Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Las historias y la Historia

Autor:

Juan Morales Agüero

Si existe una asignatura en los programas académicos que se presta de maravillas para narrar, describir y amenizar, esa es Historia. Poco importa si es de Cuba, de América, del mundo o de la misma Conchinchina. Un docente conocedor e ingenioso para contar puede hacerla atractiva si apela a opciones didácticas extra que su impartición favorece.

«¿Historia? ¡Un tabaco!», me respondió con rostro de fastidio el hijo de un colega al darme su opinión sobre esa materia. Y acto seguido me soltó en carretilla que su profesor suele abrumarlos con fechas difíciles de retener, que pocas veces les habla de la vida de las personalidades y que buena parte de las clases se la pasa dando teques.

En esta suerte de revés cognoscitivo la motivación figura como la gran ausente. Sin su presencia no seducen ni las historias (las de la calle) ni la Historia (la del aula). ¡Lo sabemos desde que éramos niños! ¿Acaso nuestras madres y nuestras abuelas lograban embelesarnos antes de dormir con cuentos monótonos y aburridos? ¡Desde luego que no!

Aún se recuerda con agrado la telenovela cubana Entrega, en la que Manuel, un joven profesor de Historia, se alejaba de los convencionalismos para
neutralizar en el aula los bostezos y los hastíos. «La creatividad es tan importante como la misma metodología para dar sentido y lógica a los acontecimientos», le dijo su protagonista a una colega.

Antes de someter al alumnado al análisis de las causas y efectos de un hecho histórico, primero hay que describirlo. Y no con retórica tediosa, sino con incentivos agregados. Láminas sobre el suceso vendrían bien. Y dramatizaciones con los propios estudiantes. Funcionaría visitar el museo más cercano. O invitar a un combatiente a un conversatorio. También apreciar y debatir un audiovisual sobre el tema.

Una buena clase de Historia subyuga, porque les insufla vitalidad a los acontecimientos que reseña. En su transcurso, el profesor cautiva con imaginación, al tiempo que esquiva los estereotipos. ¡Ocurre como si contara una película! Y siempre que baje a los héroes de sus pedestales para presentarlos en sus dimensiones de seres humanos.

«La enseñanza de la historia tiene un componente emotivo —dijo Abel Prieto, presidente de Casa de las Américas, en la Comisión de Funcionamiento y Trabajo Ideológico del reciente 8vo. Congreso del Partido Comunista de Cuba—. Además de recibir información, el estudiante tiene que enamorarse; debemos ser capaces de tocar una fibra íntima».

Obviamente, enseñar Historia exige de quien asume la tarea algo más que pasión y saberes. Requiere también de una cultura general en la que confluyan especialidades como la música, la narrativa, la plástica, la poesía… ¡Todo el devenir humano puede cantarse, contarse, esculpirse y declamarse! Por tanto, cada clase es un desafío.

En el caso de nuestra historia patria, impartirla no es conminar a los alumnos a memorizar nombres, fechas y lugares. Es —sobre todo— momento propicio para mostrarles, de la manera más atractiva posible, lo que nos distingue como nacionalidad, y también para demostrarles la valía de quienes fraguaron el presente que disfrutamos.

La enseñanza cabal de la Historia debe ser una prioridad en todos los niveles académicos cubanos. En esta Cuba indómita no se aplica aquello de que una nación sin historia es como un árbol sin raíz. Las nuestras —la nación y su historia— se afincan en siglos de heroísmo, no solo en el campo de batalla, sino también en el de las ideas. Ignorar esa herencia le hace un flaco favor al ignorante.

Herodoto, el llamado Padre de la Historia, es el autor de una afirmación esculpida para la posteridad: «La historia es la maestra de la vida». La frase es una suerte de recordatorio para quienes se encargan de enriquecerla y enseñarla. Pero no desde los esquemas, sino desde el magisterio creador.

 

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