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Una justificación «perfecta»

Diez años han transcurrido luego de los hechos del 11 de septiembre de 2001, acontecimiento atroz usado hasta hoy por Estados Unidos como pretexto para sus guerras contra el mundo

Autor:

Yailé Balloqui Bonzón

Terrorismo, guerra, muerte, dinero, petróleo: cinco términos que definieron el inicio del siglo XXI, políticamente hablando. Horas después de que las impactantes imágenes del desplome de los emblemáticos edificios del World Trade Center, en Nueva York, recorrieran todo el mundo, este dio un estrepitoso vuelco que marcó el inicio de una nueva era política.

Era la mañana del 11 de septiembre de 2001 y la rutina que marcaría la vida ese día se interrumpió por algo nunca antes visto.

Todo sucedió en un lapso de menos de dos horas. Un primer avión impacta contra una de las también llamadas torres gemelas y todo aparecía como un trágico accidente. Pero cuando apenas habían pasado 18 minutos y las grandes cadenas de televisión mostraban el desplome, el planeta miraba espeluznado, en vivo, la explosión de otro Boeing 767 de la United Airlines contra la segunda torre del World Trade Center, y todo quedaba más claro. Se trataba de un atentado terrorista perfectamente planeado.

Minutos después otra explosión se reportaba desde el lugar considerado, hasta ese momento, más seguro del planeta. Un supuesto tercer avión se estrellaba contra el Pentágono.

De otras dos naves se hablaría luego, las cuales, según se dijo, fueron derribadas al desviarse de su ruta de vuelo. No poco se ha especulado sobre la veracidad de estos últimos ataques: un Jumbo 747 impactaba cerca de la residencia del presidente George W. Bush en Camp David, en el estado de Maryland. Y el otro en Pittsburgh, Pensilvania. ¿El saldo general? Cerca de 3 000 fallecidos, cientos de heridos, pérdidas millonarias y el escenario perfecto para que Washington abriera sus cortinas y mostrara en escena el inicio de su escalofriante «guerra contra el terrorismo». Desde entonces, esa ha sido la piedra angular sobre la que se ha erigido la política intervencionista de Estados Unidos contra el mundo.

«America is under attack»

EE.UU. era golpeado así, por primera vez en su historia, dentro de su propio territorio. Para algunos, los hechos solo tenían paralelo con la derrota sufrida por el ejército norteamericano tras el bombardeo japonés de Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941.

Junto a las imágenes de los edificios colapsando, las palabras que los servicios de seguridad le susurraron luego al oído a George W. Bush dieron también la vuelta al mundo: «America is under attack! (¡Estados Unidos está bajo ataque!)».

Asistía entonces el Presidente, durante esa mañana, a la escuela primaria Emma E. Broker, en Sarasota, Florida, donde participaba en un encuentro con estudiantes. Les leía a los pequeños un cuento sobre una cabra cuando recibió el anuncio, y con extraordinaria sangre fría, sin indagar apenas sobre lo que ocurría, continúo su «amena» lectura durante otros siete minutos.

Los escombros del World Trade Center todavía humeaban y las cuantiosas víctimas no habían podido ser identificadas, cuando Bush ya declaraba su hasta hoy sonada «guerra contra el terrorismo».

«Guiaremos al mundo hacia la victoria», aseguró entonces dejando muy claras dos posiciones: la primera, que no se trataba solo de un desafío militar. Y otra no menos peligrosa: quien no aplaudiera su incipiente show y pasara a formar parte de este, estaba expenso a recibir duros castigos. Bush planteaba algo así como: con EE.UU. o contra él.

Cuatro puntos esenciales marcaron la estrategia que sacó a la luz la Casa Blanca y con la que, según ellos, lograrían la victoria. En una de sus primeras declaraciones a raíz de los acontecimientos, enfatizaba en esa cuarteta de «puntos claves»: combatir al «enemigo» en el exterior; impedir a los «terroristas» que obtengan el apoyo de otros estados; impedir a los «terroristas» el acceso a las armas de destrucción masiva; y extender la «democracia».

Claros acápites que le abrirían las puertas para intervenir en cualquier rincón del planeta usando cuanto recurso, material o humano, estuviera a su alcance. Solo tendría que estimar que allí existían «terroristas», o se ayudaba a estos, sin haber quedado clara jamás, en ninguna instancia, la definición del término. ¿Qué se considera «terrorismo»? La pregunta sugiere muchas respuestas. Sobre todo cuando se recuerda el terrorismo de Estado practicado por la potencia, y las injustas guerras y listas negras conformadas por Washington al socaire del combate contra el flagelo. Nadie podrá entonces cuestionarse por qué se denuncia que en la materia, rige un doble rasero.

Afganistán, Iraq...

Afganistán fue el primer objetivo. Bajo el pretexto de encontrar a quien se declaraba autor intelectual de los atentados del 11 de septiembre, Osama bin Laden, líder de la red Al-Qaeda, Washington inició la intervención en esa nación asiática el 7 de octubre de 2001.

Impedir el acceso de «los terroristas» a las armas de destrucción masiva, las cuales, aseguraba EE.UU., se fabricaban en Iraq, fue la justificación para lanzar, en marzo de 2003, su ofensiva contra esa nación babilónica. Nadie tampoco halló jamás rastro alguno de esas armas y en más de una ocasión la Casa Blanca ha asegurado que «se equivocaron». El único objetivo real, como se conoce, era el ansia del control petrolero de la zona, una de las mayores reservas del mundo.

Así, el 20 de septiembre de 2001 Bush advertía que la «guerra contra el terrorismo», que había comenzado con la presunta obsesión por capturar a Osama y desarticular a Al-Qaeda, no terminaba ahí, sino cuando «todos los grupos terroristas de alcance global sean identificados, detenidos y derrotados».

Una década después, ese «objetivo» sigue siendo esgrimido por la actual administración estadounidense para imponer su presencia allí donde puede asegurarse el dominio de recursos naturales.

Pero tales ¿logros? han tenido también su costo para EE.UU. La denuncia de los atroces métodos de detención y tortura aplicados a prisioneros, sobre los que ni siquiera constaban acusaciones, los vuelos y cárceles secretos, han oscurecido aún más la imagen de la superpotencia y, de alguna manera, debilitan su poder. Sobre todo porque no puede hablarse todavía de la «estabilidad» perseguida tanto en Afganistán como en Iraq.

Los crecientes gastos en defensa, además, han contribuido a hinchar el déficit presupuestario y la deuda nacional. A todo ello hay que sumar la estrepitosa cifra de seres humanos que han fallecido en ambas contiendas. Nadie duda de que ha mermado su credibilidad política.

Sin embargo, si se toma en cuenta la verdadera razón para la intervención en Iraq y Afganistán, resplandece claramente que Washington sí logró su principal propósito: apoderarse de esa vasta región petrolera y plantarse en la zona, muy importante también desde el punto de vista estratégico.

Teoría de la conspiración

Han transcurrido diez años y aún quedan muchas preguntas sin responder sobre lo que realmente sucedió el 11 de septiembre de 2001, y las teorías conspirativas siguen sonando con fuerza. No faltan voces que señalan los hechos como una suerte de autoatentado que serviría a Estados Unidos para seguir justificando su postura como gendarme mundial.

Algunos meses después de las explosiones, cuando el planeta despertaba del letargo en que lo había sumido el espanto, comenzaron a emerger detalles, según los cuales la versión oficial del atentado constituía un falaz montaje para justificar todo lo que sobrevino luego.

En un documental que se estrena este 11 de septiembre, y al que la revista The Daily Beast tuvo acceso, el ex asesor de la Casa Blanca en materia de terrorismo, Richard Clarke, pone al descubierto numerosas inconsistencias que revelan que autoridades dentro del Gobierno estadounidense encubrieron lo sucedido. Según el hoy miembro del Consejo Nacional de Seguridad, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) sabía perfectamente de las actividades de dos de las personas presentadas como autoras de los ataques, quienes ingresaron a Estados Unidos casi dos años antes de los hechos.

Clarke, que sirvió bajo las administraciones de Ronald Reagan, George Bush (padre), Bill Clinton y parte de los dos mandatos de W. Bush, acusa a la CIA y a su entonces director y su amigo, George Tenet, de encubrir a los terroristas que secuestraron los aviones con los que se perpetraron los ataques.

Anteriormente ya se había dado a conocer por parte de la revista Newsweek, citando fuentes al interior de las agencias de inteligencia, que la CIA sabía que dos miembros de Al-Qaeda, Nawaf al-Hazmi y Khalid al-Mihdhar, habían entrado a Estados Unidos. La CIA, negligente o conspirativamente, no comunicó esta información al FBI ni a otras dependencias del Gobierno, bajo la justificación de que la Agencia intentaba reclutar a estos hombres, quienes vivían en California usando sus propios nombres.

La CIA, por supuesto, desmintió todo lo relatado y afirmó en una declaración que «Clarke fue un alto funcionario público que sirvió a su país por muchos años, pero sus últimos comentarios sobre lo que siguió al 9/11 están profundamente equivocados».

Avanza el siglo XXI y Estados Unidos sigue con la viga en el ojo, buscando la paja que no existe en el ojo ajeno.

¿Cómo llamarles a quienes han asesinado a miles de personas en Iraq y Afganistán? ¿No se podría definir como terrorista a quien sustenta y apoya a Israel en su genocidio contra el pueblo palestino? ¿Y a quien tortura y masacra en ilegales cárceles como la que mantiene en Guantánamo o la otrora Abu Ghraib? ¿Y los bombardeos contra Libia?

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