¿Qué es Cuba?, me preguntó una joven uruguaya. Acostumbrada a mensajes de otra naturaleza, su interrogante me resultó rara, pero enseguida puntualizó: su padre se crio aquí durante los años duros de la dictadura en su país y aún habla con mucho cariño de la isla de Fidel… Pero la prensa dice lo contrario y en redes ve opiniones «de adentro» muy contradictorias y ya no sabe qué pensar.
Con toda honestidad, yo tampoco. Ni de Cuba, ni del mundo, ni de la humanidad y su manía de dañarse a sí misma. No sé cómo, se me pasó el tiempo en que era fácil odiar al malo porque siempre estaba en el bando contrario. En esta era de la posverdad y las crisis, no se logra conocer al sujeto sin poner mucho ojo en el predicado: sus actos y circunstancias, sus motivos, la fuente de sus argumentos e ingresos…
Y si en la parte «desarrollada» del mundo acertar en ese análisis es complejo, sopesemos su hondura en una tierra que «no sale de una para entrar en otra», como resume mi mensajero el sentir de la calle sobre los virus, el clima, la inflación, los cambios inquietantes a finales de año…
«Pero estamos vivos», suele ser el colofón de su rosario de preocupaciones comunes, acompañado de una filosófica sonrisa de entendimiento, luego de tantas charlas sobre el caos en África, el genocidio en Palestina y la gente que se lanza a fieras rutas desde el sur para tentar el desprecio del norte.
En esas reflexiones, ventana por medio, mi sabio amigo y yo coincidimos en algo: la fracturada Cuba de 2025 no se parece a la de 2020, con todo y el dolor de la pandemia. Ni a la de los años 90, que algunos minimizan o aíslan, como intentando ignorar que aquellas aguas trajeron estos lodos.
Y, aun así, no ha colgado los guantes: si en 1993 tocamos fondo, ahora andamos escarbando en la roca, suele decirme alguien muy cercano. Y no habla de lo material (hay que tener mucha desmemoria para comparar las opciones en ambos momentos e insistir en que ahora es peor). Habla de lo que sobraba entonces y hoy debería despertar entre tanta bobería digital: las ganas de poner el peso en tu bolsillo sin abrir un hueco al del vecino; de hacer la guerra al marabú y no a las novelas inclusivas; de engrandecer tu oficio sin irrespetar a quienes lo procuran; de transformar barreras y abrirnos al mundo como iguales, no como mendigos.
En este 2025, lo que me ha hecho releer la historia nacional y universal son las ganas de entender cómo evolucionan los pueblos para visualizar al nuestro levantándose, una vez más, en clave de futuro. Porque de todo se sale, y para bien (otra de las frases de mi mensajero), pero sin flojera ni magia.
Si hoy tenemos más cultura de leyes y más vías expeditas para denunciar lo mal hecho, ¿por qué hay gente que se deja atropellar o mira para otro lado, cediendo a la desvergüenza ajena como camino fácil para lograr sus propias metas?
Por suerte, quienes eligen no claudicar también tienen voz en las redes, y «cogen lucha», y sueñan, y contagian prosperidad desde el esfuerzo, desde la nobleza del «invento cubano», que hace ciencia del cruce de arroz con mango, de guarapo con cúrcuma y de la música que salva nuestras tradiciones.
A la joven lectora le compartí la certeza con que me levanto día tras día: Cuba es una nación que se reinventa para lidiar con los males de intramuros, sin olvidar al soberbio Aquiles, varado por siete décadas ante su inconquistable costa.
Un país que sabe hacer buenos aromas, aunque a veces olvide el fijador. Que patalea por lo que otros pregonan, y cuando ya lo tiene le «saca el pie» (siempre hay algo nuevo en el bazar de las seducciones), pero en cuanto lo ve restringirse patalea de nuevo, a veces sin sopesar deseo vs. merecimiento.
De eso hablaron las redes en 2025, con razón o sin ella. Quien se ufana en dañar hallará anécdotas de sobra (muchas de fácil previsión, ciertamente). Otros dirigieron su luz hacia las obras individuales y colectivas, con avances impensables en muchos confines y gestos solidarios de fuera y de dentro, como esas paladares que cocinan gratis para familias que perdieron todo en un huracán o un incendio.
Hoy hay voces hirientes y voces que cavilan sobre injusticias en el barrio y el mundo. Lo que resuena a cada cual depende de su vara para medir la realidad, de su credulidad y de la anchura de su ética. Salir del abismo lleva esfuerzo y lleva repudio a quienes abusaron de los que nunca dejan de aruñar.
En la película que hoy somos no tiene caso estereotipar roles por opiniones de un día, o títulos, o vocabulario. La mala hierba no ahoga la semilla de lo que sí somos: un pueblo variopinto, generoso y supercreativo. ¿Qué nuestro vino ya no es solo de plátano? Es verdad… Pero aún es nuestro, y eso nadie lo puede desvirtuar.