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Cuadros con guijarros

Unos cuantos guijarros recogidos en la playa o a la orilla de un río pueden convertirse en un cuadro lleno de ternura. Solo necesitas mirarlos con otros ojos y dejar que cada forma sugiera su propio personaje

Autor:

Isairis Sosa Hernández

Seguramente alguna vez, caminando por la orilla de la playa o de un río, te agachaste a recoger una piedrecita lisa, redonda, de un color que te llamó la atención. Tal vez la guardaste en el bolsillo y terminó olvidada en una gaveta. Pues hoy Así de Fácil te propone rescatarla, junto a sus compañeras, para crear cuadros decorativos que parecen pequeños cuentos hechos a mano.

Esas piedrecitas tienen nombre propio: se llaman guijarros. Son fragmentos de roca que el agua ha ido puliendo durante muchísimo tiempo. Las corrientes de los ríos y el vaivén de las olas los arrastran, los hacen chocar unos con otros y contra la arena, y poco a poco les van limando las aristas hasta dejarlos redondeados, ovalados o aplanados, con una superficie suave al tacto. Por lo general, miden apenas unos centímetros, y sus colores dependen de la roca de la que provienen: los hay grises, negros, blancuzcos, rojizos, terrosos, algunos con vetas o manchitas que parecen dibujadas. Esa variedad de formas, tamaños y tonos es justamente lo que los convierte en un material ideal para crear.

El arte con guijarros tiene algo mágico: no hay dos iguales. Uno ovalado puede ser el cuerpo de un abuelo sentado en un columpio; otro más pequeño, la cabeza de un niño que se recuesta en su hombro. Uno alargado se vuelve un brazo, un bastón o una montaña. Basta con colocarlos sobre una superficie blanca para que empiecen a contar disímiles historias.

Las propuestas que te traigo son tan variadas como tu imaginación lo permita. Hay escenas de amor y compañía, como la pareja que contempla el horizonte abrazada sobre una gran roca, o los dos que se mecen bajo un árbol cuyas hojas son, por supuesto, guijarros verdosos. Hay escenas de aventura, como el escalador que sube por una pared de piedras sujeto a un trozo de soga, o los caminantes que avanzan con sus bastones entre pinos y montañas nevadas. Y hay escenas que sacan una sonrisa, como el gato gris colgado de una rama, con sus ojos asombrados y sus bigotes de alambre, o el globo aerostático que lleva a dos viajeros diminutos en su cesta.

Si prefieres algo más paisajístico, puedes armar un pequeño rincón de playa dentro de un marco profundo: arena de fondo, conchas, caracoles, un poco de musgo, una rodaja de madera haciendo de sol y guijarros de todos los tamaños regados como en la orilla.

Para empezar, solo necesitas un marco (si tiene algo de profundidad, mejor), una cartulina gruesa o un lienzo de fondo, guijarros limpios y secos, y un pegamento fuerte, como la silicona caliente. Ramitas secas, soga de yute, hilo, alambre fino y un plumón negro para dibujar pájaros o pequeños detalles completarán la obra.

Un consejo: antes de pegar nada, juega. Coloca los guijarros sobre el fondo, muévelos, cámbialos, prueba combinaciones hasta que la escena te convenza. Hazle una foto para no olvidar cómo quedó y ya luego entonces sí puedes disponerte a fijar cada pieza con calma.

Y cuando salgas a buscar tus guijarros, recoge solo los que vayas a usar. La naturaleza nos presta sus tesoros, y lo justo es tomarlos con respeto.

Te espero el próximo miércoles para seguir convirtiendo juntos una simple idea en una gran solución. ¡Hasta entonces, a buscar guijarros!

 

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