Las elecciones del pasado 27 de octubre tendrán un peso decisivo en el futuro sociopolítico de Israel. Autor: Washington Examiner Publicado: 31/10/2026 | 10:34 am
Todo indica que Benjamín Netanyahu, el primer ministro del régimen genocida del apartheid sionista israelí, acaba de sufrir una derrota electoral que le puede costar el puesto. Después, pudiera ser finalmente juzgado y hasta condenado a prisión en uno de tres juicios pendientes en Israel. Incluso, si se pone fatal, puede no ser apresado en cumplimiento de la orden de captura emitida por la Corte Penal Internacional, bajo el cargo de Genocidio.
Este jueves, sin embargo, a punto de publicarse el conteo final de votos emitidos en los comicios del pasado martes, sacó a relucir su maestría en el arte de mentir y gritó a viva voz: «Fraude! ¡Nos robaron las elecciones!». Ya sabe que perdió.
Todo el que lo escuchó pensó lo mismo: «Igualito que Trump». Y eso que el inquilino de la Casa Blanca anunció a la prensa que el apoyo personal a «su amigo Bibi» lo ayudó a frenar la pérdida de votos.
En realidad, los dos aliados de la temeraria aventura bélica lanzada hace ocho meses contra Irán —un bochornoso y muy costoso fracaso militar— están en serios aprietos. Trump anda igualmente atareado en impedir un descalabro semejante en los comicios legislativos del próximo 3 de noviembre y de poco le sirvió el apoyo a su compinche israelí. Juntos han estado coqueteando con lanzar otro ataque a Irán. A Netanyahu le cortó el paso el jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, quien dijo No. Ni hablar.
Hubo numerosos judíos, residentes en el exterior, que viajaron a Israel para votar contra Netanyahu, en una muestra del hartazgo con sus trampas y la inmoralidad de su régimen extremista y criminal. El genocidio y la limpieza étnica en Gaza, el despojo y colonización en Cisjordania y Jerusalén Oriental han puesto al descubierto la esencia y verdadera función de la entidad sionista creada en 1948. El proyecto colonialista de matar, despojar y expulsar al pueblo palestino y sus vecinos árabes de tierras, recursos naturales y posiciones estratégicas para las ambiciones de dominio de sus promotores, está a la vista en vivo y en directo, y ya toda la humanidad paga su costo.
Hay encuestas recientes que reflejan un apoyo de 80 por ciento de la población de colonos judíos al Genocidio. Pero en la mucho más numerosa población judía de la diáspora, Netanyahu y la ultraderecha religiosa provocan un extenso repudio de instituciones e influyentes personalidades. Según dicen, Israel ha perdido apoyo y simpatía en antiguos bastiones de Europa, América y otras regiones.
Está vez, después de 75 años de residir como extraños en las tierras usurpadas de sus antepasados, la población árabe Palestina, subordinada a las leyes del Estado-Nación judío (ciudadanos de segunda clase en su propia patria) decidieron jugar a fondo la carta del voto, el derecho a elegir diputados de sus propios partidos y (a pesar de numerosas limitaciones) ayudar a sacar a Netanyahu del gobierno y del poder.
Las referencias indican que, a diferencia de comicios anteriores, los electores decidieron hacer valer su voto.
Los medios locales han proyectado 53 escaños parlamentarios para el bloque de Netanyahu, 48 para los partidos de la oposición y 19 para los partidos liderados por árabes, que también quieren que Netanyahu salga del poder.
La ley israelí exige que los resultados electorales se certifiquen antes del 4 de noviembre.
El principal rival de Netanyahu, el ex jefe militar Gadi Eisenkot, advirtió que los actores políticos no deberían «aprovecharse de la situación» para influir en la fecha de la toma de posesión del próximo parlamento, prevista para el 10 de noviembre.
Y ese nombramiento por la elección tal vez sea la primera prueba de fuego para una posible alianza informal entre la oposición judía y los diputados palestinos, sin necesidad de constituir una coalición, que requiere acuerdos más difíciles y puntuales.
Son decisiones a corto plazo que pueden marcar el destino final de Netanyahu.
El jueves, Yair Golan, líder del partido Demócratas, acusó a Netanyahu de «intentar socavar los resultados electorales mediante una vil campaña de deslegitimación dirigida en contra de la voluntad del público, y en particular contra el público árabe».
El partido Likud, de Netanyahu, publicó una declaración en la que afirmó: «¡Las elecciones en Israel han sido robadas!», sin presentar pruebas de una supuesta injerencia externa con el objetivo de «facilitar la toma del poder por parte de una potencia extranjera en la Knesset, la islamización de Israel y el derrocamiento del gobierno de derecha».
El hijo de Netanyahu, Yair, se hizo eco de las acusaciones en X, afirmando que Catar, Turquía y otros estados árabes habían robado las elecciones.
Catar rechazó las acusaciones, calificándolas de «ridículas y peligrosas».
Mientras se desarrolla la lucha por la mayoría de 61 escaños necesaria para controlar la Knesset de 120 escaños, Netanyahu sigue al mando, y lo aprovechará para atornillarse al poder.
Los partidos liderados por palestinos, que se presentaron con dos listas electorales separadas, obtuvieron 19 escaños, lo que podría otorgarles un papel decisivo en las negociaciones de coalición.
Ambos rechazaron las acusaciones de fraude y denunciaron que Netanyahu intenta deslegitimar a los votantes árabes con derecho a voto.
Los socios de extrema derecha del Likud en el gobierno saliente fueron aún más lejos.
El ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, instó al Shin Bet (aparato de represión interna) a arrestar a los líderes de los partidos palestinos y a otros presuntamente implicados, incluidos «miembros de los Hermanos Musulmanes y sus afiliados».
Los palestinos con ciudadanía israelí son los sobrevivientes de la Nakba, la limpieza étnica que expulsó a sangre y fuego 800 000 residentes en 1948 y quedaron dentro de las fronteras de facto de Israel.
En la actualidad, su número ronda los dos millones, lo que representa aproximadamente una quinta parte de la población del Estado-Nación, como lo define la ley de 2018.
Aunque poseen la ciudadanía israelí, siguen enfrentándose a la discriminación y la represión estatal.
Persisten profundas desigualdades en materia de vivienda, derechos sobre la tierra, educación y servicios públicos, al tiempo que luchan contra altos niveles de delincuencia violenta y una protección policial insuficiente.
Está vez decidieron jugar la única carta de presión en sus manos para garantizar una vida que les permita luchar desde mejor posición por un Estado Palestino independiente.
