Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El coro

Se puede asegurar que el coro de voces y sonidos es lo que distingue desde las gradas a los Centroamericanos

Autor:

Juventud Rebelde

Cuando se asiste a un evento multideportivo, también se ve vive un espectáculo multinacional, multipopular y, sobre todo, multisonoro.

La multiplicidad está dada, por supuesto, por la diversidad de países. Lo que pasa es que esa diversidad se proyecta en otra variedad: la de todo tipo de exclamaciones y ruidos para acompañar a cada equipo.

Y aquí aparece la singularidad cultural de cada país. Se puede asegurar que el coro de voces y sonidos es lo que distingue desde las gradas a los Centroamericanos. Cada país se identifica por la forma de crear y por los instrumentos que portan los visitantes, de acuerdo también a sus tradiciones y posibilidades.

Hay naciones centroamericanas que acompañan a los suyos con un ¡uh, ah! y el nombre de los atletas. Otros marcan su presencia con una cadencia en sílabas. Es el caso de los aztecas, por ejemplo, que hacen una división donde cada sílaba se pronuncia con fuerza. Es así que escucha el ¡Mé-xi-co!¡¡Mé-xi-co! que tantas veces ha resonado y resonará con cada éxito del hermano país. Los cubanos, por su lado, lo hacen con la tradicional partición de ¡Cu-ba!, donde la «u» se acentúa para proyectar con fuerza la sílaba siguiente y otorgar al nombre patrio una musicalidad muy propia.

Con los dominicanos, todavía estamos averiguando. Lo que si marca el coro de los quisqueyanos es el ¡eh! interminable con la repetición del nombre del atleta. Ese coreo se acompaña con tambores; pero si vamos a hablar de música el premio alto se lo lleva Puerto Rico.

Los boricuas van con panderetas, tambores y cuanto instrumento puedan llevar para corear ya no con palabras, sino con un tam-tam que ha terminado por identificarlos sin mediar palabras.

Lo interesante es que ellas sí aparecen cuando consideran que un juez o un atleta ha cometido una arbitrariedad con su representante. Entonces, el ritmo de los tambores adquiere una intensidad desafiante y los isleños se levantan de los asientos con un estribillo que dice: «Oye/soy boricúa/pa’que lo sepas».

Sin embargo, la reina de coros son las trompetas. Son plásticas, de distintos colores: verdes, amarillas, azules, rojas. Las ofertan vendedores ambulantes que han tenido su fiesta de primavera con ellas, y las compran todos los pueden y quieren, incluso los ancianos.

El cuadro final es un ritmo ensordecedor y anárquico que se escucha a todo minuto y lugar. Te pitan sobre tu cabeza. Te pitan al lado. Te pitan en el frente. Te pitan a todo pulmón y con los cachetes a punto de reventar. Te pitan, incluso, cuando estás encerrado en el baño, justo en el momento que más concentración biológica necesitas. Es la fiesta de los vientos.

Por eso, aunque quisieras, tienes que hacerlo, porque no hay más remedio: poner una cara de piedad cuando escribes la nota del día y sientes que te ponen un objeto delante. Alzas la vista, intrigado para descubrir con horror a un niño de diez años, que lleno de felicidad te mira antes de soltarte pegado al oído el ruido de trompeta más largo y feliz del mundo. 

 

 

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.