Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Más revoluciones al motor

Autor:

Osviel Castro Medel

Que el primer discurso en un 26 de julio de un dirigente no histórico de la Revolución haya sido pronunciado en la misma plaza donde Fidel hablara por última vez en un acto masivo por la singular efeméride resulta una coincidencia doblemente hermosa, cargada de significados.

Tal vez la primera lectura simbólica del suceso sea la reafirmación de que el traspaso de la antorcha a una nueva generación echó por tierra la tesis de «ruptura», tantas veces esgrimida y alimentada por sombríos profetas.

Más interesante podría resultar aún el hecho de que esa primera intervención un Día de la Rebeldía Nacional se produce en un momento de exacerbada hostilidad imperial, pero también de lo que parece ser una refrescante ofensiva revolucionaria en el plano interno que encaja con el principio fidelista de «cambiar todo lo que deba ser cambiado».

Cualquiera afirmaría, por la fuerza de tales acontecimientos, que se trató de un 26 definitivamente diferente, en una circunstancia de aires nuevos, que soplan con la venia y el estímulo de los que hace 66 años protagonizaron aquella bella arrancada, inspirada en Martí.

Esta celebración, entonces, hace rebrotar la idea de que ningún proceso revolucionario lograría mantenerse en pie si pasa a vivir en la inacción, deja de rectificar sus errores o no se fija un horizonte bien humano y sensato. Precisamente la constante inquietud, el aprendizaje de la pifia y el trazado de una meta más que elevada estuvieron entre las principales virtudes de la generación seguidora del Apóstol.

Todo lo anterior recobra mayor dimensión cuando comprobamos que Miguel Díaz-Canel Bermúdez, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, retomó en Bayamo hace dos días varios de los conceptos que se ha mantenido enarbolando desde que asumió el mandato.

Pensar como país sin atisbos de egoísmo, vincular la Revolución directamente con la espiritualidad y la decencia, fundir Gobierno y pueblo en un mismo objetivo y una misma palabra, entender que ir por más no significa una consigna sino una actitud constante en respuesta política al enemigo, son algunas de las más cardinales nociones remarcadas por el Presidente.

Esas se enlazan con otras: desterrar la rutina, situar en primer término la moral y la ética, verificar las mejores fórmulas para lograr resultados, hacer de cada día un 26. Todas tienen conexión con ideas anteriores de Fidel y Raúl y son dignas de un análisis profundo para seguir dándole más revoluciones al motor prendido en el Moncada.

En honor a la verdad, revisando la historia, debemos concluir que ya hemos vivido la experiencia de la incapacidad de convertir algunos grandes conceptos en realizaciones concretas, tal vez por la imperfección de nuestros propios sueños o porque esos principios terminaron en una rápida lectura y no en la cabecera de la nación. Sin embargo, acaso vivamos ahora, con este despertar alentado por la simbiosis de la generación histórica con otras más nuevas, una de las coyunturas ideales para mejorar el alma del país, que es por donde comienza todo.

La escena mágica de ver al Presidente en la Plaza de la Patria discursando ante los pinos fundadores, custodiado por las imágenes del Maestro y su mejor discípulo, debería, al menos, llenarnos de optimismo y conducirnos al asalto de cualquier muro por alto que parezca.

 

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