Se acerca el Día Internacional de las Mujeres y ya comienzo a temer por el desborde de postales cliché que inundarán las redes sociales digitales
Las mujeres no serán iguales fuera del hogar mientras los hombres no sean iguales dentro de él.
Gloria Steinem.
Se acerca el Día Internacional de las Mujeres y ya comienzo a temer por el desborde de postales cliché que inundarán las redes sociales digitales. No importa cuánto avancemos las feministas (y los feministas, que también hay hombres comprometidos) en la promoción de la equidad más allá del género: cuando llega esta fecha, mucha gente cree necesario resaltar la ternura, suavidad y belleza como los atributos más «femeninos», junto al sacrificio maternal, que incluye el cuidado de todos y todo lo hogareño. ¡Como si ser mujer se resumiera a eso!
Para simbolizar esas cualidades se emplean flores y figuras esbeltas (por lo general juveniles y de piel clara), o escenas domésticas y bucólicas en las que la mujer es mero objeto decorativo, ejemplo de abnegación y renuncia.
¿Acaso es esa la vida a la que aspiran todas las mujeres hoy, su única contribución medible en la sociedad? ¿Acaso el 8 de Marzo surgió como celebración floral, o como gesto para reivindicar la explotación de millones de seres y familias?
Por muchos siglos, activistas de todos los continentes han intentado restablecer el lugar que corresponde en la gestión de los recursos a la mitad de la población humana, ninguneada y violentada de manera sistemática por el mero hecho de no ser hombres, y aunque se ha avanzado muchísimo, es innegable la estrategia banalizadora de quienes controlan los medios y las redes, y el peso de sus campañas para mantenernos en el imaginario social bajo etiquetas de fragilidad y devoción familiar, si somos «buenas» (para la cama, la casa y el estatus de la pareja) o como «brujas», si no accedemos al rol de maniquíes con capacidad reproductiva que venden los defensores del patriarcado como sistema social.
Entender la evolución del feminismo y la multiplicidad de sus expresiones a lo largo de los últimos cien años llevaría mucho más que de un artículo. Hoy sólo pretendemos acercarnos a una mujer que pudo vivir de su imagen sensual y sus talentos, y, sin embargo, eligió un periodismo comprometido con causas sociales necesitadas de esas voces que nadie puede callar.
Gloria Marie Steinem nació en marzo de 1934 en Estados Unidos y ha vivido para ver el cambio en el reconocimiento de los derechos de las mujeres en casi todo el planeta, pero también las constantes amenazas y retrocesos de esas luchas.
Su fama llegó de la mano de una osada decisión: hacer público su propio aborto en una época en que aún se demonizaba a la mujer que decidiera sobre su cuerpo. Como reportera, contó historias y sintetizó reflexiones desde ángulos novedosos, sensibles, que la ubicaron entre las feministas modernas más visibles del siglo XX, y, aún en este, su criterio mantiene un peso innegable en la acción política a favor de la igualdad.
Numerosos reconocimientos internacionales consolidaron su quehacer, cargado de ataques de colegas y coetáneos, incluso mujeres, y por eso disfruta decir que esperó mucho tiempo para que nacieran sus amigas y compañeras de ideales, en franca admiración a las nuevas generaciones de feministas y a la diversidad de miradas que coexisten sobre el tema desde la academia, las luchas sociales y las artes.
Como periodista escribió para numerosos medios y fundó revistas cuya perspectiva de género transformó la manera en que se divulgaban logros y retos de la mujer contemporánea en un contexto globalizador. Entre sus osadías como profesional suele resaltarse la decisión de trabajar como «conejita» en un Club Playboy para narrar desde la vivencia directa las difíciles condiciones laborales de esas jóvenes y el costo de la explotación sexual en sus vidas.
A diferencia de otras activistas contemporáneas, Steinem decidió abordar el tema de la desigualdad también desde aristas ajenas a su condición de mujer empoderada. Por eso habló del peso de las clases sociales, el color de la piel, el origen y el nivel cultural para resaltar los múltiples rostros de la discriminación por género.
Cuando publicó su libro Mi vida en la carretera, lo dedicó al médico que le practicó aquel aborto en 1957, en una Inglaterra plagada de doble moral y conservadurismo, quien además la invitó a vivir con autenticidad y amor propio en todo tiempo.
A mujeres como ella, que lideran sin miedo y hablan sin cortapisas de la realidad vivida, se debió que en la década de 1970 se transformaran las leyes federales estadounidenses a favor de la igualdad de derechos. Muchas frases de sus textos y discursos públicos devinieron slogan de campañas y acicate para que cada vez más mujeres y hombres entendieran la necesidad de abogar por un feminismo incluyente, intersectorial, que diera espacio también a las lesbianas, las castas excluidas, las mutiladas, las amas de casa, las mujeres sin familia y todas las que apenas pueden llamarse ciudadanas en un mundo en apariencia más progresista.
Aún hoy, arremete en sus entrevistas contra la violencia machista dentro de los hogares, y contra el poderío político y económico que desprecia a los migrantes y ataca a otros países para beneficiarse del caos y mantener la desigualdad a favor de los poderosos sin ética ni sentido de justicia.