El deporte es una sinfonía, entonarla requiere estirpe.
Detrás de cada paletada, brazada, corrida o remate hay un esfuerzo titánico, horas robadas a la familia, a la diversión, al descanso. Planificación y ciencia. Entrenamiento y un lugar adecuado, implementos con especificidades bien marcadas y, por supuesto, personal especializado. Tal vez se ha repetido mucho, pero todavía falta aquilatar cuánto cabe en el envés de una medalla.
El músculo exige espíritu. Un bíceps sin neurona no gana. Y cualquier resultado exige dedicación, mucha dedicación.
Yo quise ser corredor de largo aliento y discóbolo. Intenté lo primero, corrí algunas madrugadas. Soñé lo segundo, pero ni modo, no era lo mío. Hubiera querido ser estadístico, detrás de cada registro se esconde el humano esfuerzo, el loable esfuerzo de ir un poco más allá. Lo que hoy parece un portento, unos años después resulta el entorno de lo habitual.
Cada cantidad es una calidad de algo.
Me he conformado con escribir, con admirar, con valorar. Y no siento frustración ninguna, porque las letras también saben danzar, estirarse, romper el estambre, estallar. Me gusta escrutar las historias detrás de las medallas alcanzadas, las que todos esperan y las que llegan de pura sorpresa.
En las historias está la sal del deporte, más que en las puras medallas.
Las medallas no llegan por correo según el registro o los títulos que acumule cada quien. Es en la cancha, en la arena, en la pista, en la alberca, donde hay que medirse, donde se demuestra. Algunos fanáticos desbordados olvidan que «juego» es la palabra que preside cada una de estas citas múltiples, como la que ahora mismo tiene lugar en Santo Domingo.
Hay decepciones y confirmaciones en cada cita regional, continental u olímpica. Gozo, drama, lágrimas. Los atletas son tan humanos como todos nosotros, y en consecuencia están sometidos a múltiples avatares en el sector deportivo y en el ámbito social, familiar, íntimo. La enfermedad o la pérdida de un ser querido, por ejemplo, son circunstancias que agregan un reto extra a la preparación cotidiana, a la exigencia habitual.
¿Cuánta fuerza mental ha de tener alguien que se enfrenta a un archifavorito campeón del mundo? ¿Cuánto se requiere para regresar tras una lesión? ¿Qué resortes se han de mover para venir de abajo, con el marcador adverso, a punto de la eliminación?
La opinión es inexcusable en el deporte, pero nunca me han gustado palabras como arrasar o vapulear en ciertos titulares deportivos. No me agradan esos pronósticos (casi mandatos o adivinaciones), de que «debe» ganar. En el deporte no hay debe. Tampoco comparto algunas frases que se escapan ante una derrota inesperada.
El esfuerzo de cada atleta exige respeto, siempre.
No hay bronces dorados ni hay por qué empeñarse en decir que una plata es de oro. Parecería que habría que «dorar» los segundos o terceros lugares. Cada medalla tiene su propio peso, y en no pocas ocasiones, es meritorio estar allí en la final, incluso cuando no se suba al podio. Hay que tener conciencia y hacer conciencia de eso.
Cuba ha llegado aquí tras un esfuerzo clasificatorio complejo. Compite en tierra dominicana, en medio de una crisis múltiple que toca profundamente el tejido y los intersticios de nuestro panorama económico social. No es secreto para nadie. Nuestros atletas están iluminando nuestros largos apagones. Nos ponen la emoción a piel, nos devuelven alegrías, nos enorgullecen.
Presencié eufórico, extasiado, la plusmarca mundial del pesista Daniel Núñez, establecida en los Juegos Centroamericanos y del Caribe efectuado en Cuba en 1982. Tenemos trayectorias colosales, nombres que recién comienzan a brillar, entrenadores legendarios, deportes de gran rivalidad, donde cada paso vale.
No hay que obnubilarse por el medallero.
Que el bosque no impida ver los árboles. Que no se nos pierda la mirada en el mar, sin advertir las olas. Una y otra vez mi aplauso, mi abrazo, mi agradecimiento para cada remero, cada gimnasta, cada judoca, cada luchador, cada tenista, cada atleta que lleva en su pecho la marca mayor, Cuba.
