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La era está pariendo el primer triunfo de Klopp

El combinado teutón encontró en el Allianz Arena su primera victoria y un motivo para creer 

Autor:

Ruben Darío García Caballero

 

Jürgen Klopp siempre ha tenido algo de profeta en el desierto. Lo fue en Mainz, donde ascendió a un club sin historia; lo fue en Dortmund, donde tumbó al gigante bávaro; lo fue en Liverpool, donde convirtió la duda en fe. Pero desde que aceptó el desafío de resucitar a Alemania, el desierto se le había vuelto un lugar incómodo. Un empate agónico ante Países Bajos y una derrota humillante ante Grecia en Augsburgo habían dejado su sombra preguntándose si aún quedaba algo de aquel entrenador que hacía magia con lo ordinario. Necesitaba una señal. Necesitaba un parto. Necesitaba que esta era, su era, pariera más que un corazón, un triunfo.

Y el parto llegó este jueves en Múnich, ante Serbia, en un Allianz Arena que aún olía a funeral. Klopp revolucionó el once: debutaron Jonas Urbig en la portería y Derry Scherhant en la banda, Gnabry lucía el brazalete y Wirtz, el hombre llamado a heredar el trono de Kroos, se echó el equipo a la espalda. Alemania empezó como un vendaval. Pavlović disparó al borde del área, Woltemade tuvo dos mano a mano con Petrovic, Gnabry se topó con el portero y Wirtz estrelló un balón en el poste. Serbia apenas respiraba, y cuando lo hizo, fue a través de un contragolpe que Nedeljković no supo culminar. El gol parecía cuestión de tiempo.

Llegó en el minuto 39, justo cuando la grada empezaba a removerse en sus asientos. Wirtz recibió entre líneas, se internó en el área, amagó el disparo una vez, luego otra, y cuando la defensa serbia se rindió al desconcierto, sacó un latigazo que Petrovic no pudo atrapar. El rechace quedó muerto en el área chica y allí apareció Tom Bischof, 21 años, segundo partido con la absoluta, para empujarla. El Allianz explotó. Bischof corrió hacia la banda con los brazos abiertos, y Klopp, desde el banquillo, apretó los puños y sonrió. No era la sonrisa del que gana, sino la del que empieza a entender que su equipo, por fin, responde.

La segunda parte fue un ejercicio de control. El Mala, otro debutante, entró por Gnabry y se sumó a la fiesta con desparpajo. Scherhant estrelló dos balones en la red exterior, Woltemade falló un gol cantado bajo palos, pero Alemania no necesitaba más. En el minuto 61, Mittelstädt desbordó por la izquierda, encontró a Wirtz en el área y el mediapunta del Liverpool, con un regate hacia atrás que dejó sentado a Babic, firmó el 2-0 con un disparo raso. Wirtz, que había sido el capitán en la segunda parte, cerró una actuación de diez. Cuando el árbitro pitó el final, el Allianz Arena cantó como no cantaba desde hacía meses.

Necesitaba un balón de oxígeno esta Alemania. Y eso es exactamente lo que ocurrió en Múnich: una era, la de Klopp, empezó a parir su primer triunfo. No fue un parto limpio, ni indoloro, ni rápido. Fue un parto de esos que dejan exhausto al padre y a la madre, pero que al final trae al mundo algo que respira, que llora, que vive. Alemania no es aún el equipo temible que fue, pero parece ha dejado de ser el enfermo que era. Klopp ha encontrado en Wirtz a su arquitecto, en Bischof a su sorpresa, en Urbig a su guardián temporal. El domingo visitará Salónica con la misión de vengar la derrota de Augsburgo.

La era está pariendo. Y el primer vagido suena a fútbol, a presión, a futuro. El porvenir, ese que se caía en cualquier selva del mundo, empieza a sostenerse sobre los hombros de una Alemania que, tarde pero por fin, sonríe.

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