Hace menos de un mes visité Caracas, en el contexto de la Asamblea de los Pueblos por la Paz y la Solidaridad Internacional, para respaldar a la Revolución Bolivariana de Venezuela frente a los cantos de la guerra que han estado oyéndose en las costas caribeñas. Los imperios, en cualquier época, han sentido en la paz de los otros su principal amenaza. Y así lo dejaron bien claro con Venezuela: apostaron a una guerra de desgaste brutal, a escalas inusitadas.
En Caracas la vida fluía con la tranquilidad de un pueblo bravo y alegre que celebraba las fiestas navideñas con absoluta nobleza. Nadie olía la pólvora del imperio de Trump entre las calles y cerros de la hermosa ciudad. ¿Y saben por qué? Porque cuando la vida se sostiene con la verdad, no se le teme a las consecuencias que puedan venir.
Fueron cuatro meses de asedio constante, de declaraciones absurdas, de burdas mentiras y manipulaciones, hasta que este sábado en la madrugada, como buenos cobardes —porque lo son: ¡cobardes!— que apuntan y atacan por la espalda, sacudieron con ataques aéreos esa tranquilidad, sacudieron la vida de cada barrio y comuna caraqueña y de otros estados cercanos al distrito capital.
¡Qué bajeza la de cantar victoria luego de arremeter contra instalaciones y civiles, mientras una ciudad dormía!
No hubo un solo pretexto, una sola razón verídica para que las bombas quirúrgicas del imperio surcaran el cielo venezolano el 3 de enero de este recién comenzado 2026. Este asalto vil, señores, va de lo absurdo, de la arrogancia más detestable que conozca la humanidad. Primero fue la supuesta «patente de corso» que le otorgaba la mentira del narcotráfico antes de mostrar su verdadero rostro: el de saquear el petróleo venezolano.
Los imperios odian la justicia (o toda aquella que no sea la que ellos predican), andan impunes con sus pies manchados y con la anuencia de quienes se alinean con la barbarie. Así de hipócrita es la «culta civilización» de los lamebotas, esos infames Gobiernos que se posicionan a favor del saqueo y la muerte de tantos inocentes.
Militar en el mismo bando de los desalmados es cruzar a la acera de los que veneran al fascismo. Quienes hoy celebran la agresión a Venezuela y el secuestro del legítimo presidente bolivariano, Nicolás Maduro Moros, y su esposa, la primera combatiente, Cilia Flores, quebrantando todo el Derecho Internacional, se ponen al lado de la vergüenza, la ignominia y la ilegalidad.
Los que hoy, confundidos o no, a favor o no del proceso bolivariano, aplauden y celebran lo sucedido en la tierra de Chávez y Bolívar, y también lanzan amenazas contra otros pueblos y Gobiernos de la América Nuestra, manchan su honor con el tufo ensangrentado que provocan los cañones imperialistas.
La ley del más fuerte pretende reinstalarse en Latinoamérica, y cree que ya dio el primer paso, como si se tratara de los años oscuros de entreguismo en la región, cuando Estados Unidos, en nombre de la democracia, daba el beneplácito a las dictaduras militares.
¿Se puede aplaudir acaso a un Estado que impone su arrogante destino manifiesto a base de la muerte? La vida no vale nada para los imperialistas cuando se trata de hacerse con los recursos naturales de otros. En Venezuela se erige otra barbarie frente a muchos ojos impasibles en el mundo, como si se tratara de una película del oeste en la que nos toca ser simples espectadores.
Por suerte, esta Isla no abandona sus principios. Cuba no estará nunca entre las naciones indolentes ni indiferentes. Sabemos, porque hemos sentido en carne propia ese poder arrogante que detesta y mata a los pueblos del Sur Global, que las horas que vivimos tendrán que ser ineludiblemente de lucha, acción y definiciones.
Ningún poder supremo le otorga a Estados Unidos el derecho de sacar a un Jefe de Estado de su territorio para juzgarlo en suelo norteamericano. ¡Ninguno! Hay una riqueza moral que jamás nos perdonan: la dignidad de nuestros pueblos. Y cuando la resistencia nos ampara como trinchera, la arrogancia entra en cólera, se desespera y actúa en nombre de la inmoralidad.
¿Dónde queda la justicia? ¿Dónde queda la dignidad internacional en este instante? Los paladines de la «democracia» moderna (a base de bombas y ataques cobardes) son hoy más aborrecibles y detestables.
Que se vayan al carajo una y mil veces con su democracia a punta de cañón, como bien les dijera el líder supremo de la Revolución Bolivariana, el Comandante Hugo Chávez Frías. Su destino manifiesto, el de los imperialistas, seguirá siendo el de las bombas y la arrogancia, pero el nuestro, el de los pueblos dignos que resisten, deberá ser siempre el de la verdad, el de combatirlos hasta las últimas consecuencias.