro en la última regata, imponiéndose, incluso, a campeones mundiales cuando ellos todavía no lo eran.

Catorce años después de su última competencia oficial, Nélido Manso dejó su cómodo puesto de capitán de barcos en la Marina Gaviota para volver a lanzarse a las aguas propulsado por los vientos y con una grumete especial: su hija. Llevan tres juntos y en el mar les va tan bien como en casa.

—Se dice que regresaste a las velas por tu hija, Iris Laura…

—Eso dicen, aunque no es tan así. Ella es un motivo especial, sin dudas, se dedicó a las velas inspirada en mí, pero influyó mucho un entrenador de Caibarién ya fallecido, Alfredo Cuéllar, quien nunca aceptó mi retiro, y un gran amigo, Andrés Machín, me insistió para que regresara. He vuelto porque amo este deporte.

«La Federación Panamericana de Velas aceptó las tripulaciones mixtas, eso abrió las puertas para hacer pareja con Iris Laura y en 2017 nos incorporamos al equipo nacional».

—¿Qué predomina en la relación: el capitán o el padre?

—Es difícil separar una cosa de la otra. Hemos tenido nuestras discusiones, que si no hubiera sido porque es mi hija, hasta ahí hubiera llegado la tripulación.

«Al principio fue más complejo, eran sus ansias juveniles, solo tiene 20 años, contra mi experiencia de 53, pero poco a poco nos acoplamos».

—Debutaron juntos en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Barranquilla con un quinto lugar, ¿te desanimó ese resultado?

—No, nos preparamos para esos Juegos con la embarcación que utilicé en 1999 cuando fui campeón mundial con Octavio Lorenzo, pero después no pudimos emplearla porque no estaba certificada. Allá tuvimos que alquilar una que se averió dos veces durante las primeras regatas y eso nos alejó de las medallas. Fue una gran experiencia, porque casi todo era nuevo para ella, la sincronización de las maniobras y otras cuestiones técnicas.

—Y el año pasado fueron a los Juegos Panamericanos de Lima, donde estuvieron muy cerca del podio, hubiera sido tu quinta medalla en esas citas regionales, ¿qué pasó?

—A Lima fuimos con mucho optimismo, pero sabíamos que iba a ser una competencia dura. Llegamos a la última regata solo con opciones de bronce. Era Brasil o nosotros, íbamos delante cuando unos jueces norteamericanos nos penalizaron y ahí mismo perdimos la medalla.

«Fíjate si era una prueba exigente, que las tripulaciones de Uruguay y Argentina, dos potencias del continente en velas, eran las mismas de mi época con Octavio. A los uruguayos los conocí en 1988 y con los argentinos he regateado desde el 95, y aún están en la élite mundial.

«Pero yo me siento como si hubiera ganado el oro, disfruté cada segundo con mi hija, navegando juntos. Esa es una medalla más grande que cualquier otra para un padre».

Nélido y su hija aspiran a una medalla en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Panamá. Foto: Cortesía del entrevistado

—Entonces, ¿los atletas de velas son como una familia?

—Nos llevamos muy bien, si alguien tiene problemas con su barco antes de la competencia ayudamos entre todos; solo en el agua, cuando suena el silbato, se acaba la familia, y después volvemos a serlo cuando termina la prueba. Así es siempre.

—Te persiguen las penalizaciones, porque en el Mundial de 1999, en Mursia, España, casi pierden el título por una...

—Aquel año estábamos muy bien, pensábamos en un lugar entre los diez primeros, pues no es lo mismo una competencia en América con diez rivales que un Mundial con más de 70. Recuerdo que gracias a las gestiones del entonces comisionado nacional de velas, Isas Zabiski Mulkai, nos llevaron la embarcación hacia España. Esa fue la suerte, porque el barco disponible para alquilarnos era muy viejo y no tenía ni la mitad de las condiciones para una justa de esa envergadura.

«Aquello fue una historia de película. El aeropuerto de Santiago de la Rivera era muy pequeño y no existía servicio de Aduana. El Comité Organizador no hizo nada para sacar el barco y estuvimos dos semanas sin poder entrenar, hasta que unos amigos lograron que la Aduana de Alicante enviara un oficial y nos dieron la embarcación a última hora. Fuimos casi directo para la competencia.

«En la última regata íbamos delante y nos querían aplicar una supuesta salida prematura. Si prosperaba la sanción quedábamos en bronce, si no, éramos los campeones, y logramos    probar que no habíamos salido adelantados gracias a un video».

—Ese año ganaron sus últimos Juegos Panamericanos también. ¿Es difícil lograr tres títulos seguidos?

—En nuestro continente es donde más se practica la modalidad de snipe en el mundo. Junto a Argentina, Uruguay y Brasil, Estados Unidos tiene mucho nivel también. Además, es un deporte costoso, cada barco cero millas puede costar más de 15 000 dólares.

«Nosotros salimos en los Juegos de La Habana-91 sin presión, no había propósito de medalla, Octavio y yo llevábamos dos años en el equipo nacional y un cuarto lugar era lo que estaba en planes, pero salió el resultado.

«En Mar del Plata-95 sí éramos favoritos, independientemente de que el campeón mundial era Argentina. Al final ellos quedaron en bronce, superados también por los uruguayos. Fíjate si estos últimos son buenos, que en Lima el año pasado cogieron plata de nuevo.

«Winnipeg-99 era más difícil, aunque teníamos una embarcación nueva, la misma que empleamos en el Mundial. Le ganamos el oro a Brasil el último día. Cuatro años después, en República Dominicana, los brasileños nos devolvieron el golpe: ellos fueron campeones y nosotros segundos».

—Y después se retiraron del deporte, ¿por qué si estaban en la élite aún?

—Ya teníamos nuestras hijas, una familia, además, a Octavio y a mí nos resultaba difícil mantener el peso, pero nunca tomamos esa decisión por vejez. Mira si es así que yo volví.

—¿Y hasta cuándo piensas regatear?

—Por ahora no he pensado en eso. Solo sé que quiero seguir navegado con mi hija. Esperamos que para los próximos Centrocaribes, en Panamá, convoquen la clase snipe.

—¿Recuerdas tus orígenes en las velas?

—Entré en la escuela de velas de Caibarién, mi pueblo de siempre, ubicado al norte de Villa Clara, sin permiso de papá. Mi hermano mayor, Nelson, y yo, que por aquella época tenía ocho años, le dijimos al viejo que queríamos practicar ese deporte. Él nos respondió: salgo a pescar, luego decido, pero no le dimos tiempo, cuando volvió, ya estábamos matriculados. Nos metió un buen regaño, pero nos dejó. Así empecé en este mundo de aventuras entre olas y velas.

«Mi familia, los amigos, Caibarién, el mar, los veleros, esa es mi vida. Soy un hombre feliz, he logrado todo lo que me he propuesto, y ahora con mi hija a bordo, qué más pedir».

—Quizá mejorar la suerte en las pesquerías…

—Yo creo que me voy a morir siendo mejor comiendo pescado que pescándolo.

 

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