Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Unos zapatos altos y...

Autor:

Osviel Castro Medel

La vi subir al trono y pensé en los detalles que no se ven en las fotos. Aquel día había luces, música, mesas servidas y un vestido que deslumbraba a los presentes.

Ella, con la corona de princesa y sus zapatos altos, parecía la muchacha más feliz del mundo. Y quizá, ¿quizá? lo era. Sonreía a cada rato, miraba hacia todos lados como si quisiera guardarse el momento en algún lugar del pecho.

Pero los que la llevaron al trono no fueron sus padres. Fueron sus abuelos maternos, divorciados desde hace años.

Mamá y papá no estaban. Miraban, cada uno por su lado, la fiesta de 15 desde otras latitudes mediante la pantalla de un teléfono. Ellos aplaudían desde el otro lado, con esa alegría que se mezcla con la tristeza, con esa sonrisa que sube al rostro cuando no se puede estar donde uno quisiera. 

Y la quinceañera, sabiéndose filmada, buscaba las mejores poses. Sonreía.

Quizá el momento más «fuerte» sobrevino cuando alguien leyó por el micrófono las letras que ella había escrito, con el corazón, para los seres más queridos: para los padres que la miraban desde lejos, para los tíos que tampoco estaban, para sus abuelos, temblorosos de emoción.

Mientras se escuchaba la voz por el altoparlante nacieron lágrimas en algunos ojos, rostros encogidos, silencios. Eran palabras hermosas en las que había gratitud, también ausencia.

Viéndola, bellísima en su trono, me preguntaba en qué momento podrá reunirse con sus padres, cuántos otros cumpleaños pasarán sin ellos, qué sucederá si un día no está la abuela, quien la consiente en todo.

Filosofaba callado sobre los que se van y se llevan esperanzas, sobre los que se quedan y tienen que cargar con una responsabilidad que pesa un mundo o dos. Y en medio de ese reparto permanece una niña que celebra sus 15 y que no debe confundir el desamor con la ausencia.

Pensé, especialmente, en que hay otras historias similares que reflejan complejidades y dilemas, separaciones y esperas, rutas y no regresos. Hay otros hogares en los que viven abuelos que vuelven a ser padres, obligados por las circunstancias; hay otros hijos que se enfrentan a la distancia, para que no se les haga costumbre y pantalla.

Pensé en la fiesta colorida y en aquellos que nunca la tuvieron; en que hay coronas con más peso del que parece; tronos que se vuelven artificios, plazos que no consiguieron cumplirse.

Me dije que ojalá disminuyan los cruces de los océanos, los dolores de las separaciones, los cumpleaños sin padres, los abuelos recargados.

Al final esa niña de seguro aprendió que la vida no se lleva mejor por andar con los zapatos más altos, ni con más fulgor en una prenda. La vida es también lección perenne, apretar una mano y la emoción de un beso.

 

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