Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Un código para la presencia

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Cuando entra un frente frío en Cuba, la mayoría aprovecha para sacar al sol sus galas invernales. Es lógico, ¿no? También hay quien exhibe la carne de gallina porque no quiere desperdiciar las escasas oportunidades de disfrutar de una temperatura que le gusta, y quienes no se regocijan, pero no tienen abrigos porque acá se usan tan poco…

Hay gente para todo. Literalmente para todo. La diferencia es digna de respetar, aun cuando no la compartas, porque en ello va el respeto a la tuya. Mientras no dañen a nadie con lo que alguien considera excentricidades. Mientras no afecten los derechos, la paz, el patrimonio ajeno o común…

Tu paz mental es otra cosa: esa te toca a ti gerenciarla. Los cauces por los que va tu espiritualidad no son contenes para los cuerpos y las vidas ajenas, a menos que compartan voluntariamente tus ideales y disciplina.

Las leyes, en cambio, sí son para conocimiento y ejercicio de todos, y quienes las redactan deben pensar en disímiles circunstancias que modelan la realidad. Tienen el reto de generalizar sin lagunas, de avizorar décadas de validez. 

Tengo un colega que espera feliz a su cuarto hijo (sería el quinto, contando el de la actual esposa), y otra que dice que jamás los tendrá propios porque ya hay muchos niños en el planeta, pero es una excelente tía. ¿En qué se parecen sus familias al promedio que revela un censo nacional? En nada. Pero existen, y la ley tiene que amparar sus aspiraciones.

Como debe proteger a quienes optan por comprometer el corazón y al mismo tiempo preservar el patrimonio. Y a quienes viven juntos sin «firmar papel», a menos que haga falta para trámites perentorios. Y a quienes se unen por interés y luego desarrollan afectos. Y a quienes tienen mayores retos físicos o mentales por nacimiento o accidente, pero no son propiedad de la familia.

Es imposible enumerar toda la variedad de situaciones que llegan a los tribunales para pedir justicia. Imposible aquí, en pocas líneas. En el nuevo Código de las Familias está la mayoría: sorprendentes algunas, supuestamente triviales otras, cotidianas todas. Dolorosas a veces.

Léelo. Búscate en él con la atención con que escudriñamos la retransmisión televisiva de un desfile. Siéntete en su protección, y si tu caso no está ahí, dilo en las asambleas de tu comunidad o usa las vías virtuales disponibles. El momento es ahora: garantiza estar tú y alégrate por los demás que sí estarán, felizmente.

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