Duerme. Duerme esta ciudad monocromática, el lugar donde el hoy, el mañana y el presente se funden en las grandes preguntas de estos tiempos. Miro el reloj, ya son las 12 y el tiempo que se escurre a cuentagotas me hace pensar en la Cuba que soñamos más allá de las quimeras.
Entonces te busco en mi cuarto, en el lugar donde descansa el retrato que algún día perteneciera a mis abuelos. La linterna del teléfono me permite ver tu frente, coronada por la gorra verdeolivo, la barba poblada, el talle esbelto y esa mirada portadora de enigmas.
¿Dónde estás cuando tu pueblo te necesita más que nunca? Aquel 25 de noviembre escuché decir a mi madre: «Ha muerto el Comandante», pero sé que los verdaderos revolucionarios no fallecen. Un mausoleo frío no retiene las ideas ni una mortaja puede despedir a un hombre cuando ha quedado inmortalizado en la memoria de su gente.
Así, cuando el país enfrenta al mayor de los imperios y hasta la ilusión escasea, tu nombre sigue reviviendo en todas partes. El pueblo clama por ti, el líder con quien no existían los olvidos, el Jefe que prefería lucir el uniforme de guerrilla antes que cualquier tocado artificial.
Algunos te buscan en la emotividad de los discursos, en el Pleno del Partido o en la Asamblea Nacional del Poder Popular, donde aún se siente en falta un escaño con tu nombre. Piensan qué harías tú. Te imaginan en los hospitales, donde muchas vidas peligran por la falta de electricidad debido al genocida cerco energético; en las escuelas, con los niños o los más veteranos.
Yo prefiero vislumbrarte en otros ojos y en las voces de los jóvenes que siguen construyendo un camino hacia el mañana. Podría buscarte en las canciones alegóricas, las florituras del discurso o el centro que los historiadores erigieron en honor a tu memoria, pero sé que el verdadero Fidel sería incapaz de vivir en los elogios, cuando existe un sitial mucho más digno, que se halla en las acciones de su pueblo.
Te veo en el liniero que vence lo imposible, en la labor humanista del maestro o en el médico que continúa salvando vidas. Estás también en la prosa descarnada, en el militar protector de su bandera y en el diputado que prefiere la autocrítica antes que admitir los errores con aplausos. Entonces, me doy cuenta de que al final nunca te fuiste, solo algunos habían perdido la capacidad de comprender que la esencia queda más allá de lo corpóreo.
Ahora descubro esa estirpe de patriota en los jóvenes que celebran tu centenario. Veo tu impronta en los festejos y en las tribunas de condena al bloqueo, pero también cuando planteamos nuestras quejas, porque nos enseñaste que el revolucionario auténtico debe ser crítico primero. Resurges en pantalla, cuando el dirigente honesto comprende y sufre las necesidades de la gente.
Todavía duerme. Duerme la ciudad de verdeolivo, el lugar donde el ayer, el mañana y el presente se funden en las grandes preguntas de estos instantes, pero ahora sé que en ti hallo las respuestas. Algunos se cuestionan: ¿Dónde estás cuando tu pueblo te necesita más que nunca? La respuesta es sencilla: andas en todas partes, porque trascendiste el tiempo y el clamor de millones.