Igor Stravinski en La Habana. Autor: Adán Iglesias Publicado: 30/03/2026 | 05:10 pm
El gran compositor ruso Igor Stravinski estuvo en La Habana en tres ocasiones y en cada una de ellas dirigió a la Orquesta Filarmónica en el Auditórium, hoy Teatro Amadeo Roldán.
En una de esas visitas coincidió con el pintor cubano Wifredo Lam, quien venido de Europa a consecuencia de la II Guerra Mundial se instala primero en la barriada de Jesús del Monte y luego en el reparto Buen Retiro, Marianao. Allí, en su casa de la calle Panorama, número 42, lo visita una mañana el autor de La consagración de la primavera. Recordaría Lam aquel encuentro:
—Mi casa era de mampostería y de paredes muy anchas, pero el techo estaba en pésimas condiciones. Stravinski vino acompañado de su mujer. Tenía una herida en la cabeza, cubierta con esparadrapo. La conversación se animó con diferentes temas, algunos de carácter estrictamente personal. La señora Stravinski tenía una galería de pintura en San Francisco para distraerse mientras su marido componía, y hablaba ella con mucho entusiasmo, pero yo no podía prestarle toda mi atención. Mis ojos iban de la cabeza de Stravinski al techo, y pensaba: como caiga un trozo de repello, va a acabar de romperle la cabeza a este hombre y van a pensar que es un atentado.
Tal preocupación me asaltó porque unos días antes había hecho una visita a un babalao con Lydia (Cabrera), (Piere) Lob y (Piere) Mabile. El brujo me dijo que me cuidara de accidentes. Desde que llegué a casa empezó a inquietarme el techo de la sala. El repello del cielo raso estaba a punto de venirse abajo.
Tras la visita de Stravinski y su mujer, pasé la tarde trabajando, y entrada la noche me fui a acostar. A la media hora un estruendo parecido al que produce el choque de dos camiones me hizo saltar de la cama; el cielo raso de la sala había caído estrepitosamente. El babalao me lo había dicho, pero estaba a salvo. Cuando se lo conté a Lydia y ella vio el desastre, sonrió sin decir palabra.
Quiere recordar el escribidor que fue en esa casa de la calle Panorama (actual 39) donde el artista pintó su obra más célebre, La Jungla. Cuando la acometió, dijo el pintor, «no tenía mucha plata», por eso fue pintada sobre papel kraft de envolver y posteriormente montada sobre tela. Hoy está valorada en más de un millón de dólares.
Una llave para Hemingway
Ernest Hemingway regresaba de Europa, el trasatlántico en que viajaba haría escala en Matanzas y la alcaldesa local quiso rendirle homenaje.
Nada le pareció mejor que hacerle entrega de la llave de la ciudad, y escogió para ello a una empleada del Ayuntamiento, Carilda Oliver Labra, que había publicado ya su primer poemario; una mujer en la flor de su edad y de belleza arrebatadora. Debía ella además, en la ceremonia de entrega, pronunciar un breve discurso en inglés.
Todo salió como estaba previsto. Dijo Carilda sus palabras y entregó el reconocimiento, una tosca y pesada llave de acero níquel, embutida a como fuera en una caja de madera, precisaba ella, y el autor de Adiós a las armas y Tener y no tener agradeció la distinción.
Luego, en un aparte, dijo a la futura poeta de «Se me ha perdido un hombre»:
—Usted no va a necesitar de esa llavecita para abrirme el corazón.
Muchos años después, Carilda recordaba que Hemingway le dijo que sus ojos verdes tenían la misma sensualidad de los de Marlene Dietrich, y tirándose a fondo, la invitó a que pasara unos días en su casa de Finca Vigía, en La Habana.
—Pero yo no fui —concluía ella su evocación de aquel primer y único encuentro con el narrador de El viejo y el mar, y al decirlo, toda la picardía del mundo se le agolpaba en aquellos ojos verdes.
Lorca y el señor Oplsio
Transcurre la primavera de 1930 y está en La Habana el poeta granadino Federico García Lorca que vino, invitado por Fernando Ortiz, a ofrecer una seria de conferencias en la Institución Hispano Cubana de Cultura que presidía el autor de Hampa afrocubana. Se aloja en el desaparecido hotel La Unión, en la esquina de Cuba y Amargura.
En la misma época llega a nuestra capital el musicólogo español Adolfo Salazar, «el señorito musiquito Adolfito Salazar», como le llama Federico, una de las cumbres de la crítica musical en el siglo XX.
Todas las mañanas, tan pronto sale de la cama a eso de las once, el poeta pide comunicarse con Salazar, que se aloja en el hotel Nueva York, en Dragones y Amistad, pretextando siempre razones de suma urgencia. Como la telefonista del hotel de Salazar es norteamericana y dura de orejas para el idioma español, Federico se las arregla para sacarla de sus casillas con los nombres más desconcertantes.
—Dígale que es de parte del señor Oplsio —dice un día.
Como con eso de Oplsio la buena muchacha se queda en Belén con los pastores, el poeta insiste en deletreárselo.
—O, de onomatopeya; p, de panormita; l, de ludubrio…
La telefonista lo corta de golpe.
—Señor Salazar, es ese hombre tan raro que telefonea todas las mañanas.
Nuestro hombre en Isla de Pinos
En Llover sobre mojado, su libro de memorias, el narrador cubano Lisandro Otero recuerda esta anécdota de Graham Green, el novelista británico, autor entre otros muchos títulos de El revés de la trama y Nuestro hombre en La Habana.
Esa vez la historia transcurrió en la Isla de Pinos. Se hallaban alojados ambos en el hotel Colony y Greene comentó que un caballero jamás bebía antes del mediodía.
Al día siguiente, muy temprano, Lisandro fue a buscarlo a su habitación para desayunar y lo encontró con un vaso de whisky en la mano.
Le recordó su aseveración del dia anterior.
—Es que yo, amigo mío, me guío por la hora de Londres —respondió Greene.
Caruso y los tabacos
Visita el gran Caruso, durante su estancia en La Habana, la fábrica de Partagás y los operarios no ocultan su júbilo, pero dice una de las torcedoras que no podrán apreciar en el teatro su voz de tenor «rica, redonda, dorada y suave» porque el precio de las lunetas está por encima de sus posibilidades. Veinticinco pesos es más de lo que ganan; una cantidad con la que, en ese tiempo, puede mantenerse durante un mes una familia de cuatro personas.
El divo recordó tal vez su niñez miserable en Nápoles y sin pensarlo mucho se encamó en la mesa del lector de tabaquería para cantar La donna é mobile. Se dice que el astro del Metropolitan de Nueva York, a quien apenas le quedaba un año de vida, cantó como nunca.
Los tabaqueros hicieron sonar sus chavetas contra la mesa y la ovación, estruendosa, se prolongó durante más de diez minutos. Agradecía el cantante el cumplido cuando una lluvia de habanos comenzó a caer a su alrededor, unos mil Romeo y Julieta que, en Cuba, decía Caruso, sabían mejor que en otras partes porque estaban acabados de hacer.
No dejaré ninguno en el piso… sería un desaire para con quienes me los obsequiaron de tan cubanísima manera. Y además valen muy caros, dicen que comentó.
El violín de hospital
Resulta que, durante una de sus estancias en La Habana, —estuvo en 1942, 1947 y 1949— al gran violinista Jasha Heifetz sufrió un serio percance en el escenario del Auditórium, de Calzada y D, en El Vedado.
Interpretaba el Maestro el Concierto Opus 77 para violín y orquesta de Johannes Brahms cuando se partió una cuerda de su instrumento, un Stradivarius, por supuesto.
Cuando ocurre un incidente de ese tipo, el primer violín de la orquesta cede el suyo al concertista. Eso hizo Emilio Hospital. Se puso de pie y entregó a Heifetz su violín, que distaba mucho de ser el Stradivarius del invitado.
Era Hospital un intérprete cubano muy destacado que había probado su valía también en la música popular, como reconoce Alejo Carpentier en una crónica que en 1932 publicó en la revista Carteles. Heifetz, por su parte, era fan del cabaret Tropicana, y allí, «en nota», descargaba de lo lindo con su violín.
Esa es otra historia. Digamos ahora para cerrar esta página, que la noche del incidente de la cuerda partida, mientras compartía unas cervezas con el poeta José Lezama Lima en el bar del restaurante El Jardín, comentaba Emilio Hospital:
—Yo no sabía, Lezama, que mi violín sonaba tan bien.
