El libro Aventuras de Juan Quinquín, guion de Julio García Espinosa pone a disposición del lector-cinéfilo un texto del autor de la novela original hablando sobre la adaptación cinematográfica. Autor: Cortesía de la fuente Publicado: 26/03/2026 | 01:44 pm
Entre los gestos de celebración por el aniversario 67 del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic) se cuenta la presentación especial de Estrés, segundo largometraje de Marilyn Solaya, sobre el cual hablaremos cuando se proyecte más ampliamente, y el restreno de la copia restaurada, el sábado 28, en el cine Yara, de Aventuras de Juan Quinquín, dirigida por Julio García Espinosa en 1967, luego de convertirse en una de las figuras emblemáticas del cine cubano por haber fundado el Icaic y dirigir, también, El Mégano, Cuba baila y El joven rebelde.
La digitalización del filme mencionado, uno de los más taquilleros en la historia del cine cubano, es el resultado del escaneado 4K, por inmersión en ventana líquida, de un negativo de 35 mm proporcionado por la Cinemateca de Cuba para efectuar la restauración digital y la corrección de color llevada a cabo en el marco de una colaboración entre Cineric Portugal e Irma Lucia Efeitos Especiais. Este proyecto fue realizado por la Cinemateca Portuguesa en el espíritu de solidaridad que une a los archivos de la Federación Internacional de Archivos Fílmicos (FIAF).
Ese mismo día 28, junto con la película restaurada, se presenta el libro Aventuras de Juan Quinquín, guion de Julio García Espinosa, con selección de textos a cargo de Dolores Calviño, compañera y colaboradora de Julio a lo largo de toda una vida, y prólogo de Francisco López Sacha. En dichas palabras, previas al guion, asegura el escritor que «el filme representa un punto de arranque, o avanzada, colocado en esa especie de obertura que significó la década del 60 para toda una cinematografía emergente. (…) y estableció nuevos criterios para la cinematografía política dentro de una estructura subversiva, totalmente iconoclasta, que rompía con las reglas de la composición dramática en el cine para iniciar otro camino con los valores de la cultura popular».
Después del prólogo iluminador, viene el guion. Leerlo es como ver nuevamente la película, con la ventaja de que las imágenes no te distraen de la densidad y la gracia que las palabras derrochan. A continuación están las declaraciones del guionista-realizador a propósito de una película que primero intentó transponer literalmente la novela de Samuel Feijóo, pero esta idea fue abandonada porque hubiera quedado demasiado larga y convencional: «Decidimos entonces alterar su estructura lineal y narrar su historia, o sus historias, en dos planos, una veces en la guerra, otras en la paz. Así, aspirábamos a aprovechar la mayor cantidad de situaciones posibles sin que la película resultara tan larga».
En el libro llega después una entrevista con Julio. En la primera pregunta se le pide que clasifique el filme como una obra cómica o satírica, y el autor, presionado por la necesidad de clasificar, dice que se trata de una obra de aventuras realizada en respuesta a Hollywood, sin renunciar al lenguaje mágico de las tradicionales películas de aventuras. De modo que, de acuerdo con su creador principal, el filme contiene una mezcla de ficción, comedia, elementos dramáticos, puntos satíricos, y aspectos románticos (que se pueden encontrar en alguna novela rosa). Hay aquí una actitud común a la mayoría de todos los cineastas cubanos, la de hacer un cine popular y moderno al mismo tiempo.
El libro pone a disposición del lector-cinéfilo un texto del autor de la novela original hablando sobre la adaptación cinematográfica: «García Espinosa realizó un filme que va recto adonde quiere: la sátira de la película de aventuras al uso, y además está la riqueza de tipos, parajes, personajes cómicos, bufos y dramáticos, todos a una, como en la vida y como en mi novela. Detrás de ello, la protesta social al estilo jaranero del cubano, sin que la jarana le quite valentía ni decisión, la burla a la constante solemnidad, al dogma de la solemnidad, en su exceso, y el saber moderno de la creación fílmica. Si fílmicamente el asunto ha salido bien, hemos ganado mucho, y si el estilo del juego serio, del juego inteligente, de la beneficiosa sátira se ha logrado, mejor aún».
Treinta y tantos años después de estrenada la película, uno de nuestros más agudos críticos, Rufo Caballero, todavía la elogiaba como si fuera una novedad digna de encomio: «La dislocación narrativa determinante ocurre cuando se dinamita la linealidad de la exposición de Feijóo, y se adelanta la condición de guerrillero de Juan hasta el comienzo mismo de la diégesis. (…) y se consigue un relato extraordinariamente movido, deconstruido y vuelto a edificar sobre la base de nuevos y más radicales atentados del discurso a la historia. (…) De cualquier manera, el filme conserva con los años el encanto de un experimento radical, de una apuesta verticalísima por otra manera de contar y de establecer el diálogo con los espectadores».
«Si pocas son aquellas ocasiones en las que un creador resuelve, dentro de un mismo impulso, las preguntas centrales de su época, y de la forma de arte con la cual trabaja, menos aún son los casos en los cuales la obra realizada conserva su vitalidad por sobre el tiempo y nos parece hecha hoy mismo», escribe Víctor Fowler en uno de los diversos comentarios que aparecen en el libro que estamos glosando. Y continúa enseguida: «Con este filme se consiguió ese milagro que es acribillar de preguntas al cine, el entramado de sus mecanismos para significar o seducir, así como a los conflictos de la historia en ambientes de explotación humana (que es universal) y la necesidad de heroísmo para que sea posible una realidad digna».
Y como de alguna manera estoy presentando a mis lectores el filme y el libro, es mi turno para opinar. Aventuras de Juan Quinquín, ahora por suerte en una nueva y gloriosa copia, y además escoltada por la excelente edición de su guion, combina el cine espectacular, de entretenimiento, digerible y antisolemne, con la muy contemporánea toma de conciencia política de los personajes protagónicos, cuya apariencia e iconografía alusiva pasa de ser la típica del campesinado cubano, tal vez incluso del cowboy, para confluir con la apariencia del guerrillero, arquetipo sesentero del personaje justiciero y comprometido con el destino de la nación.
En los primeros años del cine revolucionario el paradigma humano, el héroe por excelencia del cine cubano penduló entre el revolucionario (de la Sierra o de la clandestinidad urbana), luego el mambí (Lucía, La primera carga al machete), más tarde el machetero o el héroe del trabajo, pero en medio de todos estaba el guerrillero (Aventuras de Juan Quinquín), pues este personaje, real, devino paradigma de las guerras de liberación y del cumplimiento de los ideales de la modernidad en Latinoamérica.
