Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Océano sin olas

Autor:

Juventud Rebelde

«Agotado el tema después de las medulares intervenciones pasamos a someterlo a votación. Los que estén de acuerdo que lo expresen levantando la mano. En contra. Se abstienen. Aprobado por unanimidad. Un fuerte aplauso».

No hace falta ser el non plus ultra de los eruditos para descifrar que estas voces taladas nacieron en una de esas eventuales reuniones domésticas, símbolos del más grande formalismo.

Fueron malparidas con el mismo signo, aquel que amordaza el lenguaje, lo restringe a una retahíla de vicios expresivos, lo convierte en una brida para el debate o el análisis abierto.

No es tema nuevo. Este propio periódico, en enero de 2005, deslizó en sus planas La lengua enlatada, un reproche a la oración etiquetada y al eslogan envasado en una sola horma.

Pero aquellos trazos incompletos no se posaban demasiado en las locuciones de ciertas asambleas ordinarias, sino en otras formas de decir.

Observaban que la palabra «patraña» tiene 29 significados posibles y, sin embargo, a fuerza de redundancia dogmática, se había tornado casi en imprescindible en algún tipo de oración cotidiana. Advertían, también, por ejemplo, que no era menester ya probar la crueldad del imperialismo con una «muela» o diciendo que «mata a los niños», pues a estas alturas sobran argumentos e innumerables hechos pretéritos y presentes para realizar ese tipo de demostraciones.

Porque cuando el Español —amplísimo en su océano de términos— discurre sin olas en un solo arroyo, con las mismas aguas de siempre, resulta obvio intuir una rigidez atroz, la cual repercute más allá de los asuntos de la lengua. Nos pone orejeras, nos doma la creatividad, nos espanta la diversidad y el cromatismo vitales en cualquier aspecto de la vida.

Puede ser un reflejo inconsciente, sin mala fe, originado por la burocracia, la rutina o el deseo de consenso. Lo cierto es que el fenómeno palpita en diversas variantes y que hasta un incauto lo puede olfatear desde la audición primera del informe —ese documento preñado de gerundios e infinitivos—, hasta el «todos los acuerdos fueron cumplidos o cumplidos en parte, así que podemos pasar al otro punto».

Cierto que en cualquier lugar del planeta toda reunión tiene su libreto y su lenguaje; y a veces parece imposible eludir los croquis idiomáticos trazados de antemano. Lo pernicioso, en nuestro caso, asoma cuando, ocasionalmente, el guión transcurre en línea recta sin un tono gris o una curva, cuando esa votación y ese aplauso referidos al principio brotan con tal grado de frialdad que llegan a ser puros rituales, cuando caemos en la creencia de que aquel que derramó un criterio distinto es un «atravesado» o tiene «serios problemas...»

En tiempos de tecnologías, algunos han llegado al punto de acudir al archivo guardado el año anterior en la computadora y «actualizarlo» (cambio de fecha y detalles mínimos) para presentarlo con los mismos puntos y comas en el «balance resumen» del presente.

La esencia del problema estaría en descubrir si, luego de tanto bombardeo de frases enlatadas —«hemos prestado atención diferenciada a los diferentes problemas señalados por los diversos factores», «se cumple con lo programado hasta la fecha pero se incumple en otros frentes importantes», «debemos redoblar nuestros esfuerzos en aras de conseguir los objetivos, fortaleciendo el trabajo» y otras por el estilo— terminamos acostumbrándonos a ellas tranquilamente; o si es posible todavía intentar soplar esa hojarasca.

Creo en la segunda opción, aunque digo: no será fácil. Precisamente la contienda de ideas, esa de la que Martí y su discípulo mayor son inspiradores eternos, supone edificar a diario una cresta descomunal de argumentaciones, que desborden cualquier envase o etiqueta, convenzan sin martillar, que quiebren el hielo... traspasen el Sol.

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