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Un verano Inglés de causas y azares

Hay eventos que pasan a la historia por sus héroes, otros por sus villanos, y otros por sus azares. Esta es la historia de la Copa mundial de las sorpresas y los misterios

 

Autor:

Ruben Darío García Caballero

El reloj del fútbol nunca es exacto. El del Mundial 1966, con sus agujas forjadas en acero inglés, llegó a perder la hora para luego recuperarla en una jugada que aún hoy es pura controversia. 

Cuando el pedalero salió a su ventana, como aquel personaje de la canción, no sabía, que la gloria que se disponía a besar era apenas un espejismo de papel de periódico.

Todo comenzó cuatro meses antes, cuando un ladrón burló a Scotland Yard y la Copa Jules Rimet desapareció entre las sombras de Westminster. Un desconocido llamado David Corbett paseaba a su perro Pickles, un collie blanco y negro de mirada ingenua, cuando el animal olfateó un bulto envuelto en periódico bajo un arbusto del sur de Londres. Era la Copa. Las causas lo fueron cercando, cotidianas, invisibles; mientras el azar se le iba enredando poderoso, invencible. Pickles, héroe de cuatro patas, salvó un mundial que todavía no había empezado, y lamió los platos de la reina en el banquete de la victoria. Quién iba a decirle a aquel perro que terminaría siendo más recordado que muchos jugadores.

El torneo, sin embargo, guardaba otras rarezas. Corea del Norte, debutante y menospreciado, llegó como un espanto con ojos rasgados y piernas de acero. Había salido de su casa sin saber lo que le esperaba. Venció a Italia, nada menos, con un gol de Pak DooIk que desnudó a la Squadra Azzurra y provocó que la prensa transalpina titulara: «Nuestro fútbol ha muerto». 

El milagro coreano continuó en cuartos de final: a los veinticinco minutos de juego ya le ganaba 3-0 a Portugal. Pero el azar, otra vez, se le vino enredando. Eusébio, la Pantera Negra, emergió de la bruma mozambiqueña como un vendaval, convirtió cuatro goles y devolvió el partido al orden establecido. Las causas de la épica se habían disuelto en el césped de Goodison Park.

El campeón reinante, Brasil, pagó la insensatez de creerse eterno. Con Pelé cazado a patadas y un equipo envejecido que no pudo repetir el jogo bonito, la Canarinha cayó en primera ronda, estrellada contra Portugal. El tricampeonato que soñaron volvió a su país como un barco fantasma.

La final, como no podía ser de otro modo, juntó a Inglaterra y Alemania Federal en un duelo que se resolvió con la más célebre de las mentiras verdaderas. Geoff Hurst disparó, el balón golpeó el larguero, bajó, y el juez de línea, un tal Tofik Bakhramov, dictaminó que había entrado. Alemania protestó, Inglaterra gritó campeón, y el fútbol aprendió que un gol puede ser y no ser al mismo tiempo. No sabían que esa línea de cal nunca volvería a borrarse de la memoria del deporte.

Y en medio de tanto desatino, el dueño del trofeo, aquel modesto perro Pickles, se ganó un sitio en la historia que ningún futbolista pudo alcanzar. Porque en 1966, las leyes del fútbol dejaron de escribirse con tiralíneas y se volvieron poesía: aquella en que un azar poderoso, invencible, terminó decidiendo quién se quedaba con la copa y quién solo con el recuerdo de haber estado demasiado cerca.

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