A la hora indicada todo estuvo dispuesto. El teatro abarrotado, un público entusiasta y expectante, bailarines diestros, ágiles; una puesta en escena impecable.
La Sala Avellaneda del Teatro Nacional se vistió de gala el pasado sábado para acoger al Ballet Lizt Alfonso que desplegaba su obra Alas, un canto a la espiritualidad del ser humano que, tras su reciente estreno, fue merecedora del Primer Premio de Coreografía de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.
Sobre el escenario, tres bailarines ataviados con rojos trajes tejían una suerte de diálogo corporal, imitándose unos a otros. Una energía de coqueta provocación recorría el escenario y se impregnaba en el público.
Entonces, de manera súbita, la luz se extinguió. Un silencio inquieto se apoderó de la sala. Al principio, una espera contenida. Luego, los murmullos.
Algunos asistentes comenzaban a retirarse en silencio cuando llegó la explicación.
«Hubo un fallo eléctrico, al parecer está afectando todo el país. Esta situación escapa a nuestro control, la obra no puede continuar. Lamentamos las molestias que esto les pueda ocasionar».
No era un incidente aislado. El contexto energético que hoy enfrenta Cuba es expresión tangible de una crisis directamente relacionada con el recrudecimiento del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos, que obstaculiza la adquisición de combustibles, repuestos y tecnologías para el Sistema Electroenergético Nacional (SEN).
Las caídas del SEN se han vuelto, en los últimos tiempos, un fenómeno recurrente que desnuda las tensiones extremas a la que nos someten. En más de una ocasión el país ha sufrido
desconexiones totales o parciales, eventos que paralizan toda actividad.
Los efectos se viven en cada hogar, en cada centro de trabajo y, como aquella tarde, también en los espacios consagrados a la cultura. Nada escapa a la realidad que impone el déficit energético ni siquiera el arte en su templo más alto.
En medio de tan complejo suceso, hubiera sido lógico esperar, tal vez, abucheos, sonidos de desaprobación, improperios. Muchos quizá pensaron que el desconcierto se llevaría por delante lo que hasta entonces había sido una noche promisoria. Pero lo que ocurrió después tomó por sorpresa a todos.
De entre la negrura, un grito enérgico rompió el aire: «¡Viva el arte cubano!». Aquella chispa encendió una respuesta colectiva de vítores y aplausos. Y es que, paradójicamente, en esos momentos el arte encuentra su más profunda razón de ser, trascendiendo del valor recreativo en la evasión de las durezas cotidianas, a ser acto de resistencia y ejercicio de disciplina.
La obra no murió en la penumbra; resurgió en la voluntad de quienes se negaban a dejar que la contingencia la desdibujara. Entonces el cuerpo de baile volvió a escena iluminado por las linternas de los teléfonos móviles del público, que los despidió de pie con estridentes aplausos.
Aquella tarde el arte devino manifestación de resistencia, porque más alto que el hastío por la oscuridad gritó el respeto por la condensación de meses de ensayos, horas de sacrificio físico, precisiones milimétricas y ese fuego interior que no se apaga cuando se van las luces. Y ese sentir cálido, tan cubano, no se borra, aunque nos quieran cortar las alas.