Siempre soñé con hacerle una entrevista mayor a Fidel, más allá de las jerarquías. Una indagación de su personalidad que lo apeara de las urgencias políticas y los pedestales infranqueables. Una conversación mundana con el ser humano que sostiene esa leyenda rebelde. Un escarceo de preguntas y respuestas que pudiera disfrutarse hasta dentro de 5 000 años, si es que para entonces la humanidad no hubiese derivado en polvo cósmico.
Fue en el 7mo. Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba, en marzo de 1999, cuando en mi condición de delegado, me dispuse ante el plenario a hacerle la súbita solicitud. Me las ingenié para suprimir peroratas y retóricas y hablarle al directo, sin tanteos ni genuflexiones. Le argumenté que en su vida pública y política se había apoyado mucho en la prensa, desde aquellas tempranas denuncias de beligerante abogado en la revista Bohemia, pasando por la revelación de Hebert Mathews desde la Sierra Maestra, hasta tantas entrevistas con relevantes extranjeros.
Funcionó aquella súbita cascada de palabras y razones mías, cuando, como un puntillazo, le concluí: Vengo a solicitarle esa entrevista mayor. Me miró algo asombrado, sonrió y me espetó, en tono jaranero: «¿Y te has preparado para esa entrevista? No vaya a ser que quien salga entrevistado seas tú…».
Y como donde las dan, las tomo, le respondí de carretilla, sin dar chance a que se extraviara mi propósito con una interrupción suya: «Sí, Comandante. Hace mucho tiempo que tengo una reserva de 70 preguntas muy personales al ser humano Fidel Castro Ruz. Yo podría adelantarle el cuestionario. Le tengo mucha fe a esa entrevista…».
Él se divertía con aquel cruce de palabras. Y me precisó que no necesitaba cuestionario adelantado, que me daría la entrevista. Insistió en que las preguntas eran mías, y concluyó que él me avisaría cuando tuviera una pausa en su escaso tiempo.
Salí de aquel encuentro muy ilusionado. Añadí a mi cuestionario otras preguntas más, que nada tenían que ver con la situación del país y del mundo, y muchos tópicos de sus temáticas recurrentes entonces. Yo viajaba al set de aquel encuentro soñado y me preocupaba perder las riendas de mi indagación. Me había metido en camisa de 11 varas, creyéndome el gran entrevistador que no era, para una expedición tan difícil con un entrevistado excepcional.
Así transcurrieron los días, las semanas y los meses. Más de una vez, en coberturas de trabajo mías como reportero, él me descubría y se excusaba conmigo: «Caramba, venir a encontrarte cuando no te he dado la entrevista, disculpa», me decía. Y así fue pasando el tiempo, hasta que su salud se quebrantó y sobrevino la famosa proclama que lo relegó de los cargos oficiales.
Me fui resignando a la posibilidad de que nunca aquella toma y daca fraguara. Pero, de vez en cuando, la obsesión se desataba y volvía a tomar fuerza. Me veía develando pensamientos y pasiones del personaje. Y me angustiaba pensando que se acababa el tiempo. Nunca quise insistirle, enviarle un mensaje. Y lo dejé a su elección. Me arrepiento aún hoy de tanta cautela en aquel compás de espera.
Nunca supe por qué no se dio la entrevista. A lo mejor me sobrestimé, y no era el más adecuado para tamaña empresa. Hoy revelo algunas de las «provocaciones» que, de responderlas mi entrevistado con sus ráfagas de ingeniosidad, hubiera derivado en un confesionario de su naturaleza humana:
—Cuando alejado de sus misiones públicas y responsabilidades, usted está en un trance de soledad absoluta, y sondea en su interior, ¿qué piensa de sí mismo?
—¿Qué valora más en la condición humana y qué detesta más?
—¿A quién prefiere entre sus subordinados: al que lo sigue ciega y acríticamente, o al inconforme que, honestamente,
y con valentía, le manifiesta sus criterios?
—¿Qué opinión le merece esa creencia popular de que usted no pierde ni a las escupidas?
—Dígame algunos de los personajes de la historia de la humanidad que más le han cautivado…
—Usted, que en su vida pública y en su liderazgo popular ha confiado tanto en la honra y la dignidad del ser humano, ha sufrido no pocas decepciones. ¿Ello no le ha dejado cicatrices?
—Siendo una personalidad notoria en este mundo, ¿por qué ha mantenido tanta discrecionalidad lejos del ojo público en torno a lo relativo a su familia?
—Su vida ha sido un perenne zafarrancho de batallas. En el balance de ella, ¿en qué se reafirma y de qué se arrepiente?
Estas y muchas otras preguntas que pondrían al Líder frente a sí mismo, y lo bajarían del pedestal que nunca quiso en vida ni para su posteridad, estoy convencido de que concitarían respuestas muy reveladoras de su parte. Al final, el encuentro no se produjo, y las interrogantes quedan gravitando en la leyenda Fidel. Pero si existiera el más allá, a pesar de que nadie ha retornado para confirmárnoslo, quizá este periodista aún tendría la esperanza de coronar el sueño de obtener algún día la entrevista mayor de su carrera profesional.