Era una tarde fría de enero cuando mis padres me dieron la noticia de que al terminar el servicio militar iríamos a vivir a La Habana. En aquel momento no comprendí la magnitud de los hechos hasta pasados algunos días. Mi padre debía presentarse en abril en un nuevo trabajo muy lejos de casa, a unos 360 kilómetros, mientras mi madre y yo tendríamos que tomar su rol en la familia.
Dos semanas antes de comenzar el curso escolar dejé todo atrás: amigos, familia y, en especial, mi ciudad del Yayabo por una tierra tormentosa y desconocida que se convertiría en mi nuevo hogar. Fue una decisión dura, pero no me arrepiento.
Por primera vez, no vi la capital como turista, lo observaba todo con temor y asombro. Los autos con sus cláxones y las enormes avenidas fueron los mayores retos de mis primeras aventuras en esta ciudad de humo y luces.
No supe llegar a mi primer día en la Universidad, pero como dicen los abuelos: «Todos los caminos conducen a Roma». La escalinata del Alma Mater me regaló en sus peldaños conocer el amor y la amistad verdaderos, en ellas grité consignas revolucionarias y le pedí a Silvio Rodríguez un Ojalá.
En el Teatro Nacional de Cuba cumplí el sueño de una niña que deseaba ver El lago de los cisnes y los de una joven enamorada que siempre proclamó que se casaría con el caballero que la invitara al ballet. Esa es la magia que tiene encontrarse en la tierra de Industriales, donde el Malecón te abraza con la salpicadura de mar y dos provincianos pueden enamorarse.
Dicen que soy guajira por ser una mujer que nació en el batey de un central azucarero, que tomó agua del embalse más grande de Cuba, que bailó la conga espirituana con cinco años y toma canchánchara en las calles de piedra de la Santísima Trinidad.
El sonido de mi voz es diferente, sí, pero no porque venga del oriente del país como muchos piensan. Cargo con el orgullo de haber nacido en la provincia más gallega de mi Isla, donde los toros danzan en los festivales de ganados, se construyen puentes inquebrantables con leche de chiva y un güije baila en las márgenes del río Yayabo.
Ese es el sabor que dejan los pueblos que siguen siendo los mismos, aunque pasen los años, la gente, los cañaverales y los recuerdos; en ellos la tradición es parte circunstancial de la vida.
La Habana ya no me condena por «mi Escambray», me regala una sonrisa, un atajo nuevo y el placer de conocer a personas que hacen de mi nuevo camino, un Vedado en mi corazón.
Ayer mi vecina me dijo: «Ya pareces una habanera». No supe si sentirme halagada o mi propia traicionera. Camino por una ciudad ruidosa, que cuenta historias con aroma de mar y combustión; no es mi tierra madre, pero sí la cuna que mece la nueva página de mi historia.
Sentada en el Malecón escucho en las bocinas de mis auriculares Sábanas blancas, del cantautor Gerardo Alfonso, ese que supo sortear con ternura lo que ocultan los viejos balcones de los solares.
Miro un atardecer que se oculta en el Castillo de la Real Fortaleza de La Habana, mientras mi lista de reproducción se acoge a mis recuerdos en la Casa de la trova con Pensamiento, de Teofilito, un trovador espirituano capaz de mostrar en sus letras una villa rodeada de casas amarillas y barrotes azules.
Aquí reconozco mi lugar en este Archipiélago, soy el punto exacto donde el puente Yayabo abraza el malecón capitalino, donde alguien como yo puede mirar el mar sin sentirse guajira.