Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Londres: un año

Autor:

Luis Luque Álvarez

Foto: AP HACE un año exactamente, justo cuando el huracán Dennis se aprestaba a golpear a nuestro país, el dúo anglo-australiano Air Supply ofrecía un concierto ante 100 000 personas en la Tribuna Antiimperialista José Martí. Pocos olvidarán que, en un momento, las melodías de amor cesaron, y el cantante Russell Hitchcock tomó en sus manos una bandera británica para tributar honores a las personas que perdieron la vida en los atentados terroristas de aquel día en Londres...

La cifra de 52 fallecidos es ciertamente fría. Números no son personas.

Otra es la sensación si decimos, en cambio, que Samantha Badham y Lee Harris, muertos en Russell Square, habían dejado el auto y tomado el metro para, después del trabajo, ir a cenar y celebrar sus 14 años como pareja. O que la inmigrante ghanesa Gladys Wundowa, de 50 años, regresaba de sus labores de limpieza en un colegio y murió en la explosión del ómnibus en Tavistock Square. Dejó dos hijos. O que Lee Baisden, de 34 años, miembro de una brigada contra incendios, era el único apoyo afectivo y económico para su madre, enferma de esclerosis múltiple. Él falleció en el estallido de la estación Aldgate.

Todos tenían su historia, sus preocupaciones, sus alegrías. Y perdieron la vida de pronto, de un chispazo, en un absurdo...

Los cuatro victimarios, fanáticos extremistas, tenían entre 19 y 30 años, y pasaban por personas corrientes. Mohammed Sidique Khan, por ejemplo, era profesor en Leeds, tenía una niña de ocho meses y esperaba otro hijo. «No parecía un extremista. No era del tipo de los que hablan de religión. En general, era una persona muy agradable», reveló un vecino.

Tales individuos creyeron que, haciendo correr la sangre en Londres, le harían un favor a Alá y darían un golpe al injerencismo del gobierno británico en el mundo musulmán.

Ni lo uno, ni lo otro.

El primer ministro Tony Blair sacó las conclusiones equivocadas de aquella jornada fatídica. A semejanza de su par norteamericano, creyó que los terroristas habían atacado porque «odian nuestros valores y nuestra forma de vida». Y no recordó que Gran Bretaña estaba metida de lleno en una guerra ilegal en Iraq, donde los militares británicos han torturado y asesinado a civiles. Ni que su país se lava las manos ante la presencia militar israelí en los territorios palestinos, un problema del que el Reino Unido tiene responsabilidad histórica. Ni que en este preciso momento se incrementa el número de tropas de Su Majestad (podría llegar hasta 3 300) en Afganistán, una nación a la que Washington lanzó sus Tomahawks y luego pidió a sus socios que lo ayudaran con el reguero.

La pregunta de hoy es la misma de hace un año: ¿Por qué las bombas de los fundamentalistas islámicos no estallan en Estocolmo o en Oslo, si allí también comparten los mismos «valores y forma de vida» que en Londres...?

Y la respuesta podría ser también otra interrogación retórica: ¿Dónde están los militares suecos y noruegos, sino dentro de sus fronteras nacionales?

Ha transcurrido un año, sí. Y es cierto que no ha habido más atentados en las riberas del Támesis. Las autoridades se precian de haber tomado medidas eficaces, como la apertura de ocho oficinas regionales del servicio secreto (MI5), el reclutamiento acelerado de nuevos agentes, la vigilancia más estrecha a unos 1 200 sujetos sospechosos y los enlaces con agencias de otros gobiernos.

Peter Clarke, jefe del ala antiterrorista de la Policía Metropolitana, afirma que han abortado al menos otros tres intentos de atentados y añade que su departamento ejecuta unas 70 investigaciones en la ciudad, en todo el Reino Unido y alrededor del mundo, pues «a menudo la defensa de la capital comienza a miles de millas», confiesa a la BBC.

Sin embargo, el exceso de sigilo no se traduce necesariamente en seguridad. A veces puede tener su expresión en nuevos crímenes, como el del joven brasileño Jean Charles de Menezez, cosido a disparos en el suelo en la estación de Stockwell el 22 de julio de 2005, por resultarle «raro» a la policía.

Evidentemente, se trata de poner una venda, no de prevenir la enfermedad. Pero de poco valen las decenas de miles de cámaras instaladas en las calles de Londres —¿acaso habrá algún día un vigilante por cada cámara?—, o los controles más estrictos del servicio secreto. Si una persona —una sola en una urbe de 7,5 millones— se propone causar daño, máxime si pretende hacerlo mediante el suicidio, muy pocas probabilidades habrá de impedírselo.

Y las bases para que ocurra están ahí, intactas. Que obstinadamente el gobierno británico las ignore no es, entonces, el mejor homenaje a Samantha, a su compañero Lee, a la humilde Gladys, al joven Lee Baisden...

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