Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Linaje mambí y corazón de oro

Autor:

Marianela Martín González

Solo una vez estuve físicamente muy cerca de Melba Hernández Rodríguez del Rey y eso bastó para entender cómo una mujer puede convertirse en heroína de la Revolución Cubana y llevar ese honor con absoluta modestia.

Vestía de la manera más sencilla que podamos imaginarnos. Ni siquiera llevaba reloj en su muñeca. No era una lindura que asombrara, pero en ella habitaba la belleza. Esa que ni mil vueltas al sol pueden arruinar, porque tiene su sede en donde cualquier ojo no puede divisar.

Al escucharla esa vez comprendí cómo en una Cuba machista, como en la que ella y otras mujeres se sumaron a la lucha, pudieron ser incluidas para tan colosal misión. Y más que todo tuve respuesta de por qué Melba Hernández fue una de las dos únicas mujeres que asaltaron el cuartel Moncada junto a Fidel Castro, el 26 de julio de 1953; ayudó a preparar el desembarco guerrillero del yate Granma y subió a la Sierra Maestra con un fusil cuando había hombres que tenían que ganárselo en plena montaña. La otra era Haydée Santamaría (Yeyé), quien falleciera un 28 de julio, fecha que coincide con el aniversario de natalicio de Melba, en 1921 en el poblado cienfueguero de Cruces, de la otrora provincia de Las Villas.

Desde muy temprano Melba escuchaba hablar a sus padres con orgullo de ser parte de una estirpe mambisa. Y si eso no bastaba para luchar, como sus ancestros, por la justicia social, ella creía en el precepto martiano que conmina a ser cultos para ser libres, y se graduó en 1943 como licenciada en Ciencias Sociales, en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana.

Aquel día que estuve a su lado, junto a otros colegas y miembros del Secretariado de la Federación de Mujeres Cubanas, fue a principios de los años 90, cuando cubrí su visita a la cárcel de Guanajay, donde ella y Haydée Santamaría cumplieron prisión por haber participado en el ataque al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953.

Encontrarse con la celadora que se encargó de vigilarlas a ella y su compañera de lucha fue el objetivo de aquel periplo, en el que la heroína visitó la celda en la que estuvo encerrada durante casi un año. Cada mueble, cada objeto que allí se conserva la condujeron a anécdotas que reforzaron su conciencia de lo debía hacer tras salir de aquellos barrotes, como nos comentó.

Recordó que  después del excarcelamiento —el 20 de febrero de 1954— participó en la impresión y distribución del manifiesto A Cuba que sufre, en el cual Fidel y sus compañeros de presidio declaraban su decisión irrevocable de continuar la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista.

También  nos contó que, junto con Haydée y Lidia Castro, trabajó en la recopilación y organización de las notas que, escritas con zumo de limón, Fidel iba logrando sacar de la prisión, con las cuales retocaba su alegato en el juicio del Moncada, que luego sería conocido como La historia me absolverá, así como en su posterior impresión y distribución clandestina.

Cuando Melba visitó la prisión ya padecía de diabetes mellitus, enfermedad que le produjo complicaciones que la condujeron a la muerte el 9 de marzo de 2014, en La Habana, cuando tenía 92 años.

Ese día, quizá debido a la enfermedad que padecía, cuando tuvo en frente a quien la vigiló casi un año, ella no la reconoció al instante, pero un abrigo que su excarcelera le mostró bastó para que Melba la identificara y le ofreciera disculpas por no recordarla de inmediato.

La celadora le devolvió la prenda que Melba con cariño le había regalado una gélida noche cuando cumplía condena. Melba desgranó sus memorias de aquellos días tristes en que apenas tenía unos minutos para tomar un poco de sol cuando había visitas, pero dejó claro el buen trato que esa mujer que ahora tenía delante le había proferido a ella y a la inolvidable Haydée.

Melba, con su voz casi apagada por los años y quebrantada su salud, significó que la grandeza de los seres humanos emerge hasta en las peores adversidades. El abrazo de aquellas mujeres resumió la hidalguía de ambas. Aquel día me respondió todas las preguntas que siempre me hice en relación con la heroína y Doctora Honoris Causa: no era solo valor, era también alma lo que a ella, como también a Yeyé, la animaba a hacer Revolución.

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