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Barnard y su primera gran batalla

Hace 50 años se realizó exitosamente el primer trasplante cardiaco en humanos, procedimiento que enfrentó múltiples desafíos

Autor:

Julio César Hernández Perera

Hablar hoy de trasplante de corazón no causa asombro cuando en el mundo se practican cerca de 7 000 intervenciones anuales. Sin embargo, en 1967 muchos quedaron boquiabiertos con el primer trasplante cardiaco efectuada con éxito en humanos. Se trató de una intervención quirúrgica efectuada en la madrugada del 3 de diciembre de ese año.

La noticia se transmitió instantáneamente a través de todos los teletipos del mundo y ocupó primeras planas en muchos medios de prensa. Dos días después del suceso apareció en la portada de la revista Life una alusión al suceso médico con el siguiente título: «Regalo de un corazón humano».

Hasta ese momento, pensar en trasplantar el corazón —que tenía una especial carga simbólica— era algo quimérico e impracticable. Por tal motivo se hizo hincapié en cómo aquel trasplante fue una rotunda hazaña científica, un paso dado a la altura de las exploraciones al espacio estelar.

Un hecho menos destacado es que al mismo tiempo que se extirpaba el corazón del donante otro equipo de cirujanos extraía el riñón derecho para ser transportado velozmente hacia otro hospital ubicado a más de 30 kilómetros de distancia, donde lo esperaba un niño de diez años. El dato, de poca relevancia en el contexto del primer trasplante cardiaco exitoso en humanos, significó la posibilidad de efectuar extracciones multiorgánicas y practicar trasplantes a distancia.

El doctor Barnard

El audaz primer trasplante cardiaco le fue realizado a Louis Washkansky, hombre corpulento de 53 años de edad, que padecía de insuficiencia cardiaca, diabetes mellitus y tenía un historial de tres infartos cardiacos. La operación fue practicada en el Hospital Grote Schurr, de Ciudad del Cabo, Sudáfrica, por un equipo de 20 cirujanos bajo la dirección del doctor Christiaan Neethling Barnard, apodado como «el hombre de los dedos de oro».

El citado cirujano no alcanzó a imaginar que la operación lo catapultaría a la fama y desataría pasiones en todo el orbe. De aquel suceso se relata que a las cuatro horas de iniciada la intervención —cuando se logró extraer el corazón enfermo del paciente— Barnard hizo la siguiente reflexión: «Bajé la vista y vi aquella cavidad vacía. La comprobación de que ante mí se hallaba un hombre tendido, un hombre sin corazón, pero vivo, me parece que fue el momento que me infundió más pavor».

Tras otros 52 minutos de suturas cardiacas y la aplicación de una descarga eléctrica, Barnard y sus 20 colaboradores contemplaban con angustia e incertidumbre hasta que el corazón reubicado comenzó a palpitar una y otra vez sin cesar. En ese momento el jefe del equipo quirúrgico expresó: «¡Jesús! ¡Esto va a funcionar!».

Al despertarse, Washkansky declaró que se sentía mucho mejor con el nuevo corazón. Dieciocho días después, la madrugada del 21 de diciembre, el paciente fallecía por neumonía mientras su corazón latía sin problemas. Los medicamentos usados para evitar el rechazo del trasplante habían debilitado demasiado su sistema inmunológico dejándolo indefenso contra los gérmenes que invadieron gravemente sus pulmones. Se cuenta que cuando Christiaan Neethling Barnard se enteró de la muerte de su paciente bajó de su oficina en la Facultad de Medicina y empezó a llorar, seguramente de impotencia.

Más allá de los retos médicos

No resultó fácil llegar a la realización del primer trasplante cardiaco con éxito. Más allá de los retos médicos vinculados con los años de estudios, desarrollo y adiestramiento en técnicas quirúrgicas, el médico sudafricano se enfrentó a grandes trances éticos y raciales: eran tiempos en que la nación sudafricana vivía bajo el tenebroso manto del racismo.

El hito médico de Barnard fue usado como un golpe de propaganda que el Gobierno del apartheid empleó en aras de mejorar la deteriorada imagen de Sudáfrica ante el mundo. No obstante, puede aseverarse que el médico, su equipo y los pacientes no recibieron todas las oportunidades por parte del Gobierno.

Se ha referido que dicha operación hubiera podido realizarse semanas antes cuando apareció un donante compatible, pero este era mestizo. El primer donante tenía que ser blanco; y de haberse realizado la intervención quirúrgica con un donante negro o mestizo, la decisión hubiera sido juzgada como perversa.

También se habla de Hamilton Naki, un talentoso sudafricano que era miembro del equipo médico de Barnard y que participó en el primer trasplante. Él, por ser negro, fue privado de cualquier reconocimiento por parte del Gobierno del apartheid.

Barnard tampoco cumplió con todas las expectativas del Gobierno, al punto de que algunas de sus opiniones antiapartheid llegaron a enfurecer a más de un partidario político racista. Por ejemplo, insistió en una sala de cuidados intensivos compartida para sus pacientes cardiacos blancos y negros, hecho que llegó a desafiar a los superiores del hospital donde laboraba.

Tras el primer trasplante cardiaco con éxito y otros intentos fallidos como consecuencia del rechazo inmunológico de los órganos implantados, prácticamente se dejó de intentar ese tipo de procedimiento a nivel mundial. No fue hasta principios de los años 80 del siglo XX en que se volvió a retomar seriamente la idea, gracias al desarrollo de nuevos medicamentos inmunosupresores como la ciclosporina.

Fue en la nueva etapa de avances en trasplantes de órganos cuando el 9 de diciembre de 1985 se realizó el primer trasplante cardiaco en Cuba, en el hospital Hermanos Ameijeiras. Lo efectuó un equipo multidisciplinario dirigido por el profesor Noel González. El afortunado paciente era de piel negra, Jorge Hernández Ocaña, a quien la Revolución Cubana le daba todas las oportunidades —independientemente del color de su piel y de su origen social—, una condición que Barnard no pudo tener en su primera gran batalla del trasplante de corazón en humanos, cuando entraba en la historia.

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