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Una telaraña que vale semifinales

En el Arrowhead Stadium de Kansas, la Albiceleste tejió durante 120 minutos la madeja más resistente de su historia. Un 3-1 que no refleja el sufrimiento, con dos golpes de gracia en la prórroga que rompieron la paciencia suiza

Autor:

Ruben Darío García Caballero

El fútbol, a veces, no se gana con la pelota. Se gana con el hilo invisible que une los pies, las cabezas y los corazones de once hombres. Argentina lo sabía. Había sobrevivido a Cabo Verde con un gol en el minuto 111. Había remontado a Egipto cuando ya olía a derrota. Y en Kansas City, tejió la telaraña más resistente de su historia para atrapar a una Suiza que, durante 66 minutos, le había tendido su propia trampa.

El primer movimiento fue de una precisión milimétrica. En el minuto 9, Lionel Messi ejecutó un córner con la rosca justa. Alexis Mac Allister, el volante que siempre aparece donde nadie le espera, cabeceó a la red como un títere que obedece a su titiritero. Era el 1-0. Era el aviso de que la telaraña argentina ya había comenzado a tejer.

Pero Suiza, ese equipo que se niega a ser presa, no tardó en romper el primer hilo. Dan Ndoye, con la furia de quien sabe que los cuartos de final no se negocian, empujó un balón en el área tras una jugada personal y puso el 1-1 en el minuto 66. El empate fue un mazazo, pero también un despertador. Porque a partir de ese momento, Argentina dejó de tejer y empezó a enredar. El partido se convirtió en un pulso de resistencia, un duelo de agujas donde cada equipo intentaba coser al otro.

Y entonces, en el minuto 72, el hilo invisible se tensó. Breel Embolo, el delantero suizo que había sido una pesadilla para la defensa argentina, recibió su segunda amarilla por simular una caída dentro del área. La expulsión, dictada por el VAR tras una revisión que duró una eternidad, fue el momento en que la telaraña argentina se cerró sobre su presa. Suiza, que hasta entonces había controlado el partido, se quedó con diez hombres. Y Argentina sintió que el destino se ponía de su lado.

El tiempo reglamentario se cerró con un 1-1 que era un espejismo. La prórroga, sin embargo, fue el capítulo donde la araña demostró su paciencia. Y en el minuto 112, la araña Julián Álvarez recibió un balón en la frontal y, con un disparo con rosca que parecía dibujar un poema en el aire, batió a Gregor Kobel. Era el momento en que la presa, atrapada en la madeja, dejó de moverse. Porque la telaraña había sido fabricada rumbo al paraíso de las semifinales.

Cuando Suiza intentó el último arreón, Lautaro Martínez, que había entrado desde el banquillo, sentenció la noche en el minuto 120+1. Un contragolpe letal, un pase de Messi, y el Toro, con la sangre fría de un depredador, definió al palo izquierdo para firmar el 3-1 definitivo. La telaraña, ya completa, había atrapado a su presa. Y Argentina, que había tejido su red con paciencia de orfebre, se llevó la victoria.

Lionel Scaloni, el artesano que ha convertido el sufrimiento en un método de trabajo, definió el partido como «histórico». Messi, el titiritero que maneja los hilos del fútbol con la misma naturalidad con la que otros respiran, celebró un «triunfo muy duro». Y Julián Álvarez confesó que hubo «mucho desahogo» en su gol.

El premio, sin embargo, tiene el nombre de un viejo fantasma. El miércoles, en Atlanta, Argentina se enfrentará a Inglaterra en las semifinales. Un duelo que despierta memorias de 1986, de 1998, de 2002. Un duelo que, como las grandes telarañas, se teje con hilos de historia y de dolor.

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