Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El pueblo en el alma

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Ahora que se acercan las elecciones nacionales para integrar el Parlamento, estoy tratando de configurar en mis deseos el diputado que, en mi consideración, necesita la Cuba de hoy, entre tantas complejidades y complicaciones. Y sin perder nunca la esperanza.

Lo primero es que tenga un corazón bien grande para amar  a Cuba y servirla. Que lleve al pueblo a flor de labios, y hable siempre por él, sin titubeos ni timideces. Que respete y alimente todos los días, como una misión sagrada, esa representatividad que le concedieron sus electores. Una representatividad que no siempre se logra por la pertenencia apenas a este o a aquel sector de la sociedad, ni por la proporción racial, ni de mujeres y hombres, ni  de jóvenes y viejos. Solo la de ser un cubano honesto, que siente y padece por su pueblo.

Claro que los méritos y la hoja de servicios al país son importantes, pero no como un título nobiliario que se exhibe en la credencial de parlamentario; porque la Asamblea Nacional no es espacio de realce social ni pasarela de poder, sino vocación de servir.  Ara y no pedestal, como sentenció el cubano inconmensurable. Luz para distinguir lo hermoso, y también lo feo; fuerza para estimular lo primero y combatir lo segundo.

Necesitamos un diputado que no piense una cosa y proclame otra ante el ágora. Que no se conforme fácilmente y siempre tenga centelleando su verdad y su sentir. Un Parlamento propositivo e innovador, que ayude a encontrar las verdades esenciales a fuerza de debate, ¿y por qué no?, al son también de discrepancias cuando lo requiera. Una asamblea que se parezca al país, en sus diversidades y apasionamientos. Sin tiempo para aburrirse.

Un Parlamento que no se obsesione con la unanimidad, casi siempre falsa. Que se sienta «un congreso de lo unido» entre creencias, sentires y enfoques variopintos, con el gran ajiaco nacional que nos transversaliza genéticamente.

Los diputados que sean bendecidos por el voto popular tendrán que volver al soberano una y otra vez —no en contadas ocasiones—, para palpar temperaturas emocionales y estados de opinión allá abajo, donde se decide el país. Y alertar, salvar siempre sobre la base de las diáfanas evidencias para la toma de decisiones.

No hay que entonar consignas ni retóricas altisonantes,  actos de fe. Solo son revolucionarias las obras, porque son amores. Solo con palabras claras y limpias, señales para alcanzar la verdad.

Aunque prefiero que hayan más candidatos a diputados para escoger y desechar, esta vez me sumaré al voto unido por la trascendencia y delicadeza del momento tan complejo que estamos viviendo, azuzados por tantas acechanzas enemigas, que sí responden a una representatividad: la de acabar con la Revolución, en vez de mejorarla y democratizarla más. Voto, no veto. Y vamos a ver a cómo tocamos.

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