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La profecía no levanta títulos

En una noche que comenzó en ilusión y acabó en lamento, el Real Madrid dijo adiós a la UEFA Champions League

 

Autor:

Ruben Darío García Caballero

 

En territorio de Champions, cuando juega el Real Madrid, pasan cosas muy raras. Da igual cómo llegue, y quiénes lleguen, pero siempre ocurren sucesos fuera de este mundo. Este miércoles, en Múnich, se fue testigo de algo más que una victoria in extremis del Bayern Múnich. El planeta fútbol fue testigo de uno de los mejores partidos de la última década, donde la apisonadora se enfrentó al gigante dormido, donde el fútbol de elegancia y el proyecto serio les ganó al poder de la amistad y al sueño de la profecía.

Los sucesos paranormales arrancaron tan pronto como a los 29 segundos. El mismo Neuer que heroicamente mantuvo su meta cerrada durante 90 minutos en el Bernabéu, regaló un balón infantil, que Arda Guler mandó a guardar a puerta vacía. El espíritu de la remontada empezaba a rondar el Allianz; sin embargo, no pasaron ni diez minutos y otro error, casi tan grosero como el de Neuer, pero esta vez en la meta Blanca, empataba el juego y ponía al Bayern de nuevo en semifinales. La noche empezaba a demostrar que sería inolvidable.

Si alguien estaba preparado para ser héroe era Arda Guler. Futbolista en tierra de telenovelas eternas, cara de niño en tierra de hombres, mandó un tiro libre directo a las redes, no sin ayuda involuntaria de Neuer, firmando un doblete que olía a oro. Oro que pronto se desvaneció cuando el de casi siempre, el que llegó de Londres para conquistar Alemania, aprovechó la brecha dejada entre la endeble saga blanca para volver a poner tablas.

Y cuando estábamos a punto de irnos al vestuario, por si no hubiera sido suficiente, los merengues apostaron a su arma más letal, y con la fuerza del contragolpe y la unión Vinicius-Mbappe volvía a poner la ventaja parcial para sacar momentáneamente el boleto a semis. 45 minutos, cinco goles y un vendaval de emociones que nadie vio venir.

Con el esfimo para la presión en una mano y el alprazolam en la otra, el segundo tiempo llegaba con 45 minutos que definirían toda una temporada. Chances de uno y otro lado, hasta que llegó un momento que lo cambió todo.

Cercanos al minuto 70 Arbeloa mueve su banquillo, sin saber que estaba a punto de firmar su propia acta de defunción. Saca a Brahim Díaz e introduce a Eduardo Camavinga. Ese cambio supuso el inicio del fin, el comienzo de la debacle, cuando el Real Madrid decidió entregar las armas, la iniciativa y el deseo para rendirse a defender, a aguantar, a aspirar una prórroga que nunca llegó.  Porque el mismo que parecía ser revulsivo, dispuesto a cambiar la cara, terminó siendo el mayor verdugo.

Camavinga jugó con fuego y se terminó quemando, y una expulsión infantil suya dinamitó el partido. Si bien el árbitro principal fue extremadamente prematuro en mostrar una doble amarilla demasiado pronto, en un momento como este un jugador profesional, con la experiencia del francés, no puede cometer un error así.

Después vino Luis Díaz y regó en el Allianz todo el café que había guardado durante 85 minutos. Y en el último suspiro, Michael Olise demostró por qué es hoy por hoy uno de los mejores jugadores del mundo, con un riflazo a la escuadra que terminó por derrumbar cualquier milagro. Terminaba así, a fecha 15 de abril, la temporada del Real Madrid, con su segundo año en blanco consecutivo.

La caída en Baviera confirma una vez más el tétrico trabajo de Álvaro Arbeloa en el Real Madrid. Más allá de la subjetividad que puede significar pensar en que sea el peor entrenador en la historia reciente del club merengue, los números demuestran que a la altura del juego 22 es el de peor balance. Ocho derrotas en menos de cinco meses son demasiadas para una plantilla de galácticos, y la pasividad, la mano blanda y la ausencia de tácticas desnudan las carencias de un equipo en ruinas. Arbeloa es la cara más visible de un problema sistémico en el club blanco, que enlaza dos temporadas consecutivas sin ganar los tres grandes títulos en juego por primera vez desde 2010.

Como mismo inició la fantasía fue como mismo terminó. La profecía no fue más que una moda de Instagram, una broma que se acercó a la realidad, la única esperanza que mantenía viva a un equipo en crisis. Pero la profecía no levanta títulos, y la épica ayuda, pero no salva todos los días.

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