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Un carnaval inconforme, para un Brasil indignado

De Michel Temer como vampiro hasta comparaciones con la Revolución Francesa, la política fue la alegoría principal del carnaval de Brasil de este año

Autor:

Caroline Amaral Coutinho

Las venas abiertas de Brasil ahora son de purpurina y tambor. Este año, el país dejó de lado los homenajes que antes brillaban en el sambódromo, para exhibir al mundo su realidad pura y dura. Cinco de las 13 escuelas llevaron la crítica social y política como tema de sus desfiles.

Tras un año político trastornado por la corrupción y la desilusión democrática, el evento más simbólico de la identidad brasileña recuperó el espíritu crítico sobre los diferentes problemas que enfrenta el país hoy. La escuela Paraíso de Tuiuti, con el tema sobre los 130 años del fin de la esclavitud en el país, terminó su performance con la imagen de un saco de dinero donde se imponía un personaje disfrazado de vampiro con la cara del presidente Michel Temer. A su lado, bailaron los conocidos «manifantoches», representando a los manifestantes de ultraderecha, con manos gigantes que los manipulan desde arriba.

El espectáculo de Beija-flor, la escuela victoriosa de este año, fue aun más intenso y sin brillo. Comparó la realidad brasileña a la monstruosidad de la obra Frankenstein, de Mary Shelley. La escuela no excluyó de su retrato la violencia en las favelas y en las prisiones, el tráfico de drogas, la tragedia de las víctimas de las balas perdidas en tiroteos entre policías y criminales. Toda esa realidad, observada desde arriba por el creador del monstruo, personajes de traje, cuello y corbata, con reales —la moneda brasileña— enterrados en los bolsillos.

Entre otras críticas se incluyen la crisis migratoria actual, el lugar de la mujer negra en la sociedad, el recorte de fondos para el carnaval en Río de Janeiro y, en Sao Paulo, una comparación de las protestas Vem pra rua (ven para la calle) con la Revolución Francesa.

La visualidad del aumento de temas e interpretaciones polémicas fue innegable en este carnaval, cuyo desfile en el sambódromo concluyó el martes y fueron premiados el miércoles, aunque las fiestas continúan. La Prefectura de Río de Janeiro estimó en seis millones los visitantes al carnaval, con 1,5 millones de ellos extranjeros. Sin mencionar los millones de brasileños que tienen como tradición seguir a sus escuelas preferidas por la televisión.

En esta ocasión, los foliões (los que celebran el carnaval) no vieron por la pantalla una distracción que ocultó los problemas del país, como se dice corrientemente, porque ha sido un carnaval inconforme para un Brasil indignado.

Históricamente, la cultura de la protesta siempre anduvo al lado del humor y de la sátira en Brasil. Para el investigador en el tema del carnaval y profesor de marketing de masas, José Maurício Conrado, entrevistado por la revista IstoÉ, «la risa es un arma muy poderosa». Afirma Conrado que los carnavales, en general, tienen una «vena de crítica social» y, en reflexión sobre este año electoral y las polarizaciones ideológicas, estos temas políticos «aparecen con más fuerza porque hay cambios en curso».

El ejemplo emblemático del casamiento entre samba-enredo y política es el desfile de Beija-flor en 1989, que coincidentemente, también fue un año de elecciones. En su espectáculo, los bailarines vestían fantasías hechas con materiales de basura, y pasaba el icónico Cristo Redentor tapado por bolsas negras de plástico.

Las palabras de Joãosinho Trinta, el creador del desfile de Beija-flor, recuerda el poder social del carnaval con un gusto de repetición histórica. «Este enredo (trama coreografiada) es una protesta contra la gran maldad que están haciendo con nuestra tierra, nuestra gente, nuestro Brasil. Sabemos hacer carnaval y que sea a través de él que la gente proteste».

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