Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El más suave de todos los veranos

Compartimos un fragmento de una de las más recientes novelas del narrador, crítico y ensayista nacido en Manzanillo, y que el lector podrá encontrar en las librerías del país

Autor:

Francisco López Sacha

El 18 de mayo de 1996, 200 años después de que el general Bonaparte cruzara el puente de Lodi para mostrar al mundo que César y Alejandro tenían un sucesor, cruzaba yo el puente de Guanabo en chancletas, con la toalla al hombro, como un simple veraneante más. El mar resplandecía a lo lejos y el olor a salitre dominaba esa parte del río, así como el crujido seco de las altas palmeras que dejaba atrás. Un paisaje azulado se abría en la curva, a la izquierda, entre los pinos y las casuarinas, interrumpido a veces por el verde opaco de los matorrales o las primeras viviendas de placa. A través de las dunas, por los extraños pasadizos de arena un tumulto crecía poco a poco con gente muy diversa, que salía o entraba a la playa y también se desbordaba en la calle, frente a los kioscos, donde vendían unas pocas galletas, pan con pasta y cerveza a granel. Una pequeña concentración pública me interrumpía el paso, mientras vociferaba hacia los kioscos y tarimas exigiendo un rápido despacho. Todavía escaseaba el transporte y a lo largo de aquel trayecto pude contar apenas un camión, un coche tirado por caballos, algunos bicitaxis y una guagua que rodaba de prisa, tan llena de gente que casi no se notaba el chofer.

Cada diez o 15 minutos pasaba un Tico o un Fiat de turismo y dejaba unos breves segundos de música rap. Casi siempre manejaba un rubio, un gordo o un calvo con una o dos mulatas en el asiento de atrás. Todo era muy rápido o un poco difuso, un carro que brillaba a mi izquierda dejaba el sonido y desaparecía en la distancia, con algo de aquí, de afuera o de otro mundo. Palomino me había dicho que su casa se encontraba al fondo del pueblo, después del parque de diversiones, a la derecha, y podía distinguirla enseguida porque era de madera listada de azul, con un ancho portón y un zaguán donde siempre parqueaba su Ford 54. El sol comenzaba a calentar, aunque aún perduraba en el aire la sensación de la brisa del amanecer, que en la zona de playa es más amplia, reconfortante y rica, tan sensible y tan plena que uno llega a creer que nunca va a morir.

Caminaba por esa carretera, bajo los pinos, con mis gafas de sol y mi pulóver blanco, no para entrar en Milán, al frente de un ejército desarrapado, sino para ligar a la preciosa prima de Carlos Palomino, una mujer estilizada, de ojos grandes, azules y pelo castaño que parecía dibujada por un pincel, y trabajaba en la sala de terapia intensiva del Hospital Naval. Palomino me incitó a conquistarla después de un encuentro furtivo a la salida del Segundo Cabo, cuando ella lo fue a visitar, y yo estuve dispuesto a gastar lo que fuera por la sonrisa que me dedicó, y la promesa de vernos de nuevo, un sábado, su día de asueto. Entonces acababa de cumplir 45 años y era capaz de ir a pie, sin ninguna molestia, desde Santa María hasta Guanabo, y caminar sin apuro por la arena sombreada, por la rotonda, por la calle central, tan solo con imaginarme que podía templar con aquella mujer en esa casa de madera azul, pues Palomino vivía solo, tenía una machacante de su misma edad que se encerraba con él en uno de los cuartos y pasaba la mañana del sábado debajo de su Ford, fuera del mundo.

Eso me lo había contado Palomino en una de sus habituales charlas de sobremesa, cuando volvieron a situar comida para los trabajadores del Segundo Cabo. Sin que fuera un almuerzo, aquel pan con pescado que nos daba Pacheco, el director, significaba un retorno a la normalidad. Ya no teníamos que salir a la calle a buscar cualquier cosa, un té de cañasanta, un caldo o un agua con azúcar, o pagarle un dólar clandestino a la señora de O´ Reilly y Aguacate, amiga de Pablo Vargas y cocinera de un círculo infantil, para que nos hiciera una completa de arroz, frijoles, huevo y un pedazo de costilla ahumada. Ahora podíamos comer y conversar un poco y hasta tomar café. Los baños tenían agua, podíamos lavarnos la boca y la cara y secarnos con unas tiras de papel. En aquel oscurecido y vetusto edificio del siglo XVIII, podíamos escuchar ahora, después del mediodía, el zumbido de los ventiladores, las risas y las lejanas melodías de los grandes portales de La Habana Vieja que anunciaban el retorno de la luz eléctrica.

Oh, sí. Palomino era mi subordinado en la redacción de Arte y Literatura, y trataba de pasarla lo mejor posible, es decir, hablando mucho y trabajando poco. Eso no se notaba, en medio de la crisis editorial, cuando algunos redactores hacían lo mismo y fingían que sudaban la camisa si se iban a los talleres a conversar con los linotipistas de la cosa, la institución, la jama, o la Guerra del Golfo, mientras retiraban sus encargos acabados de imprimir gracias a la solidaridad de Tomás Borge, los editores argentinos o la encomienda de un libro para Cuba. Palomino hacía lo mismo y regresaba sofocado y alegre porque había hilo y cola para pegar los cuadernillos de Cándido o el optimismo gracias al apoyo de la embajada francesa. (Fragmento)

La pasión como un huracán

La novela El más suave de todos los veranos, del profesor de arte, narrador y ensayista Francisco López Sacha, fue presentada en mayo pasado en el salón principal de la Casa del Alba Cultural de La Habana.

Según comentó el propio Sacha a la prensa, la obra estuvo inspirada en el valor de la memoria para la vida de las personas. En ella la impronta de los recuerdos y la nostalgia subsisten junto a las reflexiones sobre el tiempo y la condición insular de su protagonista.

«A mi juicio logré escribir un texto que tocara la época y la intimidad de la pareja dentro de la naturaleza humana», destacó.

De acuerdo con el autor, la novela tiene como tema central una historia de amor entre una enfermera y un editor, durante el verano de 1996, cargada de pasión, sexo, ternura, celos... La pasión es como un huracán desatado que acabará arrasando sus vidas y provocará que tu corazón lata más rápido. Paralela a la historia que transcurre durante el llamado período especial, acontecimiento que sirve de telón de fondo de la aventura de estos amantes, se entrelazan otras historias en las que se verán implicados tanto profesional como socialmente.

El intelectual cubano también señaló las motivaciones, el proceso de elaboración del libro y el papel de la editorial Ediciones Cubanas para materializarlo sin contratiempos. «Lo esencial lo va a disfrutar el lector cuando comprenda que yo no tengo prejuicios a la hora de contar», afirmó.

López Sacha es licenciado en Letras Hispánicas y especialista en Teatrología. Ha publicado cinco colecciones de cuentos; con Análisis de la ternura (1984) que fue finalista del Premio Casa de las Américas, y con Dorado mundo (2002) obtuvo el Premio Alejo Carpentier.

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