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Diez goles y un tercer lugar después

El partido que nadie quería jugar se convirtió en la fiesta que nadie olvidará. Diez goles, y un puñado de récords convirtieron el consuelo en un espectáculo para la historia en Miami

Autor:

Rubén Darío Salazar

 

El partido por el tercer puesto tiene mala fama. Es el consuelo de los perdedores, el trámite que nadie quiere disputar, la cita incómoda entre dos equipos que aún digieren el veneno de la derrota en semifinales. Inglaterra llegaba con el corazón partido por aquel gol de Lautaro Martínez en el 92 que les arrebató la final. Francia, con el orgullo herido tras ser barrida por España en su propio día nacional. Todo invitaba a un partido espeso, a un ejercicio de resistencia donde el único aliciente era la Bota de Oro que perseguían Mbappé y Messi. Y sin embargo, Miami fue testigo de una fiesta. Diez goles, idas y venidas, y un marcador que parecía de baloncesto más que de fútbol. El partido de consolación se convirtió en el espectáculo del torneo.

El primer asalto fue un vendaval inglés. Apenas habían transcurrido tres minutos cuando Declan Rice, capitán improvisado con Harry Kane en el banquillo, interceptó un pase de Désiré Doué en la frontal, condujo con la fuerza de un toro y batió a Maignan con un disparo seco. Gol tempranero, y el partido ya no tendría marcha atrás. Quince minutos después, Rice puso un saque de esquina al primer palo y Ezri Konsa cabeceó a la red como si llevara toda la vida haciéndolo. Era el 0-2. Y entonces, Bukayo Saka decidió que la tarde en la ciudad del sol era suya. Primero al 37, con una definición de clase, y luego en el tiempo añadido, con otro disparo que dejó sin respuestas a la defensa francesa. El 0-4 al descanso era un escándalo. Inglaterra había descosido a Francia en 45 minutos.

Pero el fútbol tenía reservado un segundo acto lleno de volteretas. Didier Deschamps, que ese sábado se despedía de la selección francesa tras 14 años, movió el banquillo con la desesperación de un náufrago. Dio entrada a Dembélé, Barcola y Upamecano, y Francia se transformó. Al minuto 48, Mbappé recortó distancias con un disparo que olía a remontada. Seis minutos después, Barcola, asistido por el delantero del Real Madrid, puso el 2-4. El Hard Rock Stadium, que había sido un funeral galo, empezaba a vibrar. Y en el 66 Mbappé, que había llegado a Miami con la misión de escribir su nombre en la historia, firmó su doblete. Con el 3-4 Francia estaba a un gol del milagro.

Entonces, el partido se convirtió en un tiroteo. Michael Olise, que había bajado a la creación para buscar a Mbappé, empezó a descoser a Inglaterra. Los Tres Leones sudaban, corrían y se agarraban al marcador como un clavo ardiendo. Pero cuando el empate parecía inevitable, Saka completó su triplete desde el punto de penalti, en el minuto 87. Era el golpe que rompió el sueño francés. Dembélé, en el sexto minuto de descuento, puso el 4-5 y encendió la llama de la esperanza. Pero Jude Bellingham, el líder del futuro y del presente de Inglaterra, se abrió paso entre la defensa francesa y sentenció en el minuto 98. Era el 4-6, el bronce para Inglaterra, su mejor resultado en un Mundial desde que ganó la copa Jules Rimet en 1966.

La estadística, fría e implacable, refleja lo que los ojos vieron. Diez goles, la cifra más alta en un partido de Copa del Mundo desde el 10-1 de Hungría contra El Salvador en 1982. Y el récord absoluto de goles en un partido por el tercer puesto. Bukayo Saka, con su triplete, se convirtió en el héroe de la noche. Kylian Mbappé, con su doblete, alcanzó los 22 goles en Mundiales, superando a Lionel Messi como el máximo goleador histórico del torneo. Y Jude Bellingham, con su gol en el ultimo suspiro, cerró el torneo con siete dianas, la cifra más alta jamás alcanzada por un jugador inglés en una sola edición.

Cuando el árbitro pitó el final, Inglaterra celebró como quien acaba de ganar un título. Francia, en cambio, se marchó con las manos vacías, pero con la sensación de que, al menos, habían dado una lección de orgullo. El partido por el tercer puesto, ese que nadie quiere jugar, se convirtió en la fiesta que nadie olvidará. Diez goles, dos récords y una tarde nublada de locura en Miami. Porque en el fútbol, a veces, el consuelo sabe a gloria.

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