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Microeconomía del amor

Es asombroso el modo en que solemos menospreciar nuestros deseos y posibilidades basados en patrones que creemos inamovibles, prejuicios que nos paralizan, especialmente cuando el ideal soñado no combina con la imagen que de nosotros devuelven las personas significativas

 

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Recuerdo la primera vez que tuve sexo… Y aún conservo la receta.

Groucho Marx

Una bayamesa leyó el trabajo de la semana pasada y me contactó para preguntar por qué su mejor amigo no tiene idea de cuánto gusta a las jóvenes, aunque muchas se le insinúen a cada rato. Una mujer mayor lo ayudó a superar la ruptura de su noviazgo y, ocho años después, sigue atrapado en una convivencia mediocre, convencido de que «nadie más aceptaría como pareja a un desastre como él».

La muchacha pregunta quién puede sacar a su amigo de ese bache y ella misma ofrece una respuesta: «Debería dejarla de una vez y no aferrarse a esa sentencia que le hace tan poco favor. Él no es el inútil que ella pregona, no sé por qué le cree más que a sus amistades».

Es asombroso el modo en que solemos menospreciar nuestros deseos y posibilidades basados en patrones que creemos inamovibles, prejuicios que nos paralizan, especialmente cuando el ideal soñado no combina con la imagen que de nosotros devuelven las personas significativas.

En asuntos del corazón, esos esquemas autolimitantes están tan arraigados que mucha gente prefiere cortejar a personas «accesibles» y dejar ir a otras que tal vez le conmueven más, pero las consideran «inalcanzables». Lo curioso es que esas etiquetas no responden tanto a los valores absolutos del otro como a lo que creemos merecer (o no) en función de nuestra autoestima, un recurso de la personalidad muy subjetivo y variable, sobre todo en la adolescencia.

Así describe otro joven habanero de 19 años su actual dilema amoroso: «No me atreví a acercarme a la chica más codiciada del grupo porque creí que se burlaría de mis pretensiones… Sin embargo, tenía tremendas probabilidades de conquistarla porque mi físico y mis cualidades morales entran en su tipo, como descubrí después. Ella no me lo dijo claramente porque temía sufrir una humillación. ¿Resultado? Ahora está con uno muy parecido a mí y cada vez que me cruzo con ellos me pone cara de “tú te lo perdiste”».

Lo que falla en ambos casos bien puede explicarse a través de la atracción vectorial, uno de los curiosos conceptos que maneja el profesor español David Ugarte en su libro Todos tenemos un mapa de valores.

Como economista y analista de redes sociales, se propuso demostrar la utilidad de las modernas herramientas de análisis para evaluar las relaciones humanas como microsistemas, estimar su eficiencia y predecir su evolución, tal como se hace con otros fenómenos sociales.

El autor reconoce que el libro es un divertimento para facilitar la comprensión de esta ciencia a sus educandos, pero sigue     rigurosamente los postulados metodológicos y presenta de forma interesante argumentos que demuestran las trampas en que cae nuestro cerebro con su gran velocidad para procesar datos, jerarquizar decisiones y evaluar las probabilidades de éxito de una empresa, en este caso la conquista o la convivencia amorosa, que también puede contabilizarse en términos de satisfacción, ganancia, pérdida e influencia de terceros.

Conscientes o no, en materia de amor todos tenemos un mapa de valores, un conjunto de cualidades físicas, morales y sociales que actúan como requisitos de inclusión o exclusión en nuestra particular candidatura. La madurez ayuda a consolidar esa lista y a hacerla más flexible, pero es bueno plasmarla por escrito en cada etapa de la vida para ayudarnos a respetar nuestras intenciones aun en medio de una mala racha.

Si te sales de ese esquema sin una reflexión adecuada, por lo general terminas arrepintiéndote: el sexo es uno de los rituales más poderosos del comportamiento humano, y también de los más predecibles, aun cuando la mezcolanza de mensajes culturales y religiosos en torno a sus fines y consecuencias lo han vuelto confuso y frustrante para muchas personas, al decir del prestigioso neurólogo norteamericano David G. Amen.

La teoría microeconómica explica cómo hasta en una fiesta tu cerebro decide con rapidez quién te puede interesar para qué propósito y quién no clasificaría, al menos por su apariencia. Esos datos son útiles para distribuir tu atención mientras buscas nuevas informaciones con las que ajustar esa matriz de simpatía o antipatía según otros parámetros que tienen mayor peso en tu bienestar.

El profesor Ugarde sugiere usar la racionalidad para trazar objetivos claros en cada intercambio humano, sea físico o comunicativo. ¿Buscas una «descarga» o un noviazgo a largo plazo? ¿Peleas para arreglar tu matrimonio o para disolverlo? ¿Hasta qué punto correrías riesgos físicos y emocionales para competir con alguien o mejorar tu estatus?

Cada una de las variables asociadas al sexo se puede estimar con cierta anticipación, y eso es muy bueno porque si juegas con las reglas éticas básicas tendrás delante un cuadro de posibles decisiones que pueden llevarte a un punto de equilibrio a tu favor.

Si el resultado se ajustó a tus deseos es que el plan estuvo bien concebido y por tanto puedes replicar los pasos más adelante. Si falló, tienes elementos para modificarlo y actuar mejor la próxima vez... Lo importante es no dar la espalda a los cambios lógicos que se producen en el entorno, en los otros seres involucrados y, sobre todo, en tu propia persona.

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